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Sunday, May 20, 2018

Marwan - Compañeras (Videopoema)

Elia Casillas: Si la mató, fue por algo...


Anoche mientras cocinaba, me di cuenta de que no tenía puré de tomate. Ya era de madrugada, y fui al OXXO que está a media cuadra. No sentí frío. Aún vestía la ropa que uso en zumba y lo único que me cambiaba el look, era una chalina tejida, en color café. Hablé con la señora que atendía el lugar acerca del birote, bolillo, pan vapor que estaba en el escaparte y que, al tocarlo lo sentí duro. Luego, nos fuimos a la charla de mujeres, antes que nada, lo que está de moda en la colonia y en el Pueblo: Los robos. La plática se fue extendiendo y llegamos a un asesinato."¿Recuerda a una señora que la mató el marido y luego, él se dio un balazo?" Sí... "Era mi hermana. Ella ya estaba harta del marido, y lo dejó. Yo le ayudé a conseguir trabajo, y se fue a vivir con mi mamá. Él nunca la dejó en paz, le insistía para que volviera, pero ella ya no quiso. Una noche antes de la tragedia, fue a un baile con su hija y allá se lo encontraron, aunque decir que lo encontraron es un decir, él se la pasaba espiándola, ya que era policía. Al siguiente día, me entra una llamada y era mi mamá, pidiéndome que me fuera a su casa porque mi hermana estaba secuestrada por su marido y él no dejaba que se acercaran, los retiraba a balazos. Cuando llegamos, nos dirigimos al cuarto, y sólo escuchamos un disparo, entramos y en el piso estaba mi hermana con siete balazos, uno de ellos en la cabeza, él agonizaba,  se disparó cuando vio que íbamos para adentro, se dio un tiro en la cabeza. Él envió mensajes a su hija, le avisó que había matado a su madre y quería un funeral con la banda y que los enterraran juntos. Mi hermana fue violada mientras agonizaba, o tal vez cuando ya estaba muerta. Nos opusimos a que la sepultaran con él. Cuando fui a arreglar los papeles, un hombre hablaba de una mujer que la habían matado por puta, porque el marido que era policía, la había encontrado con otro. No lo soporté, le dije que de la mujer que hablaba era mi hermana, y que no la enlodara si no conocía la historia. Mi cuñado le metió siete balazos a ella, ¿no habría podido herir al supuesto amante? La sepultamos con la banda, porque mis hermanos son músicos, pero no permitimos que la enterraran con él. Mucha gente nos acompañó, le pusimos dos bandas en su velorio y una tecno banda. Así, como a ella le gustaba, porque a mi hermana le encantaba la música, tenía ganas de vivir. Fue un golpe muy duro para nosotros". Sentí deseos de llorar, vi la noticia en Facebook, en un periódico local. Qué triste, "si no eres mía, no serás de nadie" Luego, la gente, el pueblo: "Si la mató fue por algo, por puta la han de haber matado"

Navojoa, Son. Feb./21/2018






Saturday, May 19, 2018

Tomorrow: Elia Casillas


Tomorrow       will be the glass that shattered the cold hand of the winter wide, fantastic           and absurd lament       under the wing where   the soul that brought forgot to give a ship with moon          an island where shelter ghosts             and a dock that receive her from their absences with nards and the song of other marshes      A heart has its  not the one that shows mirrors           and distorts the dawn         Today is tomorrow       or any time entangled in darkness            It knows in each night that a dark-eyed sky does not come down          and sings in its black dress where loneliness extends its lighthouse voice.





Mañana... Elia Casillas



Mañana              será el cristal que destrozó la mano fría del invierno        lamento amplio          fantástico       y absurdo         debajo del ala donde crece el alma que trajo                y olvidó darle un barco con luna          una isla donde refugiar fantasmas            y un muelle que la recibiera desde sus ausencias con nardos         y el canto de otras marismas             Un corazón tiene su yo             no el que muestran espejos      y distorsiona el alba                            Hoy es mañana             o cualquier hora enredada en   tinieblas          Sabe en cada noche            que un cielo de ojos oscuros no baja            y canta  con su  vestido negro            donde la soledad  extiende  su voz de faro










Navojoa, Sonora. Septiembre /10/ 2004      







Wednesday, May 16, 2018

Tuesday, May 15, 2018

Elia Casillas: Un final feliz


Se fue al río, ahí descubrió nuevamente su vida, el agua le llegaba a la nariz y especuló si no sería mejor ser pez, nunca imaginó que: en semana santa ya era plato de segunda mesa. El maquillaje escurría en los surcos de la risa, el mismo rictus que la delataba aquel anochecer que dejó de respirar en sus manos sucias. Entonces, fue con el escritor  y le propuso un final menos violento.

