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Wednesday, April 26, 2017

POR ESTA HEBRA: Elia Casillas







Miriam: Truman Capote


Desde hacía varios años Mrs. H. T. Miller vivía sola en un agradable apartamento (dos habitaciones y una cocina pequeña) de un viejo edificio de piedra recién rehabilitado, cerca del río Este. Era viuda: el seguro de Mr. H. T. Miller le garantizaba una cantidad razonable. Le interesaban pocas cosas, no tenía amigos dignos de mención y rara vez se aventuraba más allá del colmado de la esquina. Los otros habitantes del edificio parecían no reparar en ella: sus ropas eran anodinas; sus facciones, simples, discretas; no usaba maquillaje; llevaba el pelo gris acerado corto y ondulado sin mayor esmero, y en su último cumpleaños había cumplido sesenta y uno. Sus actividades rara vez eran espontáneas: mantenía inmaculados los dos cuartos, fumaba algún cigarrillo de vez en cuando, cocinaba ella misma y cuidaba del canario. Entonces conoció a Miriam. Nevaba aquella noche. Después de secar los platos de la cena, hojeó un periódico vespertino y dio con el anuncio de una película en un cine de barrio. El título sonaba bien. Le costó trabajo ponerse su abrigo de castor, se anudó las botas impermeables y salió del apartamento. Dejó una luz encendida en el vestíbulo: nada le molestaba tanto como la sensación de oscuridad. La nieve era fina, caía con suavidad, se disolvía en el pavimento. El viento del río sólo dejaba sentir su filo en las esquinas. Mrs. Miller se apresuró, abstraída, la cabeza inclinada, como un topo que cavara un camino ciego. Se detuvo en una farmacia y compró una caja de pastillas de menta. Había bastante cola frente a la taquilla; se puso al final. Tendrían que esperar un poco (gruñó una voz cansada). Mrs. Miller hurgó en su bolso de cuero hasta que reunió el importe exacto de la entrada. La cola parecía que iba para largo; miró a su alrededor, buscando algo que la distrajera; de repente descubrió a una niña bajo el borde de la marquesina. Su pelo era el más largo y extraño que había visto jamás: de un blanco plateado, como el de un albino; le caía hasta la cintura en franjas sueltas y uniformes. Era delgada, frágil. Su postura —los pulgares en los bolsillos de un abrigo de terciopelo ciruela hecho a medida— tenía una elegancia natural, peculiar. Sintió una curiosa emoción, y cuando sus miradas se cruzaron, sonrió afectuosamente. La niña se le acercó: —¿Podría hacerme un favor? —Con mucho gusto, si está en mi mano —dijo Mrs. Miller. —Oh, es bastante sencillo. Sólo quiero que me compre una entrada; si no, no me dejarán entrar. Tome. Tengo el dinero.   Y le tendió graciosamente dos monedas de diez centavos y una de cinco. Entraron juntas en el cine. Una acomodadora las llevó al vestíbulo; faltaban veinte minutos para que terminara la película. —Me siento como una auténtica delincuente —dijo Mrs. Miller en tono alegre; se sentó—. Quiero decir que esto es ilegal, ¿no? Espero no haber hecho nada malo. ¿Tu madre sabe que estás aquí, amor? Lo sabe, ¿no? La niña guardó silencio. Se desabrochó el abrigo y lo dobló sobre su regazo. Llevaba un cursi vestidito azul oscuro; una cadena de oro pendía de su cuello; sus dedos, sensibles, como los de un músico, jugaban con ella. Al examinarla con mayor atención, Mrs. Miller decidió que su verdadero rasgo distintivo no era el pelo, sino los ojos: color avellana, firmes, nada infantiles, tan grandes que parecían consumirle el rostro. Mrs. Miller le ofreció una pastilla de menta: —¿Cómo te llamas? —Miriam —dijo, como si, de un modo extraño, repitiera una información conocida. —¡Vaya, qué curioso!, yo también me llamo Miriam. Y no es precisamente un nombre común. ¡No me digas que tu apellido es Miller! —Sólo Miriam. —¿No te parece curioso? —Medianamente. —Miriam presionó la pastilla con su lengua. Mrs. Miller se ruborizó. Se sentía incómoda; cambió de conversación. —Tienes un vocabulario extenso para ser tan pequeña. —¿Sí? —Pues sí. —Cambió de tema precipitadamente—. ¿Te gustan