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Friday, December 02, 2016

CONVERSACIÓN ENTRE EL CARPINTERO ZIMMER Y EL ESCRITOR GUSTAV KÜHNE: Friedrich Holderlin

































Está en mi casa desde el momento en que le soltaron de la clínica. Le tuvieron allí dos años, le medicaron, le revolvieron de arriba a abajo sin encontrar qué era lo que tenía. No pudo decir a nadie qué le faltaba. A decir verdad no le falta nada. Lo que tiene de más, eso es lo que le ha vuelto loco. Z Kühne: ¿Es cierto que el pobre enfermo no ha tenido más crisis desde hace ya tiempo? Zimmer: A decir verdad, no está loco, lo que se dice loco. Tiene perfectamente sano el cuerpo, su apetito es bueno, se bebe su buen medio litro todos los días a la misma hora. Duerme bien, salvo con los fuertes calores del verano; entonces se le oye subir y bajar las escaleras toda la noche. Pero no hace mal a nadie. Es una buena compañía en mi casa. Se sirve él mismo, se viste y se mete en la cama sin ayuda de nadie. También sabe pensar, hablar, tocar música y hace todo lo que hacía en otros tiempos. Kühne: ¿Pero sin continuidad? Zimmer: ¡Ah, sí, así es! Kühne: ¿Y cómo ha podido durar tanto tiempo este estado sin crisis, sin interrupción? Zimmer: Para algo es suavo. Es suavo hasta el fondo... Si se ha vuelto loco no es por falta de espíritu, sino a fuerza de saber. Cuando un vaso está demasiado lleno y se tapa, tiene que estallar. Pues bien, si se recogen los trozos, se ve que todo lo que había dentro se ha esparcido. Todos nuestros sabios estudian demasiado, se llenan hasta el cuello, una gota de más y eso se desborda. Y con ello escriben las cosas más impías. El entusiasmo por el paganismo ha sido lo que le ha hecho descarrilar, y todos sus pensamientos se han detenido en un punto, alrededor del cual gira y gira sin cesar. Se diría un vuelo de palomas arremolinándose sobre el tejado alrededor de una veleta. Gira todo el tiempo hasta que cae abatido, al límite de las fuerzas. Créame, eso es lo que le ha vuelto loco. Esos malditos libros, todo el día abiertos sobre la mesa, y cuando está solo, desde por la mañana hasta por la noche se lee a sí mismo pasajes en voz alta, declamando como un actor, con aires de querer conquistar el mundo. No merece la pena obstinarse así en esto, siempre lo mismo, es lo que llaman una idea fija. Kühne: Se habla de una historia de amor. Zimmer: Créame. No es así, en absoluto. Una vez cumplidos los treinta, el amor ya no trastorna la cabeza. La causa de todo es su manía de saber y no la dama de Frankfurt. ¿Me mira usted con asombro? Ustedes, los de ahí abajo, tienen una idea equivocada de nosotros los suavos. Ustedes creen que no nos volvemos razonables antes de los cuarenta años. Pues bien, no; todo lo contrario. No hay suavo al que el amor le haga perder la razón una vez que tiene treinta años a la espalda... Hay que tomarle como a un niño y entonces es dulce y amable... En tiempos yo le llevaba a los viñedos. Me jugó toda clase de malas pasadas. En la actualidad se pasea solamente por el jardín. Se levanta con el sol. No puede soportar quedarse en casa y se va a pasear al jardín. Golpea el vallado, coge hierbas y flores, hace ramilletes y después los destroza. Kühne: Los poetas alemanes no hacen otra cosa en toda su vida. Ninguno de ellos lo ha hecho mejor. Zimmer: Todo el día está hablando en voz alta, haciéndose preguntas y respondiéndose — todo el tiempo—, y sus respuestas rara vez son afirmativas. Tiene un fuerte espíritu de negación. Kühne: Es la suerte que nos espera a todos cuando envejezcamos. Zimmer: Cuando está cansado de haber andado se retira a su cuarto, declama al vacío con la ventana abierta, no sabe cómo desembarazarse de su gran saber. A veces se sienta a su espineta y toca durante cuatro horas sin cesar, como si quisiera hacer salir hasta la última brizna de su saber. Y siempre el mismo tono monótono, la misma cantilena, que uno ya no sabe dónde meterse en toda la casa. Tengo que dominarme con todas mis fuerzas para que no me estalle la cabeza. Pero por otra parte a menudo toca muy bien. Lo único molesto es el ruido de sus uñas Transcrita por éste tras una visita al poeta en 1836. demasiado largas. Es toda una batalla cortárselas... Cuando aún vivía su madre, le reprendí y le dije que estaba muy mal por su parte no pensar más en ella; y entonces reaccionó y le escribió una carta. Sus cartas eran completamente claras y como es debido, como escribiríamos usted y yo: «¿Cómo te va, querida mamá?» y todo lo demás. Es verdad que una vez terminaba su carta diciendo: «Adiós, tengo estremecimientos, siento que debo terminar». Kühne: ¿Aún escribe versos? Zimmer: Casi todo el día... Voy a advertirle una cosa. Usted habrá oído hablar de su hábito de otorgar títulos a todos los extraños que se le acercan. Es su modo de mantener a la gente a distancia. No hay que confundirse, es un hombre libre a quien no le gusta que le pisen. Siempre está repitiendo: «Nada ha de sucederme». Cuando empieza a estar harto y quiere irse, es suficiente que se le diga: «Quédese usted un poco más con nosotros, señor Bibliotecario». Puede usted estar seguro de que cogerá su sombrero, se inclinará profundamente y responderá: «Su Majestad ha ordenado que me vaya». De esta forma da a la gente lo que pueda desear, permaneciendo él libre. Mire, cuando abruma a alguien con tantos títulos, es su modo de decir: «Déjeme en paz»... Pero aquí está... Hoy está de muy mal humor. Dice que desde esta mañana la fuente de la sabiduría está envenenada y que los frutos del conocimiento son sacos vacíos, engaños, ¿no? Se habrá usted fijado que estaba sentado sobre el manzano, rompía las ramas muertas y quitaba las hojas secas. Muchas veces sus palabras confusas encierran mucho sentido.