  Aguascalientes, Aguas. Jun./16/2012  





Sunday, May 13, 2018

Charles Bukowski: Vida en un prostíbulo de Tejas



 Salí del autobús en aquel lugar de Tejas y hacía frío y yo tenía catarro, y uno nunca sabe, era una habitación muy grande, limpia, por solo cinco dólares a la semana, y tenía chimenea, y apenas me había quitado la ropa cuando de pronto entró aquel negro viejo y empezó a hurgar en la chimenea con aquel atizador largo. No había leña en la chimenea y me pregunté qué haría allí aquel viejo hurgando en la chimenea con el atizador. Y entonces me miró, se agarró el pijo y emitió un sonido así como, «¡isssssss!» y yo pensé, bueno, por alguna razón debe creer que soy marica, pero como no lo soy, no puedo hacer nada por él. En fin, pensé, así es el mundo, así funciona. Dio unas cuantas vueltas por allí con el atizador y luego se fue. Entonces me metí en la cama. Cuando viajo en autobús siempre me acatarro y además me da insomnio, aunque la verdad es que siempre tengo insomnio de todos modos.
En fin, la cosa es que el negro del atizador se largó y yo me tumbé en la cama y pensé, bueno, puede que un día de estos consiga cagar.
Volvió a abrirse la puerta y entró una criatura, hembra, bastante sabrosa, y se echó de rodillas y empezó a fregar el suelo de madera, y a mover y mover y mover el culo mientras fregaba el suelo de madera.
—¿Quieres una chica guapa? —me preguntó.
—No. Estoy molido. Acabo de bajarme del autobús. Solo quiero dormir.
—Un buen chocho te ayudaría a dormir, de veras. Solo son cinco dólares.
—Estoy hecho migas.
—Es una chica muy guapa… y limpia.
—¿Dónde está esa chica?
—Yo soy la chica —se levantó y se plantó delante de mí.
—Lo siento, pero estoy agotado, de veras.
—Solo dos dólares.
—No, lo siento.
Se fue. Al cabo de unos minutos oí la voz de hombre.
—Oye, ¿vas a decirme que eres incapaz de camelerarle? Le dimos nuestra mejor habitación por solo cinco dólares. ¿Me vas a decir que no puedes?
—¡Lo intenté, Bruno! ¡De verdad que lo intenté, Bruno!
—¡Sucia zorra!
Identifiqué el sonido. No era un bofetón. La mayoría de los buenos chulos procuran no espachurrar la cara. Pegan en la mejilla, junto a la mandíbula, evitando los ojos y la boca. Bruno debía tener un establo bien surtido. Era sin lugar a dudas el sonido de puñetazos en la cabeza. Ella chilló y cayó al suelo y el hermano Bruno le atizó otro lanzándola contra la pared. Anduvo un rato rebotando de puño a pared y de pared a puño entre chillidos; yo me estiré en la cama y pensé, bueno, a veces la vida resulta interesante. Pero no quiero de ninguna manera oír esto. Si hubiese sabido que iba a pasar le habría dejado acostarse conmigo.
Luego me dormí.
Por la mañana, me levanté, me vestí. Normalmente lo hago. Pero de cagar nada. Me fui a la calle y empecé a buscar estudios fotográficos. Entré en el primero.
—Buenos días, caballero. ¿Quiere usted una foto?
Era una guapa pelirroja y sonreía.
—¿Una foto con esta cara? Ando buscando a Gloria Westhaven.
—Yo soy Gloria Westhaven —dijo ella y cruzó las piernas y se subió un poquito la falda. Pensé que el hombre ha de morir para llegar al cielo.
—¿Pero qué dices? —dije—. Tú no eres Gloria Westhaven. Conocí a Gloria Westhaven en un autobús de Los Angeles.
—¿Y qué pasó?
—Bueno, me enteré de que su madre tenía un estudio fotográfico. Ando buscándola. Es que en el autobús pasó algo…
—Vaya, vaya, ¿qué pasó?
—Que la conocí. Había lágrimas en sus ojos cuando se bajó. Yo seguí hasta Nueva Orleáns, al llegar cogí el autobús de vuelta. Nunca una mujer había llorado por mí.
—Quizá llorase por otra cosa.
—Eso creí yo también hasta que los otros pasajeros empezaron a insultarme.
—¿Y lo único que sabes es que su madre tiene un estudio fotográfico?
—Eso es todo lo que sé.
—Muy bien, escucha. Conozco al director del periódico más importante de esta ciudad.
—No me sorprende —dije mirándole las piernas.
—Escucha, déjame tu nombre y dirección. Le explicaré por teléfono la historia, aunque habrá que cambiarla. Se conocieron en un avión, ¿entiendes? Amor en el aire. Ahora están separados y perdidos, ¿entiendes? Y tú has volado hasta aquí desde Nueva Orleáns y lo único que sabes es que su madre tiene un estudio fotográfico. ¿Comprendido? Lo pondremos en la columna de M… K… en la edición de mañana. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dije y eché una última ojeada a sus piernas y salí mientras ella marcaba en el teléfono. Y allí estaba yo en la segunda o tercera ciudad de Tejas, el amo de la ciudad. Entré en el primer bar…