las películas? —No sé —dijo Miriam—, no había venido nunca. El vestíbulo se empezó a llenar de mujeres. Las bombas del noticiario explotaron a lo lejos. Mrs. Miller se levantó, presionando el bolso bajo su brazo. —Más vale que me apresure a encontrar asiento —dijo—. Encantada de haberte conocido. Miriam asintió apenas. Nevó toda la semana. Las ruedas y los pies pasaban silenciosos sobre la calle; la vida era como un negocio secreto que perduraba bajo un velo tenue pero impenetrable. En aquella caída sosegada no había cielo ni tierra, sólo nieve que giraba al viento, congelando los cristales  de las ventanas, enfriando los cuartos, mitigando, amortiguando la ciudad. Había que tener una luz encendida a todas horas. Mrs. Miller perdió la cuenta de los días: imposible distinguir el viernes del sábado; el domingo fue al colmado: cerrado, por supuesto. Esa noche hizo huevos revueltos y un tazón de sopa de tomate. Luego, tras ponerse una bata de franela y desmaquillarse la cara, se acostó y se calentó con una bolsa de agua caliente bajo los pies. Leía el Times cuando sonó el timbre. Seguramente se trataba de un error; quienquiera que fuese enseguida se iría. Pero el timbre sonó y sonó hasta convertirse en un zumbido insistente. Miró el reloj: poco más de las once. No era posible; siempre se dormía a las diez. Le costó trabajo salir de la cama; atravesó la sala con premura, descalza. —Ya voy, ¡paciencia! El cerrojo se había trabado, trató de moverlo a uno y otro lado, el timbre no paraba. —¡Basta! —gritó. El pasador cedió. Abrió la puerta unos centímetros. —Por el amor de Dios, ¿qué...? —Hola —dijo Miriam. —Oh..., vaya, hola. —Mrs. Miller dio unos pasos inseguros en el recibidor—. Si eres aquella niña. —Pensé que no iba a abrir nunca, pero no he soltado el botón. Sabía que estaba en casa. ¿No se alegra de verme? No supo qué decir. Vio que Miriam llevaba el mismo abrigo de terciopelo ciruela y una boina del mismo color. Su cabello blanco había sido peinado en dos trenzas brillantes con enormes moños blancos en las puntas. —Ya que me he esperado tanto, al menos déjeme entrar —dijo. —Es tardísimo... Miriam la miró inexpresivamente: —¿Y eso qué importa? Déjeme entrar. Hace frío aquí fuera y llevo un vestido de seda. — Con un gracioso ademán hizo a un lado a Mrs. Miller y entró en el apartamento. Dejó su abrigo y su boina en una silla. Era verdad que llevaba un vestido de seda. De seda blanca. Seda blanca en febrero. Mangas largas y una falda hermosamente plisada que producía un susurro mientras ella se paseaba por la habitación.   —Me gusta este sitio —dijo—, me gusta la alfombra, mi color favorito es el azul. —Tocó una rosa de papel en el florero de la mesa de centro—: Imitación —comentó con voz lánguida—, qué triste. ¿Verdad que son tristes las imitaciones? —Se sentó en el sofá, extendiendo su falda con delicadeza. —¿Qué quieres? —preguntó Mrs. Miller. —Siéntese —dijo Miriam—, me pone nerviosa ver a la gente de pie. Se dejó caer en un taburete. —¿Qué quieres? —repitió. —¿Sabe?, creo que no se alegra de verme. Por segunda vez carecía de respuesta; su mano se movió en un vago ademán. Miriam rió y se arrellanó sobre una pila de cojines lustrosos. Mrs. Miller advirtió que la niña no era tan pálida como recordaba; sus mejillas estaban encendidas. —¿Cómo has sabido dónde vivía? Miriam frunció el entrecejo. —Eso es lo de menos. ¿Cuál es su nombre?, ¿cuál es el mío? —Pero si no estoy en la guía telefónica. —Ah. ¿No podemos hablar de otra cosa? —Tu madre debe de estar loca para dejar que una niña como tú vaya por ahí a cualquier hora de la noche, y con esa ropa tan ridícula. Le debe faltar un tornillo. Miriam se levantó y fue a un rincón donde colgaba de una cadena una jaula encapuchada. Atisbo bajo la cubierta. —Es un canario —dijo—. ¿Puedo despertarlo? Me gustaría oírlo cantar. —Deja en paz a Tommy —contestó ansiosa—. No te atrevas a despertarlo. —De acuerdo —dijo Miriam—, aunque no veo por qué no puedo oírlo cantar. —Y luego—: ¿Tiene algo de comer? ¡Me muero de hambre! Aunque sólo sea pan con mermelada y un vaso de leche. —Mira —Mrs. Miller se levantó del taburete—, mira, si te hago un buen bocadillo, ¿te portarás bien y te irás corriendo a casa? Seguro que es más de medianoche. —Está nevando —le echó en cara Miriam—. Hace frío y está oscuro. Mrs. Miller trató de controlar su voz: —No puedo cambiar el clima. Si te preparo algo de comer, prométeme que te irás.   