Thursday, December 01, 2016

CARNET DE BAILE: Roberto Bolaño




1. Mi madre nos leía a Neruda en Quilpué, en Cauquenes, en Los Ángeles. 2. Un único libro: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Editorial Losada, Buenos Aires, 1961. En la portada un dibujo de Neruda y un aviso de que aquélla era la edición conmemorativa de un millón de ejemplares. ¿En 1961 se había vendido un millón de ejemplares de los Veinte poemas o se trataba de la totalidad de la obra publicada de Neruda? Me temo que lo primero, aunque ambas posibilidades son inquietantes, y ya inexistentes. 3. En la segunda página del libro está escrito el nombre de mi madre, María Victoria Avalos Flores. Una observación tal vez superficial, contra todos los indicios, me hace concluir que no fue ella quien escribió su nombre allí. Tampoco es la letra de mi padre, ni de nadie que yo conozca. ¿De quién, entonces? Tras observar cuidadosamente esa firma desdibujada por los años tengo que admitir, si bien con reservas, que es la de mi madre. 4. En 1961, en 1962, mi madre tenía menos años de los que yo tengo ahora, no llegaba a los treintaicinco, y trabajaba en un hospital. Era joven y animosa. 5. Los Veinte poemas, mis Veinte poemas, han recorrido un largo camino. Primero por diversos pueblos del sur de Chile, después por varias casas de México DF, después por tres ciudades de España. 6. El libro, por supuesto, no era mío. Primero fue de mi madre. Ésta se lo regaló a mi hermana y cuando mi hermana se fue de Gerona rumbo a México me lo regaló a mí. Entre los libros que me dejó mi hermana mis favoritos eran los de ciencia ficción y la obra completa, hasta ese momento, de Manuel Puig, que yo mismo le había regalado y que entonces releí. 7. Neruda ya no me gustaba. ¡Y menos aún los Veinte poemas de amor! 8. En 1968 mi familia se fue a vivir a México DF. Dos años después, en 1970, conocí a Alejandro Jodorowski, que para mí encarnaba al artista de prestigio. Lo busqué a la salida de un teatro (dirigía una versión de Zaratustra, con Isela Vega), le dije que quería que me enseñara a dirigir películas y desde entonces me convertí en asiduo visitante de su casa. Creo que no fui un buen alumno. Jodorowski me preguntó cuánto gastaba en tabaco cada semana. Le dije que bastante, pues desde siempre he fumado como un carretero. Jodorowski me dijo que dejara de fumar y que ese dinero lo invirtiera en pagar unas clases de meditación zen con Ejo Takata. De acuerdo, dije. Durante unos días estuve con Ejo Takata, pero a la tercera sesión decidí que eso no era lo mío. 9. Abandoné a Ejo Takata en plena sesión de meditación zen. Cuando quise dejar la fila el japonés se abalanzó sobre mí blandiendo un bastón de madera, el mismo con el que golpeaba a los alumnos que así se lo pedían. Es decir, Ejo ofrecía el bastón, los alumnos decían sí o no y en caso de ser la respuesta afirmativa Ejo les descerrajaba unos planazos que atronaban el espacio en penumbra impregnado de incienso. 10. A mí, sin embargo, no me ofreció la posibilidad de denegar los golpes. Su ataque fue fulminante y estentóreo. Yo estaba junto a una chica, cerca de la puerta, y Ejo estaba al fondo de la habitación. Supuse que tenía los ojos cerrados y creí que no me iba a escuchar cuando me marchara. Pero el pinche japonés me escuchó y se abalanzó sobre mí gritando el equivalente zen de banzai. 11. Mi padre fue  campeón de boxeo amateur en la categoría de los pesos pesados. Su invicto reinado se circunscribió al sur de Chile. A mí nunca me gustó boxear, pero aprendí desde chico; siempre hubo un par de guantes de boxeo en mi casa, ya fuera en Chile o en México. 12. Cuando el maestro Ejo Takata se abalanzó gritando sobre mí probablemente no pretendía hacerme daño, tampoco esperaba que yo automáticamente me defendiera. Los planazos de su bastón servían generalmente para desentumecer los nervios agarrotados de sus discípulos. Pero yo no tenía los nervios agarrotados, yo sólo quería largarme de allí de una vez por todas. 13. Si crees que te atacan, te defiendes, ésa es una ley natural, sobre todo a los diecisiete años, sobre todo en el DF. Ejo Takata era nerudiano en la ingenuidad. 14. Según Jodorowski, él había introducido a Ejo Takata en México. Durante una época Takata buscaba drogadictos por las selvas de Oaxaca, la mayoría norteamericanos, que no habían podido regresar después de un viaje alucinógeno. 15. Por lo demás, la experiencia con Takata no hizo que dejara de fumar. 16. Una de las cosas que me gustaba de Jodorowski era que hablaba de los intelectuales chilenos (generalmente en contra) y me incluía a mí. Eso me proporcionaba una gran confianza, aunque por descontado yo no tenía la más mínima intención de ser como aquellos intelectuales. 17. Una tarde, no sé por qué, nos pusimos a hablar de poesía chilena. El dijo que el más grande era Nicanor Parra. Acto seguido, se puso a recitar un poema de Nicanor, y luego otro, y luego finalmente otro. Jodorowski recitaba bien, pero los poemas no me impresionaron. Yo era por entonces un joven hipersensible, además de ridículo y muy orgulloso, y afirmé que el mejor poeta de Chile, sin duda alguna, era Pablo Neruda. Los demás, añadí, son unos enanos. La discusión debió de durar media hora. Jodorowski esgrimió argumentos de Gurdjieff, Krishnamurti y Madame Blavatski, luego habló de Kierkegaard y Wittgenstein, luego de Topor, Arrabal y él mismo. Recuerdo que dijo que Nicanor, de paso para alguna parte, se había alojado en su casa. En esa afirmación entreví un orgullo pueril que desde entonces nunca he dejado de percibir en la mayoría de los escritores. 18. En alguno de sus escritos Bataille dice que las lágrimas son la última forma de comunicación. Yo me puse a llorar, pero no de una manera normal y formal, es decir dejando que mis lágrimas se deslizaran suavemente por las mejillas, sino de una manera salvaje, a borbotones, más o menos como llora Alicia en el País de las Maravillas, inundándolo todo. 19. Cuando salí de casa de Jodorowski supe que nunca más iba a volver allí y eso me dolió tanto como sus palabras y seguí llorando por la calle. También supe, pero esto de una forma más oscura, que no volvería a tener un maestro tan simpático, un ladrón de guante blanco, el estafador perfecto. 