Estaba muy lleno para aquella hora del día. Me senté en el único taburete vacío. Bueno, no. Había dos taburetes vacíos, uno a cada lado de aquel tipo grande. Tendría unos veinticinco años, con cerca de uno noventa y unos cien kilos. Ocupé uno de los taburetes y pedí una cerveza. Me zampé la cerveza y pedí más.
—Así me gusta, eso es beber, sí señor —dijo el tipo grande—. En cambio estos maricas de aquí, se sientan y están horas con una cerveza. Me gusta cómo se comporta usted, forastero. ¿De dónde es, qué hace?
—No hago nada —dije—. Y soy de California.
—¿Y no tiene proyectos?
—No, ninguno. Yo solo ando por ahí.
Bebí la mitad de mi segunda cerveza.
—Usted me gusta, forastero —dijo el tipo grande— Confiaré en usted. Pero hablaré bajo, porque aunque soy un tipo grande, son muchos para mí.
—Diga diga —dije terminando la segunda cerveza.
El tipo grande se inclinó y me dijo al oído, en un susurro:
—Los téjanos apestan.
Miré alrededor. Asentí lentamente. Sí.
Cuando acabó, yo estaba debajo de una de las mesas que atendía la camarera por la noche. Salí a gatas, me limpié la boca furtivamente, vi que todos se reían y me largué…
Cuando llegué al hotel no podía entrar. Había un periódico debajo de la puerta y la puerta estaba abierta solo unos milímetros.
—Eh, déjeme pasar —dije.
—¿Quién es usted? —preguntó el tipo.
—Estoy en la ciento dos. Pagué por una semana. Me llamo Bukowski.
—Usted no lleva botas, ¿verdad?
—¿Botas? ¿Cómo dice?
—Rangers.
—¿Rangers? ¿Qué es eso?
—Pase pase —dijo…
No llevaba diez minutos en mi habitación, estaba en la cama con toda aquella red alrededor. Toda la cama (y era una cama grande con una especie de techo) tenía alrededor aquella red. Tiré de ella por los lados y me quedé allí tumbado con toda aquella red alrededor. Me producía una sensación bastante extraña hacer una cosa así, pero tal como iban las cosas pensé que de todos modos me sentiría extraño. Por si no bastara esto, sentí una llave en la puerta y la puerta se abrió. Esta vez era una negra baja y maciza de rostro bonachón y culo inmenso.
Y aquella amable y enorme negra se puso a colocar de nuevo la extraña red, diciendo:
—Es hora de cambiar las sábanas, querido.
—Pero sí llegué ayer —dije yo.
—Querido, nuestro turno de cambio de sábanas no depende de ti. Venga, saca de ahí tu culito rosado y déjame hacer mi trabajo.
—Bueno bueno —dije, y salté de la cama, absolutamente desnudo. No pareció asustarse.
—Conseguiste una cama muy linda y muy grande, querido —me dijo—. Tienes la mejor habitación y la mejor cama de este hotel.
—Debo ser un hombre de suerte.
Estiró aquellas sábanas y me enseñó todo aquel culo. Me enseñó todo aquel culo y luego se volvió y dijo:
—Vale, querido, ya está hecha la cama. ¿Algo más?
—Bueno, sí puedes subirme doce o quince cuartos de cerveza.
—Te lo subiré. Primero dame el dinero.
Le di el dinero y pensé, en fin, hasta nunca. Eché la red alrededor decidido a dormir. Pero la negrita volvió y corrió la red y nos sentamos allí a charlar y a beber cerveza.
—Háblame de ti —le dije.
Se rió y empezó a contar. Por supuesto, no había tenido una vida fácil. No sé cuánto tiempo estuvimos bebiendo. Por fin se metió en la cama y fue uno de los polvos mejores de mi vida…
Al día siguiente, me levanté, bajé a la calle y compré el periódico y allí estaba, en la columna del popular columnista. Se mencionaba mi nombre. Bukowski, novelista, periodista, viajero. Nos habíamos conocido en el aire. La encantadora dama y yo. Y ella había aterrizado en Tejas y yo había seguido hasta Nueva Orleáns cumpliendo mi trabajo de periodista, pero, como no podía borrar del pensamiento a aquella maravillosa mujer, había cogido otro avión rumbo a Tejas. Solo sabía que su madre tenía un estudio fotográfico. En el hotel, me hice con una botella de whisky y cinco o seis cuartos de cerveza y cagué al fin. ¡Qué gozosa experiencia! ¡Debería haber figurado en la columna!