Miriam se frotó una trenza contra la mejilla. Sus ojos estaban pensativos, como si sopesaran la propuesta. Se volvió hacia la jaula. —Muy bien —dijo—. Lo prometo. ¿Cuántos años tiene? ¿Diez? ¿Once? En la cocina, Mrs. Miller abrió un frasco de mermelada de fresa y cortó cuatro rebanadas de pan. Sirvió un vaso de leche y se detuvo a encender un cigarrillo. ¿ Y por qué ha venido? Su mano tembló al sostener la cerilla, fascinada, hasta que se quemó el dedo. El canario cantaba. Cantaba como lo hacía por la mañana y a ninguna otra hora. —¿Miriam? —gritó—, Miriam, te he dicho que no molestes a Tommy. No hubo respuesta. Volvió a llamarla; sólo escuchó al canario. Inhaló el humo y descubrió que había encendido el filtro... Atención, tenía que dominarse. Entró la comida en una bandeja y la colocó en la mesa de centro. La jaula aún tenía puesta la capucha. Y Tommy cantaba. Tuvo una sensación extraña. No había nadie en el cuarto. Atravesó el gabinete que daba a su dormitorio; se detuvo en la puerta a tomar aliento. —¿Qué haces? —preguntó. Miriam la miró; sus ojos tenían un brillo inusual. Estaba de pie junto al buró, y tenía delante un joyero abierto. Examinó a Mrs. Miller unos segundos, hasta que sus miradas se encontraron, y sonrió. —Aquí no hay nada de valor —dijo—, pero me gusta esto. —Su mano sostenía un camafeo—. Es precioso. —¿Y si lo dejas en su sitio...? —De pronto sintió que necesitaba ayuda. Se apoyó en el marco de la puerta. La cabeza le pesaba de un modo insoportable; sentía la presión rítmica de sus latidos. La luz de la lámpara parecía a punto de desfallecer. —Por favor, niña..., es un regalo de mi marido... —Pero es hermoso y lo quiero yo —dijo Miriam—. Démelo. Se incorporó, esforzándose en formular una frase que de algún modo pusiera el broche a salvo; entonces se dio cuenta de algo en lo que no había reparado desde hacía mucho: no tenía a quien recurrir, estaba sola. Este hecho, simple y enfático, la aturdió completamente; sin embargo, en esa habitación de la silenciosa ciudad nevada había algo que no podía ignorar ni (lo supo con alarmante claridad) resistir.  Miriam comió vorazmente; cuando se terminó el pan con mermelada y la leche, sus dedos se movieron sobre el plato como telarañas en busca de migajas. El camafeo refulgía en su blusa, el rubio perfil parecía un falso reflejo de quien lo llevaba. —Estaba buenísimo —asintió—, ahora sólo faltaría un pastel de almendra o de cereza. Los dulces son deliciosos, ¿no cree? Mrs. Miller se mantenía en precario equilibrio sobre el taburete, fumando un cigarrillo. La red del pelo se le había ido ladeando y le asomaban mechones hirsutos. Tenía los ojos estúpidamente concentrados en nada; las mejillas con manchas rojas, como si una violenta bofetada le hubiera dejado marcas perdurables. —¿No hay dulce, un pastel? Mrs. Miller sacudió el cigarrillo; la ceniza cayó en la alfombra. Ladeó la cabeza levemente, tratando de enfocar sus ojos. —Has prometido que te irías si te daba de comer —dijo. —¿En serio? ¿Eso he dicho? —Fue una promesa, estoy cansada y no me encuentro nada bien. —No se altere —dijo Miriam—. Es broma. Cogió su abrigo, lo dobló sobre su brazo y se colocó la boina frente al espejo. Finalmente se inclinó muy cerca de Mrs. Miller y murmuró: —Déme un beso de buenas noches. —Por favor..., prefiero no hacerlo. Miriam alzó un hombro y arqueó un ceja: —Como guste. —Fue directamente a la mesa de centro, tomó el florero que tenía unas rosas de papel, lo llevó a donde la dura superficie del piso yacía al descubierto y lo dejó caer. Ella pisoteó el ramo después que el cristal reventara en todas