20. Pero lo que más me extrañó de mi actitud fue la defensa más bien miserable y poco argumentada, pero defensa al fin y al cabo, que hice de Pablo Neruda, de quien sólo había leído los Veinte poemas de amor (que por entonces me parecían involuntariamente humorísticos) y el Crepusculario, cuyo poema «Farewell» encarnaba el colmo de los colmos de la cursilería, pero por el cual siento una inquebrantable fidelidad. 21. En 1971 leí a Vallejo, a Huidobro, a Martín Adán, a Borges, a Oquendo de Amat, a Pablo de Rokha, a Gilberto Owen, a López Velarde, a Oliverio Girondo. Incluso leí a Nicanor Parra. ¡Incluso leí a Pablo Neruda! 22. Los poetas mexicanos de entonces que eran mis amigos y con quienes compartía la bohemia y las lecturas, se dividían básicamente entre vallejianos y nerudianos. Yo era parriano en el vacío, sin la menor duda. 23. Pero hay que matar a los padres, el poeta es un huérfano nato. 24. En 1973 volví a Chile en un largo viaje por tierra y por mar que se dilató al arbitrio de la hospitalidad. Conocí a revolucionarios de distinto pelaje. El torbellino de fuego en el que Centroamérica no tardaría en verse envuelta ya se avizoraba en los ojos de mis amigos, que hablaban de la muerte como quien cuenta una película. 25. Llegué a Chile en agosto de 1973. Quería participar en la construcción del socialismo. El primer libro de poemas que compré fue Obra gruesa, de Parra. Artefactos, también de Parra. 26. Tenía menos de un mes para disfrutar de la construcción del socialismo. Por supuesto, yo entonces no lo sabía. Era parriano en la ingenuidad. 27. Asistí a una exposición y vi a varios poetas chilenos, fue espantoso. 28. El once de septiembre me presenté como voluntario en la única célula operativa del barrio en donde yo vivía. El jefe era un obrero comunista, gordito y perplejo, pero dispuesto a luchar. Su mujer parecía más valiente que él. Todos nos amontonamos en el pequeño comedor de suelo de madera. Mientras el jefe de la célula hablaba me fijé en los libros que tenía sobre el aparador. Eran pocos, la mayoría novelas de vaqueros como las que leía mi padre. 29. El once de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. 30. Vigilé una calle vacía. Olvidé mi contraseña. Mis compañeros tenían quince años o eran jubilados o desempleados. 31. Cuando murió Neruda yo ya estaba en Mulchén, con mis tíos y tías, con mis primos. En noviembre, mientras viajaba de Los Ángeles a Concepción, me detuvieron en un control de carretera y me metieron preso. Fui el único al que bajaron del autobús. Pensé que me iban a matar allí mismo. Desde el calabozo oí la conversación que sostuvo el jefe del retén, un carabinero jovencito y con cara de hijo de puta (un hijo de puta revolviéndose en el interior de un saco de harina), con sus jefes de Concepción. Decía que había capturado a un terrorista mexicano. Luego se retractó y dijo: terrorista extranjero. Mencionó mi acento, mis dólares, la marca de mi camisa y de mis pantalones. 32. Mis bisabuelos, los Flores y los Grana, intentaron vanamente domar la Araucanía (aunque no fueron capaces ni de domarse a sí mismos), por lo que es probable que fueran nerudianos en la desmesura; mi abuelo Roberto Avalos Martí fue coronel y estuvo destinado en varias plazas del sur hasta una jubilación temprana y oscura, lo que me hace pensar que fue nerudiano en el blanco y en el azul; mis abuelos paternos llegaron de Galicia y Cataluña, dejaron sus vidas en la provincia de Bío-Bío y fueron nerudianos en el paisaje y en la laboriosa lentitud. 33. Durante algunos días estuve encerrado en Concepción y luego me soltaron. No me torturaron, como temía, ni siquiera me robaron. Pero tampoco me dieron nada para comer ni para taparme por las noches, por lo que tuve que vivir de la buena voluntad de los presos que compartían su comida conmigo. De madrugada escuchaba cómo torturaban a otros, sin poder dormir, sin nada que leer, salvo una revista en inglés que alguien había olvidado allí y en la que lo único interesante era un artículo sobre una casa que en otro tiempo perteneció al poeta Dylan Thomas. 34. Me sacaron del atolladero dos detectives, ex compañeros míos en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, y mi amigo Fernando Fernández, que tenía un año más que yo, veintiuno, pero cuya sangre fría era sin duda equiparable a la imagen ideal del inglés que los chilenos desesperada y vanamente intentaron tener de sí mismos. 35. En enero de 1974 me marché de Chile. Nunca más he vuelto. 36. ¿Fueron valientes los chilenos de mi generación? Sí, fueron valientes. 37. En México me contaron la historia de una muchacha del MIR a la que torturaron introduciéndole ratas vivas por la vagina. Esta muchacha pudo exiliarse y llegó al DF. Vivía allí, pero cada día estaba más triste y un día se murió de tanta tristeza. Eso me dijeron. Yo no la conocí personalmente. 38. No es una historia extraordinaria. Sabemos de campesinas guatemaltecas sometidas a vejaciones sin nombre. Lo increíble de esta historia es su ubicuidad. En París me contaron que una vez llegó allí una chilena a la que habían torturado de la misma manera. Esta chilena también era del MIR, tenía la misma edad que la chilena de México y había muerto, como aquélla, de tristeza. 39. Tiempo después supe la historia de una chilena de Estocolmo, joven y militante del MIR o ex militante del MIR, torturada en noviembre de 1973 con el sistema de las ratas y que había muerto, para asombro de los médicos que la cuidaban, de tristeza, de morbus melancholicus. 40. ¿Se puede morir de tristeza? Sí, se puede morir de tristeza, se puede morir de hambre (aunque es doloroso), se puede morir incluso de spleen. 