Me metí de nuevo en la red. Sonó el teléfono. Era el teléfono interior. Estiré la mano y descolgué.

—Una llamada para usted, señor Bukowski, del director del… ¿se la paso?
—Sí, pásemela —dije—. Diga.
—¿Es usted Charles Bukowski?
—Sí.
—¿Qué hace en un sitio así?
—¿Qué quiere decir? ¿Qué tiene este sitio? Me parece una gente muy agradable.
—Es el peor prostíbulo de la ciudad. Llevamos quince años intentando cerrarlo. ¿Cómo fue a parar ahí?
—Hacía frío. Entré en el primer sitio que vi. Vine en autobús y hacía frío.
—Vino usted en avión. ¿No recuerda?
—Recuerdo.
—Muy bien, tengo la dirección de la chica. ¿La quiere?
—Sí, si no tiene usted inconveniente. Si lo tiene, olvídelo.
—No entiendo, la verdad, cómo vive usted en un sitio así.
—Está bien. Es usted el director del periódico más importante de la ciudad y está hablando conmigo por teléfono y estoy en un burdel de Tejas. En fin, amigo, dejémoslo. La chica lloraba o algo así; y eso me impresionó. Sabe, cogeré el próximo autobús y me iré de la ciudad.
—¡Espere!
—¿Qué he de esperar?
—Le daré la dirección. La chica leyó la columna. Leyó entre líneas. Telefoneó. Quiere verle. No le dije dónde estaba viviendo. En Tejas somos gente hospitalaria.
—Sí, estuve en un bar anoche. Pude comprobarlo.
—¿También bebe?
—No es que beba, soy un borracho.
—Creo que no debería darle la dirección.
—Entonces olvide este jodido asunto —dije, y colgué. Sonó otra vez el teléfono.
—Una llamada para usted, señor Bukowski. Del director del…
—Pásela.
—Mire, señor Bukowski, necesitamos completar la historia. Hay mucha gente interesada.
—Dígale al columnista que utilice su imaginación.
—Escuche, ¿le importa que le pregunte qué hace usted para ganarse la vida?
—No hago nada.
—¿Solo viajar por ahí en autobús y hacer llorar a las jóvenes?
—No todos pueden hacerlo.
—Escuche, voy a darle una oportunidad. Voy a darle esa dirección. Vaya usted y véala.
—Puede que sea yo el que esté dándole una oportunidad.
Me dio la dirección.
—¿Quiere que le explique cómo puede ir allí?
—No se preocupe. Si puedo encontrar un burdel, podré encontrarla a ella.
—Hay algo en usted que no acaba de gustarme —dijo.
—Olvídelo. Si la chica merece la pena, volveré a llamarle. Colgué.
Era una casita marrón. Me abrió una vieja.
—Busco a Charles Bukowski —dije—. No, perdón —añadí—. Busco a una tal Gloria Westhaven.
—Soy su madre —dijo ella—. ¿Es usted el del avión?
—Soy el del autobús.
—Gloria leyó la columna. Supo inmediatamente que era usted.
—Magnífico. ¿Qué hacemos ahora?
—Oh, pase pase.
Pasé.
—Gloria —aulló la vieja.
Salió Gloría. Seguía con muy buen aspecto. Exactamente una más de esas saludables pelirrojas tejanas.
—Pase, pase, no se quede ahí —dijo—. Discúlpanos, mamá.
Me hizo pasar a su cuarto, pero dejó la puerta abierta. Nos sentamos, muy separados.
—¿Qué hace usted? —preguntó.
—Soy escritor.
—¡Oh, qué maravilla! ¿Dónde le han publicado?
—No me han publicado.
—Entonces, en cierto modo, en realidad no es usted escritor.
—Así es. Y vivo en una casa de putas.
—¿Que?
—Lo dicho, tiene usted razón, no soy escritor, en realidad.
—No, me refiero a lo otro.
—Estoy viviendo en un burdel.
—¿Vive usted siempre en burdeles?
—No.
—¿Cómo es que no está usted en el ejército?