direcciones. Luego, muy despacio, se dirigió a la puerta. Antes de cerrarla se volvió hacia Mrs. Miller con una mirada llena de curiosidad y estudiada inocencia. Mrs. Miller pasó el día siguiente en cama. Se levantó una vez para dar de comer al canario y tomar una taza de té. Se tomó la temperatura: aunque no tenía fiebre, sus sueños respondían a una agitación febril, a una sensación de desequilibrio, presente incluso cuando miraba el techo con los ojos muy abiertos. Un sueño se colaba entre los otros como el esquivo y misterioso tema de una compleja sinfonía; le traía escenas de precisa nitidez que parecían trazadas por una mano de intensidad virtuosa: una niña pequeña, vestida de novia y ataviada con una guirnalda, encabezaba una procesión, una hilera gris que descendía por una montaña;   había un silencio inusual hasta que una mujer preguntaba desde atrás: «¿Adonde nos lleva?» «Nadie lo sabe», respondía un viejo que caminaba delante. «Pero ¿verdad que es hermosa?», intervenía un tercero. «¿Acaso no es como una flor congelada..., tan blanca y deslumbrante?» El martes por la mañana ya se encontraba mejor. El sol se colaba por las persianas en haces incisivos, arrojando una luz que desbarataba sus nocivas fantasías. Abrió la ventana y descubrió un día de deshielo, templado como en primavera; una hilera de nubes limpias, nuevas, se arrugaba contra el inmenso azul de un cielo fuera de temporada, y más allá de la línea de azoteas podía ver el río, el humo de las chimeneas de los remolcadores que se curvaba en un viento tibio. Un enorme camión plateado cepillaba la nieve amontonada en la calle; el aire propagaba el ronroneo del motor. Después de arreglar el apartamento fue al colmado, hizo efectivo un cheque y siguió hacia Schrafft's, donde desayunó y conversó alegremente con la camarera. Ah, era un día maravilloso —casi como un día festivo—, hubiera sido una tontería regresar a casa. Tomó un autobús que iba por la Avenida Lexington hasta la calle Ochenta y seis. Había decidido ir de compras. No tenía idea de lo que quería o necesitaba; caminó sin rumbo fijo, atenta sólo a la gente que pasaba; se fijó en que iban con prisa y tensos, hasta que se sumió en una incómoda sensación de aislamiento. Aguardaba en la esquina de la Tercera Avenida cuando le vio. Era viejo, patizambo, iba agobiado por una carga de paquetes a reventar. Llevaba un desleído abrigo color café y una gorra de cuadros. De repente se dio cuenta de que intercambiaban una sonrisa: nada amistoso, sólo dos fríos destellos de reconocimiento. Sin embargo, estaba segura de no haberlo visto antes. El hombre estaba junto a una columna del tren elevado. Cuando atravesó la calle, él se volvió y la siguió. Se le acercó bastante; de reojo, ella veía su reflejo vacilante en los escaparates. Luego, a mitad de una manzana, se detuvo y lo encaró. También él se detuvo, irguió la cabeza, sonriendo. ¿Qué podía decirle? ¿Qué podía hacer allí, a plena luz del día, en la calle Ochenta y seis? Era inútil; aceleró el paso, despreciando su propia identidad. La Segunda Avenida se ha vuelto una calle deprimente, hecha de restos y sobras, parte asfalto, parte adoquines, parte cemento; su atmósfera de abandono es permanente. Caminó cinco manzanas sin encontrar a nadie, seguida por el incesante crujido de las pisadas en la nieve. Cuando llegó a una floristería el sonido seguía a su lado. Se apresuró a entrar. Le miró a  través de la puerta de cristal: el hombre siguió de largo, sin aminorar el paso, la mirada fija hacia el frente, pero hizo algo extraño y revelador: se alzó la gorra. —¿Seis de las blancas, dice? —preguntó la florista. —Sí —dijo ella—, rosas blancas. De ahí fue a una cristalería y escogió un florero, presunto sustituto del que había roto Miriam, aunque el precio era desmedido y el florero mismo (pensó) de una vulgaridad grotesca. Sin embargo, había iniciado una serie de adquisiciones inexplicables, como quien obedece a un plan trazado de antemano, del que no tiene el menor conocimiento ni control. Compró