41. ¿Esta chilena desconocida, reincidente en la tortura y en la muerte, era la misma o se  trataba de tres mujeres distintas, si bien correligionarias en el mismo partido y de una belleza similar? Según un amigo, se trataba de la misma mujer que, como en el poema de Vallejo «Masa», al morir se iba multiplicando sin dejar por ello de morir. (En realidad, en el poema de Vallejo el muerto no se multiplica, quienes se multiplican son los suplicantes, los que no quieren que muera.) 42. Hubo una vez una poeta belga llamada Sophie Podolski. Nació en 1953 y se suicidó en 1974. Sólo publicó un libro, llamado Le Pays oü tout estpermis (Montfaucon Research Center, 1972, 280 páginas facsímiles). 43. Germain Nouveau (1852-1920), que fue amigo de Rimbaud, pasó los últimos años de su vida como vagabundo y como mendigo. Se hacía llamar Humilis (en 1910 publicó Les poemes d'Humilis) y vivía en las puertas de las iglesias. 44. Todo es posible. Eso todo poeta debería saberlo. 45. Una vez me preguntaron cuáles eran los jóvenes poetas chilenos que a mí me gustaban. Tal vez no emplearan la palabra «jóvenes» sino «actuales». Dije que me gustaba Rodrigo Lira, aunque éste ya no pueda ser actual (pero sí joven, más joven que todos nosotros) puesto que está muerto. 46. Parejas de baile de la joven poesía chilena: los nerudianos en la geometría con los huidobrianos en la crueldad, los mistralianos en el humor con los rokhianos en la humildad, los parrianos en el hueso con los lihneanos en el ojo. 47. Lo confieso: no puedo leer el libro de memorias de Neruda sin sentirme mal, fatal. Qué cúmulo de contradicciones. Qué esfuerzos para ocultar y embellecer aquello que tiene el rostro desfigurado. Qué falta de generosidad y qué poco sentido del humor. 48. Hubo una época felizmente ya pasada de mi vida en que veía por el pasillo de mi casa a Adolf Hitler. Hitler no hacía nada más que caminar pasillo arriba y pasillo abajo y cuando pasaba por la puerta abierta de mi dormitorio ni siquiera me miraba. Al principio pensaba que era (¿qué otra cosa podía ser?) el demonio y que mi locura era irreversible. 49. Quince días después Hitler se esfumó y yo pensé que el siguiente en aparecer sería Stalin. Pero Stalin no apareció. 50. Fue Neruda el que se instaló en mi pasillo. No quince días, como Hitler, sino tres, un tiempo considerablemente más corto, señal de que la depresión amenguaba. 51. En contrapartida, Neruda hacía ruidos (Hitler era silencioso como un trozo de hielo a la deriva), se quejaba, murmuraba palabras incomprensibles, sus manos se alargaban, sus pulmones sorbían el aire del pasillo (de ese frío pasillo europeo) con fruición, sus gestos de dolor y sus modales de mendigo de la primera noche fueron cambiando de tal manera que al final el fantasma parecía recompuesto, otro, un poeta cortesano, digno y solemne. 52. A la tercera y última noche, al pasar por delante de mi puerta, se detuvo y me miró (Hitler nunca me había mirado) y, esto es lo más extraordinario, intentó hablar, no pudo, manoteó su impotencia y finalmente, antes de desaparecer con las primeras luces del día, me sonrió (¿cómo diciéndome que toda comunicación es imposible pero que, sin embargo, se debe hacer el intento?). 53. Conocí hace tiempo a tres hermanos argentinos que murieron intentando hacer la revolución en países diferentes de Latinoamérica. Los dos mayores se traicionaron mutuamente y de paso traicionaron al menor. Éste no cometió traición alguna, y murió, dicen, llamándolos, aunque lo más probable es que muriera en silencio. 54. Los hijos del león español, decía Rubén Darío, un optimista nato. Los hijos de Walt Whitman, de José Martí, de Violeta Parra; desollados, olvidados, en fosas comunes, en el fondo del mar, sus huesos mezclados en un destino troyano que espanta a los supervivientes. 55. Pienso en ellos estos días en que los veteranos de las Brigadas Internacionales visitan España, viejitos que bajan de los autocares con el puño en alto. Fueron 40.000 y hoy vuelven a España 350 o algo así. 56. Pienso en Beltrán Morales, pienso en Rodrigo Lira, pienso en Mario Santiago, pienso en Reinaldo Arenas. Pienso en los poetas muertos en el potro de tortura, en los muertos de sida, de sobredosis, en todos los que creyeron en el paraíso latinoamericano y murieron en el infierno latinoamericano. Pienso en esas obras que acaso permitan a la izquierda salir del foso de la vergüenza y la inoperancia. 57. Pienso en nuestras vanas cabezas puntiagudas y en la muerte abominable de Isaac Babel. 58.   Cuando sea mayor quiero ser nerudiano en la sinergia. 59. Preguntas para antes de dormir. ¿Por qué a Neruda no le gustaba Kafka? ¿Por qué a Neruda no le gustaba Rilke? ¿Por qué a Neruda no le gustaba De Rokha? 60. ¿Barbusse le gustaba? Todo hace pensar que sí. Y Shólojov. Y Alberti. Y Octavio Paz. Extraña compañía para viajar por el Purgatorio. 61. Pero también le gustaba Eluard, que escribía poemas de amor. 62. Si Neruda hubiera sido cocainómano, heroinómano, si lo hubiera matado un cascote en el Madrid sitiado del 36, si hubiera sido amante de Lorca y se hubiera suicidado tras la muerte de éste, otra sería la historia. ¡Si Neruda fuera el desconocido que en el fondo verdaderamente es! 63. ¿En el sótano de lo que llamamos «Obra de Neruda» acecha Ugolino dispuesto a devorar a sus hijos? 64. ¡Sin ningún remordimiento! ¡Inocentemente! ¡Sólo porque tiene hambre y ningún deseo de morirse! 65. No tuvo hijos, pero el pueblo lo quería. 66. ¿Como a la Cruz, hemos de volver a Neruda con las rodillas sangrantes, los pulmones agujereados, los ojos llenos de lágrimas? 67. Cuando nuestros nombres ya nada signifiquen, su nombre seguirá brillando, seguirá planeando sobre una literatura imaginaria llamada literatura chilena. 68. Todos los poetas, entonces, vivirán en comunas artísticas llamadas cárceles o manicomios. 69. Nuestra casa imaginaria, nuestra casa común.