—No pude pasar el psiquiatra.
—Bromea usted.
—No, gracias a Dios.
—¿No quiere usted combatir?
—No.
—Ellos bombardearon Pearl Harbor.
—Ya me enteré, ya.
—¿No quiere usted luchar contra Adolfo Hitler?
—Pues, no, la verdad, prefiero que sean otros.
—Es usted un cobarde.
—Sí, claro, lo soy. No es que me importe mucho matar a un hombre, pero no me gusta dormir en barracones con un montón de tipos roncando y luego que me despierte un idiota a cornetazos, y no me gusta llevar esas cochambrosas camisas color aceituna que pican muchísimo. Soy de piel muy sensible.
—Me alegro que tenga usted algo sensible.
—Yo también, pero ojalá que no fuese la piel.
—Quizá debiese usted escribir con la piel.
—Quizá debiese usted escribir con el chocho.
—Es usted ruin. Y cobarde. Alguien ha de enfrentarse a las hordas fascistas. Estoy prometida a un teniente de la marina norteamericana que si estuviese aquí ahora, le daría a usted una buena zurra.
—Ya puede ser, pero eso solo me haría aún más ruin.
—Le enseñaría al menos a portarse como un caballero delante de una dama.
—Sí, claro, tiene usted razón. ¿Si matase a Mussolini sería un caballero?
—Sin duda.
—Me alisto ahora mismo.
—No le quieren. ¿Se acuerda?
—Me acuerdo.
Estuvimos sentados allí mucho tiempo en silencio. Luego dije yo:
—Oiga, ¿puedo preguntarle algo?
—Adelante —dijo ella.
—¿Por qué me pidió que me bajara del autobús con usted? ¿Y por qué lloró al ver que no lo hacía?
—Bueno, se trata de su cara. Es usted tan feo.
—Sí, ya lo sé.
—En fin, tiene esa cara tan fea y tan trágica. No quería perder esa «cosa trágica». Me daba usted lástima, por eso lloré. ¿Cómo consiguió una cara tan trágica?
—Ay Dios mío —dije. Luego me levanté y me fui.
Volví andando al burdel. El tipo de la puerta me reconoció.
—Eh, amigo, ¿dónde le hicieron ese cardenal?
—Un asunto relacionado con Tejas.
—¿Tejas? ¿Estaba usted a favor o en contra de Tejas?
—A favor, desde luego.
—Va usted aprendiendo, amigo.
—Sí, lo sé.
Subí a la habitación y cogí el teléfono y le dije al tipo que me pusiera con el director del periódico.
—Oiga amigo, aquí Bukowski.
—¿Vio usted a la chica?
—Vi a la chica.
—¿Cómo fueron las cosas?
—Bien, muy bien. Estuve viniéndome como una hora. Dígaselo a su columnista. Colgué.
Bajé y salí y busqué el mismo bar. No había cambiado nada. Aún seguía allí el tipo grande, con un taburete vacío a cada lado.
Me senté y pedí dos cervezas. Bebí la primera de un trago. Luego bebí la mitad de la otra.
—Yo a usted le recuerdo —dijo el tipo grande—. ¿Qué le pasó?
—La piel. Es muy sensible.
—¿Usted me recuerda? —preguntó.
—Le recuerdo.
—Creí que no volvería nunca.
—Pues aquí estoy. ¿Jugamos el jueguecito?
—Aquí en Tejas no jugamos jueguecitos, forastero.
—¿No?
—¿Aún cree usted que los tejanos apestan?
—Algunos.
Y allá fui yo otra vez debajo de la mesa. Salí, me levanté y me fui. Volví al burdel.
Al día siguiente, el periódico decía que el «Romance» había fracasado. Yo había vuelto a Nueva Orleáns.
Recogí mis cosas y bajé hasta la estación de autobuses. Llegué a Nueva Orleáns, conseguí una habitación legal y me instalé. Conservé los recortes de periódico un par de semanas, y luego los tiré. ¿Tú no habrías hecho lo mismo?



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