una bolsa de cerezas escarchadas, y en una confitería llamada Knickerbocker se gastó cuarenta centavos en seis pastelillos de almendra. En la última hora había vuelto a hacer frío; las nubes ensombrecían el sol como lentes borrosas y el cielo se teñía con la osamenta de una penumbra anticipada; una bruma húmeda se mezcló con la brisa; las voces de los últimos niños que corrían sobre la nieve sucia amontonada en la calle sonaban solitarias y desanimadas. Pronto cayó el primer copo. Cuando Mrs. Miller llegó al edificio de piedra, la nieve caía como una cortina y las huellas de las pisadas se desvanecían nada más impresas. Las rosas blancas quedaron muy decorativas en el florero. Las cerezas escarchadas brillaban en un plato de cerámica. Los pastelillos de almendra, espolvoreados de azúcar, aguardaban una mano. El canario aleteaba en su columpio y picoteaba una barra de alpiste. A las cinco en punto sonó el timbre. Sabía quién era. Recorrió el apartamento arrastrando el dobladillo de su bata. —¿Eres tú? —preguntó. —Claro. —La palabra resonó aguda desde el vestíbulo—. Abra la puerta. —Vete —dijo Mrs. Miller. —Dése prisa, por favor..., que traigo un paquete pesado. —Vete. Regresó a la salita, encendió un cigarrillo, se sentó y escuchó el timbre con toda calma: una y otra y otra vez. —Más vale que te vayas, no tengo la menor intención de dejarte entrar. Al poco rato el timbre dejó de sonar. Mrs. Miller permaneció inmóvil unos diez minutos. Luego, al no oír sonido alguno, pensó que Miriam se habría ido. Caminó de puntillas; abrió un T r u m a n  poquito la puerta. Miriam estaba apoyada en una caja de cartón, acunando una bonita muñeca francesa entre sus brazos. —Creí que ya no vendría —dijo de mal humor—. Tome, ayúdeme a meter esto, pesa muchísimo. Más que a una fascinación sucumbió a una curiosa pasividad. Entró la caja y Miriam la muñeca. Miriam se arrellanó en el sofá; no se molestó en quitarse el abrigo ni la boina; miró distraídamente a Mrs. Miller, quien dejó caer la caja y se detuvo, vacilante, tratando de recuperar el aliento. —Gracias —dijo Miriam. A la luz del día parecía agotada y afligida; su pelo, menos luminoso. La muñeca a la que hacía mimos tenía una exquisita peluca empolvada, sus estúpidos ojos de cristal buscaban consuelo en los de Miriam—. Tengo una sorpresa — continuó—. Busque en la caja. Mrs. Miller se arrodilló, destapó el paquete y sacó otra muñeca, luego un vestido azul, seguramente el que Miriam llevaba aquella primera noche en el cine; sobre el resto dijo: —Sólo hay ropa, ¿por qué? —Porque he venido a vivir con usted —dijo Miriam, doblando el rabillo de una cereza—. ¡Qué amable, me ha comprado cerezas! —¡Eso no puede ser! Vete, por el amor de Dios, ¡vete y déjame en paz! —¿... y las rosas y los pastelillos de almendra? ¡Qué generosa, de verdad! ¿Sabe? Las cerezas están deliciosas. El último lugar donde viví era la casa de un viejo tremendamente pobre; jamás teníamos cosas buenas de comer. Creo que aquí seré feliz. —Hizo una pausa para estrechar a su muñeca—. Bueno, dígame dónde puedo poner mis cosas... La cara de Mrs. Miller se disolvió en una máscara de arrugas rojizas; empezó a llorar: un llanto artificial, sin lágrimas, como si, no habiendo llorado en mucho tiempo, hubiera olvidado cómo se hacía. Retrocedió cautelosamente. Siguiendo el contorno de la pared hasta sentir la puerta. Atravesó el vestíbulo y corrió escaleras abajo hasta un descansillo. Golpeó frenéticamente la puerta del primer apartamento a su alcance. Le abrió un pelirrojo de baja estatura. Entró haciéndolo a un lado. —Oiga, ¿qué coño es esto? —¿Pasa algo, amor? —Una mujer joven salió de la cocina, secándose las manos. Mrs. Miller se dirigió a ella:   —Escúchenme —gritó—, me avergüenza comportarme de este modo, pero..., bueno, soy Mrs. Miller y vivo arriba y... —Se cubrió la cara con las manos—. Resulta tan absurdo... La mujer la condujo a una silla mientras el hombre, nervioso, revolvía las monedas en su bolsillo. —¿Y bien? —Vivo arriba. Una niña ha venido a