Wednesday, November 30, 2016

Perla Julieta Ortíz Murray: LA (PESCA) DA



La Señora del rebozo en el reino del microcuento: La (pesca) da, una aportación más de Elia Casillas a la Literatura del Noroeste de México.

“Entra a limpiar la habitación, y cuando levanta la cobija,
aparece un sapo y tres feas, luego un dragón. Hace falta una princesa
 –dice fascinada- en eso, observa su vestido lleno de luces rosas,
feliz, da vueltas y vueltas, y mientras gira, camina rumbo al espejo
y descubre que en la mano trae una varita mágica.
 Una vez más, por sobrepeso, se le esfuma la oportunidad de ser la Cenicienta.
(“Sa (l) hada”), La (pesca) da, pág. 30)


El subgénero del microcuento ha sido explorado por muchos autores y muchas culturas, tanto, que su antigüedad se pierde en el tiempo: Tiene excelentes representantes entre los sumerios, escitas y chinos, o de forma oral, entre los antiguos nahuas, mixtecos y zapotecas y en la narrativa clásica grecolatina destacan Plutarco, Filóstrates y Ovidio. Más cercanos en el tiempo para nosotros, Jorge Luis Borges (“El sueño” y “El adivino”, ambas un dechado de perfección literaria), Ana María Shua (“La manzana”), Octavio Paz (“El ramo azul”),  Luis Felipe Lomelí (“El emigrante”) Max Aub (“Hablaba y hablaba”),  Mónica Lavín (“Motivo literario”), Antonio Skármeta (excelente “Desnudo en el tejado”), Augusto Monterroso (“El rayo que cayó dos veces en el mismo sitio” y su clásico “El dinosaurio” que no quiero dejar de mencionar), Juan José Arreola (Muy destacables sus bellísimos “Homenaje a Otto Weinninger” y “Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco”), Luisa Valenzuela (“Este tipo es una mina”), Pía Barros (“Trece”),  Gonzalo Celorio (“Mercado”), Edmundo Valadés (“La búsqueda”), Carmen Leñero (“La empatía”) y otros muchos que sería largo enumerar.
Sin embargo, tratándose de Literatura y en particular de microrrelatos, no todo está escrito: hay muchos aportes aun por dary los que Elia Casillas nos proporciona aquí, no tienen comparación ni pierde: Relatos sabrosos, escritos a veces con mordacidad –como en el caso de “(Su) misión” donde una desatinada y yo diría más bien descarada Eva fue causa de todos los males de la humanidad y de una también descarada su-gerencia: Por obra y gracia de esta costilla andante , Adán fue expulsado junto con ella del paraíso, Caín mató a Abel, los hermanos de José (el soñador) lo vendieron a los israelitas por veinte -¡veinte nada menos!- piezas de plata, María tuvo un hijo que no era de José, y para que luego, volteando el texto, por treinta pulidos denarios –el antecedente romano para dinero, la palabra mágica de nuestros días- Judas entregase a Jesús al romano Pilatos y éste se diera (o cediera más bien) su famosa lavada de manos, con todo lo que ello implicaba…(¡Ay, me cansó tan largo listado de atribuciones!) para rematar en una filosófica-teo nada lógica revelación, con un sonoro “¡La maldad nos cayó del cielo!” ante el que hasta a Dios Padre le debe haber quedado –igual que a mí- solo el sonoro recurso de la carcajada, o –ya metidos en referencias-cierta acidez mezclada con sorna en ese otro en el que el bloqueo, eterna pena de todo escritor se ve reflejado:No (ve) lista”.
Aunque, en el juego de sonidos en el que se descompone la idea original alude aparentemente al creador de novelas, esta descompostura parece insinuar que alguien no se pone muy lista para ver aquello que debe, recomponiéndose cuando se pueda. La sequía no es vana, ni el uso del color café que la representatampoco y en el colmo de la oratoria táctica, ante la nula presencia de la musa, impreca a la divinidad, pelea con ella, la sacude y se sacude su yugo: ¡inspiración maldita, estás negándome el éxito!
Sin grandes pretensiones, y en un género muy competido, la autora nos presenta una obra digna, sencilla, bien cuidada tanto en su edición como en su redacción y variada en su temática. Haciendo gala de la maestría proporcionada por el oficio, Elia se da el lujo de jugar con títulos muy sugerentes, como “México, México, México” en el que da rienda suelta a los demonios y un poco socarronamente afirma que somos “el infierno señalado” o “En (a) morada”,  cuyo protagonista Compró unos lentes y en ellos se fueron sus ahorros pues le aseguraron que cuando empezara a usarlos, vería el amor de otra manera.
Es el caso también de “As (eh) sino” y  “De (s) enlace” en el que la autora retoma un tema recurrente en ella: la muerte. En el primero, el personaje“Dejó que lo abrieran, por sus venas corrían las memorias, esas que dejaron al descubierto su larga lista de mujeres asesinadas un 14 de febrero, porque él no creía en el amor, ni en angelitos pendejos”.El segundo en cambio, dejando la ligereza del anterior, sostiene: “Creí que era la soledad jugándome una broma, pero no, su guadaña estaba ahí, desde el fondo de alguien a quien reconozco, alguien que amenaza siempre, alguien de mente antigua y prolongada anunciación”.
Producto acabado de la lírica Casillesca, este libro denota la ambición y el crecimiento de alguien que se ha vuelto veterana en el ruedo literario, una mujer que –sin dejar de lado su rol de poeta- se ha convertido –por obra y gracia de su imaginación, en una cuentista consumada, dueña de un estilo muy propio, donde campea el humor negro y en donde ángeles deudores de platos rotos y maltratados en el IMSS, amén de abaratados príncipes azules se mezclan –funambulescos- con negras que nueve veces (en) viudanseres humanos de esos como ustedes o yo, a quienes nos encontramos todos los días en el barrio, en la escuela, en la vida, (o en la escuela de la vida) pero a los cuales el ojo de la escritora convierte –en esta pesca literaria- en  los dioses del Olimpo de sus letras.
¡Muchas gracias!





Tuesday, November 29, 2016

LA (PESCA) DA: Elia Casillas

(En) focus…
Elia Casillas


El príncipe azul tiene el lugar primero, desde que el francés Charles Perrault publicara su cuento: Cenicienta o El zapatito de cristal. Por eso,  ahora sabemos que una joven, una joven mayor o una joven grandota, jamás pedirán una varita mágica a un hada. Según encuestas, que vaya usted a saber quiénes  las hicieron, pero según encuestas… Todas las mujeres, esperan un príncipe azul desde 1697 y tal vez, desde en den antes.  



Navojoa Sonora. Feb./19/2015

LA (PESCA) DA Elia Casillas

Roberto Bolaño: EL ÚLTIMO CANTO DE AMOR



































EL ÚLTIMO CANTO DE AMOR

DE PEDRO J. LASTARRIA, ALIAS «EL CHORITO»

Sudamericano en tierra de godos,
este es mi canto de despedida
ahora que los hospitales sobrevuelan
los desayunos y las horas del té
con una insistencia que no puedo
sino remitir a la muerte.
Se acabaron los crepúsculos
largamente estudiados, se acabaron
los juegos graciosos que no conducen
a ninguna parte. Sudamericano
en tierra más hostil
que hospitalaria, me preparo
para entrar en el largo
pasillo incógnito
donde dicen que florecen
las oportunidades perdidas.
Mi vida fue una sucesión
de oportunidades perdidas,
lector de Catulo en latín
apenas tuve valor para pronunciar
Sine qua non o Ad hoc
en la hora más amarga
de mi vida. Sudamericano
en hospitales de godos, ¿qué hacer
sino recordar las cosas amables
que una vez me acaecieron?
viajes infantiles, la elegancia
de padres y abuelos, la generosidad
de mi juventud perdida y con ella
la juventud perdida de tantos
compatriotas
son ahora el bálsamo de mi dolor
son ahora el chiste incruento
desencadenado en estas soledades
que los godos no entienden
o que entienden de otra manera.
También yo fui elegante y generoso:
Supe apreciar las tempestades,
los gemidos del amor en las barracas
y el llanto de las viudas,
pero la experiencia es una estafa.
En el hospital sólo me acompañan
mi inmadurez premeditada
y los resplandores vistos en otro planeta
o en otra vida.
La cabalgata de los monstruos
en donde «El Chorito»
tiene un papel destacado.
Sudamericano en tierra de
nadie, me preparo
para entrar en el lago
inmóvil, como mi ojo,
donde se refractan las aventuras
de Pedro Javier Lastarria
desde el rayo incidente
hasta el ángulo de incidencia,
desde el seno del ángulo
de refracción
hasta la constante llamada
índice de refracción.
En plata: las malas cosas
convertidas en buenas,
en apariciones gloriosas
las metidas de pata,
la memoria del fracaso
convertida en la memoria
del valor. Un sueño,
tal vez, pero
un sueño que he ganado
a pulso.
Que nadie siga mi ejemplo
pero que sepan
que son los músculos de Lastarrla
los que abren este camino.
Es el córtex de Lastarria,
el entrechocar de dientes
de Lastarria, el que ilumina
esta noche negra del alma,
reducida, para mi disfrute
y reflexión, a este rincón
de habitación en sombras,
como piedra afiebrada,
como desierto detenido
en mi palabra.
Sudamericano en tierra
de sombras,
yo que siempre fui
un caballero,
me preparo para asistir
a mi propio vuelo de despedida.