verme, creo que le tengo miedo. No quiere irse y yo no puedo..., va a hacer algo horrible. Ya me ha robado un camafeo, pero está a punto de hacer algo peor, ¡algo horrible! —¿Es pariente suya? —preguntó el hombre. Mrs. Miller negó con la cabeza: —No sé quién es. Se llama Miriam, pero en realidad no la conozco. —Tiene que calmarse, guapa —le dijo la mujer, dándole golpecitos en el brazo—. Harry se encargará de la niña. Date prisa, amor. Ella dijo: —La puerta está abierta: es el 5 A. El hombre salió, la mujer trajo una toalla y le humedeció la cara. —Es usted muy amable —dijo—. Lamento comportarme como una tonta, pero esa niña perversa... —Claro, guapa —la consoló la mujer—. Más vale tomárselo con calma. Mrs. Miller apoyó la cabeza en la curva de su brazo; estaba tan quieta que parecía dormida. La mujer puso la radio: un piano y una voz rasposa llenaron el silencio. La mujer zapateó con excelente ritmo: —Tal vez deberíamos subir nosotras también —dijo. —No quiero volver a verla. No quiero ir a ningún sitio del que ella pueda estar cerca. —Vamos, vamos, ¿sabe qué debería haber hecho? Llamar a la policía. Precisamente entonces oyeron al hombre en las escaleras. Entró a zancadas, rascándose la nuca con el ceño fruncido. —Ahí no hay nadie —dijo, sinceramente embarazado—. Debe haberse largado. —Eres un imbécil, Harry —exclamó la mujer—. Hemos estado aquí todo el tiempo y habríamos visto... —Se detuvo de golpe; la mirada del hombre era penetrante. —He buscado por todas partes —dijo—, y la verdad es que no hay nadie. Nadie. ¿Entendido?  —Dígame —Mrs. Miller se incorporó—, dígame, ¿ha visto una caja grande?, ¿o una muñeca? —No. No, señora. La mujer, como si pronunciara un veredicto, dijo: —Bueno, para haber pegado ese alarido... Mrs. Miller entró despacito en su apartamento y se detuvo en medio de la salita. No, en cierto modo no había cambiado: las rosas, los pastelillos y las cerezas estaban en su sitio. Pero era una habitación vacía, más vacía que un espacio sin muebles ni familiares, inerte e inanimado como un salón fúnebre. El sofá emergía frente a ella con una extrañeza nueva: su vacuidad tenía un significado que hubiera sido menos agudo y terrible de haber estado Miriam allí hecha un ovillo. Fijó la mirada en el lugar donde recordaba haber dejado la caja. Por un momento, el taburete giró angustiosamente. Se asomó a la ventana; no había duda: el río era real, la nieve caía. Pero a fin de cuentas uno nunca podía ser testigo infalible: Miriam, allí de un modo tan vivo, y, sin embargo, ¿dónde estaba? ¿Dónde, dónde? Como en sueños, se hundió en una silla. El cuarto perdía sus contornos; estaba oscuro y no había manera de impedir que se hiciera más oscuro; no podía alzar la mano para encender una lámpara. Cerró los ojos y sintió un impulso ascendente, como un buzo que emergiera de profundidades más oscuras, más verdes. En momentos de terror o de enorme tensión sobrevienen instantes de espera; la mente aguarda una revelación mientras la calma teje su madeja sobre el pensamiento; es como un sueño, o como un trance sobrenatural, un remanso en el que se atiende a la fuerza del razonamiento tranquilo: bueno, ¿y qué si no había conocido nunca a una niña llamada Miriam? ¿Se había asustado como una estúpida en la calle? A fin de cuentas, igual que todo lo demás, eso tampoco importaba. Miriam la había despojado de su identidad, pero ahora recobraba a la persona que vivía en ese cuarto, que se hacía su propia comida, que tenía un canario, alguien en quien creer y confiar: Mrs. H. T. Miller. En medio de esa sensación de contento, se percató de un doble sonido: el cajón del buró que se abría y se cerraba. Le parecía estar escuchándolo con mucho retraso: abrirse, cerrarse. Luego, a este ruido áspero le siguió un susurro tenue, delicado; el vestido de seda se aproximaba más y más, se volvía tan intenso que hasta las paredes vibraban. El cuarto cedía bajo una ola de murmullos. Mrs. Miller se puso rígida, y abrió los ojos ante una mirada hueca y fija: —Hola —dijo Miriam.   