MI VIDA EN LOS TUBOS DE SUPERVIVENCIA

Como era pigmeo y amarillo y de facciones agradables
y como era listo y no estaba dispuesto a ser torturado
en un campo de trabajo o en una celda acolchada
me metieron en el interior de este platillo volante
y me dijeron vuela y encuentra tu destino. ¿Pero qué
destino iba a encontrar? La maldita nave parecía
el holandés errante por los cielos del mundo, como si
huir quisiera de mi minusvalía, de mi singular
esqueleto: un escupitajo en la cara de la Religión,
un hachazo de seda en la espalda de la Felicidad,
sustento de la Moral y de la Ética, la escapada hacia adelante
de mis hermanos verdugos y de mis hermanos desconocidos.
Todos finalmente humanos y curiosos, todos huérfanos y
jugadores ciegos en el borde del abismo. Pero todo eso
en el platillo volador no podía sino serme indiferente.
O lejano. O secundario. La mayor virtud de mi traidora especie
es el valor, tal vez la única real, palpable hasta las lágrimas
y los adioses. Y valor era lo que yo demandaba encerrado en
el platillo, asombrando a los labradores y a los borrachos
tirados en las acequias. Valor invocaba mientras la maldita nave
rielaba por guetos y parques que para un paseante
serían enormes, pero que para mí sólo eran tatuajes sin sentido,
palabras magnéticas e indescifrables, apenas un gesto
insinuado bajo el manto de nutrias del planeta.
¿Es que me había convertido en Stefan Zweig y veía avanzar
a mi suicida? Respecto a esto la frialdad de la nave
era incontrovertible, sin embargo a veces soñaba
con un país cálido, una terraza y un amor fiel y desesperado.
Las lágrimas que luego derramaba permanecían en la superficie
del platillo durante días, testimonio no de mi dolor, sino de
una suerte de poesía exaltada que cada vez más a menudo
apretaba mi pecho, mis sienes y caderas. Una terraza,
un país cálido y un amor de grandes ojos fieles
avanzando lentamente a través del sueño, mientras la nave
dejaba estelas de fuego en la ignorancia de mis hermanos
y en su inocencia. Y una bola de luz éramos el platillo y yo
en las retinas de los pobres campesinos, una imagen perecedera
que no diría jamás lo suficiente acerca de mi anhelo
ni del misterio que era el principio y el final
de aquel incomprensible artefacto. Así hasta la
conclusión de mis días, sometido al arbitrio de los vientos,
soñando a veces que el platillo se estrellaba en una serranía
de América y mi cadáver casi sin mácula surgía
para ofrecerse al ojo de viejos montañeses e historiadores:
Un huevo en un nido de hierros retorcidos. Soñando
que el platillo y yo habíamos concluido la danza peripatética,
nuestra pobre crítica de la Realidad, en una colisión indolora
y anónima en alguno de los desiertos del planeta. Muerte
que no me traía el descanso, pues tras corromperse mi carne
aún seguía soñando.


JUNTO AL ACANTILADO

En hoteles que parecían organismos vivos.
En hoteles como el interior de un perro de laboratorio.
Hundidos en la ceniza.
El tipo aquel, semidesnudo, ponía la misma canción una y otra vez.
Y una mujer, la proyección holográfica de una mujer, salía a la terraza
a contemplar las pesadillas o las astillas.
Nadie entendía nada.
Todo fallaba: el sonido, la percepción de la imagen.
Pesadillas o astillas empotradas en el cielo
a las nueve de la noche.
En hoteles que parecían organismos vivos de películas de terror.
Como cuando uno sueña que mata a una persona
que no acaba nunca de morir.
O como aquel otro sueño: el del tipo que evita un atraco
o una violación y golpea al atracador
hasta arrojado al suelo y allí lo sigue golpeando
y una voz (¿pero qué voz?) le pregunta al atracador
cómo se llama
y el atracador dice tu nombre
y tú dejas de golpear y dices no puede ser, ese es mi nombre,
y la voz (las voces) dicen que es una casualidad,
pero tú en el fondo nunca has creído en las casualidades.
Y dices: debemos de ser parientes, tú eres el hijo
de alguno de mis tíos o de mis primos.
Pero cuando lo levantas y lo miras, tan flaco, tan frágil,
comprendes que también esa historia es mentira.
Tú eres el atracador, el violador, el rufián inepto
que rueda por las calles inútiles del sueño.
y entonces vuelves a los hoteles-coleópteros, a los hoteles-araña,
a leer poesía junto al acantilado.

BÓLIDO

El automóvil negro desaparece
en la curva del ser. Yo
aparezco en la explanada:
todos van a fallecer, dice el viejo
que se apoya en la fachada.
No me cuentes más historias:
mi camino es el camino
de la nieve, no del parecer
más alto, más guapo, mejor.
Murió Beltrán Morales,
o eso dicen, murió
Juan Luis Martínez,
Rodrigo Lira se suicidó.
Murió Philip K. Dick
y ya sólo necesitamos
lo estrictamente necesario.
Ven, métete en mi cama.
Acariciémonos toda la noche
del ser y de su negro coche.