[Traducción de Juan Villoro]









Saturday, April 22, 2017

Elia Casillas: and we are all innocent


I gave you on matte paper the spirit of this race without seeing, although the evidence covers the eyes walking on the seas and without dramamine vomiting the dress of the aurora. To be dreary, to be mine, to be: where the verbs burn and we are all innocent.

Navojoa, Sonora. Nov./16/2016




Elia Casillas y sus minificciones: Javier Neri

 Una de mis primeras impresiones cuando inicié la lectura de LA (PESCA ) DA fue afirmar: las minificciones ya no son lo que antes eran. Más tarde, cuando recobré la razón creí que había sido un sueño, como el dinosaurio de Monterroso y sí, LA (PESCA) DA continuaba sumergida entre más de mil trescientos documentos en el subdirectorio de descargas de mi vieja Mac. Volví sobre los textos y ahora me hablaron, dijeron tantas cosas que ahora revelaré.
En principio, me pregunté si es correcto llamar minificciones a los escritos contenidos en el archivo enviado por Elia. Porque al revisarlo, encontré relatos pequeños, reducidos de tamaño, unas miniaturas que por su brevedad bien merecen una mención igual que otros por su extensión. Pero están ahí, yo los vi, los leí y me sumergí para nadar entre ellos y saber si algo pescaba. Me pregunté a mi mismo: mi mismo —me dije—, ¿Cuál es la extensión que deben cumplir para ser llamados así, minificciones? De pronto me di cuenta: ¿Cuándo se definió este género literario? ¿Género? ¿Tienen género estos escritos miniaturizados? Bueno, título tienen, extensión reducida, también… ¿Cuál es la extensión que deben tener? ¿Cuáles sus características? ¿Son un género nuevo? Si son nuevos ¿Quién los creó? ¿Cuándo aparecieron los primeros cuentos pequeños? ¿En dónde surgieron los primeros? Fíjense que he usado la palabra pequeños porque el tío Juez dice que es la palabra correcta en lugar de chiquito, que se escucha muy feo por sus connotaciones coprológicas y sicalípticas.
Entonces ¿Qué son? Surgieron ante mí un número impreciso de preguntas todas de difícil respuesta. Como el cuerpo central de mi investigación en la universidad tiene que ver con el manejo de la materia a nivel atómico, por un momento creí que me encontraba bajo una moderna manera de tratar a los cuerpos sólidos. Pero ¿Qué cosas digo? Esto no es ciencia aplicada, no es investigación básica, es peor que eso, es… literatura, son ficciones que recorren nuestra mente y escapan a ella antes de haberlos saboreado. Apenas se termina con uno y el lector, ensimismado como está, persigue las formas e imágenes creadas en su cerebro y con un movimiento del dedo índice de su mano derecha avanza hacia la siguiente ficción cuando aún revolotea en su mente, la anterior.
Acudí pues, en busca de mi amigo. Él sí es escritor. Hicimos cita para nuestra cantina favorita. Sus respuestas me dejaron más confundido. Dio tantos nombres como no tienen ustedes idea: arte preciso, arte conciso, arte breve, brevicuento, casi cuento, cuentín, cuasicuento, cuento breve, cuento brevísimo, cuento corto, cuento cortísimo, cuento diminuto, cuento en miniatura, cuento escuálido, cuento instantáneo, cuento más corto, cuento rápido, fábula, ficción de un minuto, ficción rápida, ficción súbita, hiperbreve, historias mínimas, microcuento, microficción, micro relato, microtexto, minicuento, minificción, minitexto, nanocuento, relato corto, relato mínimo, minirrelato, relato microscópico, rompenormas, texto breve, texto brevísimo, texto ultrabrevísimo, cuento ultracorto, textículo, varia invención para aplicarlo al caso de los cuentos de Juan José Arreola y los conocidísimos poemínimos del inolvidable Efraín Huerta, quien si bien no caben aquí porque son poemas, fue el creador de esos pequeños dardos, saetas populares publicadas cuando el inolvidable Cocodrilo vivía su época más prolífica. En fin —agregó mi cuate—, existen más nombres que ejemplos de minicuentos.