EL ÚLTIMO SALVAJE
1
Salí de la última función a las calles vacías. El esqueleto
pasó junto a mí, temblando, colgado del asta
de un camión de basura. Grandes gorros amarillos
ocultaban el rostro de los basureros, aun así creí reconocerlo:
un viejo amigo. ¡Aquí estamos!, me dije a mí mismo
unas doscientas veces,
hasta que el camión desapareció en una esquina.
2
No tenía adonde ir. Durante mucho tiempo
vagué por los alrededores del cine
buscando una cafetería, un bar abierto.
Todo estaba cerrado, puertas y contraventanas, pero
lo más curioso era que los edificios parecían vacíos, como
si la gente ya no viviera allí. No tenía nada que hacer
salvo dar vueltas y recordar
pero incluso la memoria comenzó a fallarme.
3
Me vi a mí mismo como «El Último Salvaje» montado en
una motocicleta blanca, recorriendo los caminos
de Baja California. A mi izquierda el mar, a mi derecha el mar
y en mi centro la caja llena de imágenes que paulatinamente
se iban desvaneciendo. ¿Al final la caja quedaría vacía?
¿Al final la moto se iría junto con las nubes?
¿Al final Baja California y «El Último Salvaje» se fundirían
con el Universo, con la Nada?
4
Creí reconocerlo: debajo del gorro amarillo de basurero un amigo
de la juventud. Nunca quieto. Nunca demasiado tiempo en un solo
registro. De sus ojos oscuros decían los poetas: son como dos volantines
suspendidos sobre la ciudad. Sin duda el más valiente. Y sus ojos
como dos volantines negros en la noche negra. Colgado
del asta del camión el esqueleto bailaba con la letra de nuestra
juventud. El esqueleto bailaba con los volantines y con las sombras.
5
Las calles estaban vacías. Tenía frío y en mi cerebro se sucedían
las escenas de «El Último Salvaje». Una película de acción, con trampa:
las cosas sólo ocurrían aparentemente. En el fondo: un valle quieto,
petrificado, a salvo del viento y de la historia. Las motos, el fuego
de las ametralladoras, los sabotajes, los 300 terroristas muertos, en realidad
estaban hechos de una sustancia más leve que los sueños. Resplandor
visto y no visto. Ojo visto y no visto. Hasta que la pantalla
volvió al blanco, y salí a la calle.
6
Los alrededores del cine, los edificios, los árboles, los buzones de correo,
las bocas del alcantarillado, todo parecía más grande que antes
de ver la película. Los artesonados eran como calles suspendidas en el aire.
¿Había salido. de una película de la fijeza y entrado en una ciudad
de gigantes. Por un momento creí que los volúmenes y las perspectivas
enloquecían. Una locura natural. Sin aristas. ¡Incluso mi ropa
había sido objeto de una mutación! Temblando, metí las manos
en los bolsillos de mi guerrera negra y eché a andar.
7
Seguí el rastro de los camiones de basura sin saber a ciencia cierta
qué esperaba encontrar. Todas las avenidas
desembocaban en un Estadio Olímpico de magnitudes colosales.
Un Estadio Olímpico dibujado en el vacío del universo.
Recordé noches sin estrellas, los ojos de una mexicana, un adolescente
con el torso desnudo y una navaja. Estoy en el lugar donde sólo
se ve con la punta de los dedos, pensé. Aquí no hay nadie.
8
Había ido a ver «El Último Salvaje» y al salir del cine
no tenía adonde ir. De alguna manera yo era
el personaje de la película y mi motocicleta negra me conducía
directamente hacia la destrucción. No más lunas rielando
sobre las vitrinas, no más camiones de basura, no más
desaparecidos. Había visto a la muerte copular con el sueño
y ahora estaba seco.


NI CRUDO NI COCIDO

Como quien hurga en un brasero apagado.
Como quien remueve los carbones y recuerda.
La Tempestad de Shakespeare, pero una lluvia sin fin.
Como quien observa un brasero que exhala gases tóxicos
en una gran habitación vacía.
Aunque tal vez la grandeza de la habitación
resida en la edad del observador.
En todo caso: vacía, oscura, el suelo desigual,
con cortinas donde no deberían,
y muy pocos muebles.
Como quien mueve las brasas
y aspira a todo pulmón
el aire criminal de la infancia.
Como quien se acuclilla y piensa.
Como quien remueve el carbón
bajo La Tempestad de Shakespeare que golpea las calaminas.
Como el carbón que exhala gases.
Como las brasas deshojadas como una cebolla
bajo la batuta del detective latinoamericano.
Aunque tal vez todos estemos locos
y nunca haya habido un crimen.
Como quien camina de la mano
de un maníaco depresivo.
Escuchando a la lluvia batir
los bosques, los caminos.
Como quien respira junto al brasero
y su mente remueve las brasas
una a una.
Como quien se vuelve a mirar a alguien
por última vez
y no lo ve.
Como las brasas que arden
mientras Ariel y Calibán
sostienen la soledad del muro del oeste.
Acuclillados uno frente al otro.
Como quien busca su rostro
en el corazón de la cebolla.
Hurgando, hurgando
pese al frío y los gases:
un abrigo de fantasía.
Como quien remueve el brasero apagado
con la batuta de un detective
inexistente.
Y La Tempestad de Shakespeare
no aminora en esta isla maldita.
Ah, como quien remueve las brasas
y aspira a todo pulmón.