Pedimos clamatos para ambos, bajos en vodka pero con elevado contenido de clamato por aquello de que el tomate es re-bueno pa’los calambres. Después de ponernos al corriente sobre nuestras dolencias, pastillas y píldoras para tomar el día entero, nuestras mujeres, nuestras aventuras aunque en nuestro caso se trata de recordar viejas hazañas de hace treinta o más años. Reconocemos que el tiempo ya está sobre nuestras espaldas y sin esperar, pregunta: ¿Cómo vas con los textos de tu amiga? Me resisto a contestar pero contraataca de nuevo: existe un consenso generalizado para afirmar el origen de los así – llamados – minicuentos. Violeta Rojo ubica su nacimiento en América Latina. ¡Vaya! Digo para mis adentros.2 ¡Al fin conozco algo que es endémico, de esta América dolida y sangrada por el imperialismo despiadado! Escucho la explicación de mi amigo escritor. La Rojo afirma que los precursores de estas narraciones reducidas fueron Julio Torri junto a Juan José Arreola en México, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Augusto Monterroso en América del Sur, sí, aquel que su familia separó del amor de su vida tan solo porque él frisaba los sesenta y tantos años y ella, tan solo diez y seis apenas cumplidos. Ellos desarrollaron e hicieron aportaciones sustanciales a este nuevo género. Se ignora si es un género específico pues los teóricos consideran que es uno sin demasiada importancia. Tal vez se explica porque quienes lo afirman, son escritores de novelas y de esas enormes, de lomos gordos, pesados libros llenos de vericuetos y con sinnúmero de metáforas.
Sin embargo, debes entender que en tanto género, el minicuento se resiste a aceptar absolutos, aunque su extensión es variable dentro de su reducida anchura, su expresión como género es compleja y ambigua, elusiva y sus características no son escasas aunque tampoco demasiadas pues están o son, en función de quien elabore un recuento de ellas. Tal vez por eso, los académicos tan apegados a los ordenamientos y clasificaciones terminan en afirmaciones de escasa seriedad e incompletas pero de casi nula veracidad. En ocasiones no son un género bien definido y eso los obliga a permanecer en el margen, aislados de todo contacto con los iluminados. En otras palabras, su extrema dilatación los hace parecer muy cortos como para ser importantes.
Su origen es tan antiguo como la Humanidad misma. Existen, por ejemplo, las Misceláneas griegas y romanas, relatos pequeños. Se conoce el género Zuihitzu de Japón, textos breves y con los ingleses se tienen los Hodgepodge, relatos breves. También se cuentan los Gemeinplätze, alemanes, los Lieoux Communs franceses y los Zilbaldone, de Italia. En fin, en todas las latitudes del mundo se encuentran ejemplos de estas pequeñas joyas de la literatura.
Mi amigo el escritor calló. Asió la tasa del espumeante capuchino y se quedó con la vista clavada en alguna alegoría que tal vez se quedó prisionera en su mente. Yo quedé confundido. Nunca hubiera imaginado la cantidad de ideas en torno a los minicuentos o minificciones, como ustedes quieran llamarlas. Elia nos ha traído una buena opción para deleitar nuestra lectura con una más de sus contribuciones a la consolidación de la cultura en el Noroeste del país, este país tan golpeado por los políticos que sólo saben de nepotismos y corruptelas y eliminan todos los apoyos para la difusión de la cultura.
Tomé nota de los más variados nombres para estos relatos. Intenté aplicarlos a los textos de Elia y encontré características interesantes. Sin ponerles nombre aun, deduje que son una forma literaria breve, muy breve, son una narración que conllevan siempre, un carácter ficcional. Existen teóricos de la literatura que consideran materia de análisis y estudio al género literario de las minificciones. Aseguran que su extensión no debe sobrepasar de una página, es decir; no más allá de unos mil 500 caracteres. Los de Elia sobrepasan con mucho esas características. Lean por ejemplo, (Ah) divina: en doce, con doce palabras Elia resume toda una vida de los protagonistas. ¿Alguien duda de la economía de las palabras? Pero no es el único ejemplo: en el minirrelato La negra (en) viuda Elia sorprende con otro ejemplo de cómo ahorrar palabras: con tal solo ocho palabras nos muestra cómo la protagonista, al enviudar, ha dejado tras de sí, una estela de nueve, nueve esposos que gozan de cabal salud en su sacras sepulturas. Ocho palabras dejan en la mente del lector imágenes imposibles de olvidar. ¿Cómo habrá sido la muerte de los esposos de la negra viuda? ¿Por qué los mataría? ¿Qué mal hicieron a la negra para morir? ¿Los mató ella o contrató los servicios de un sicarios, de los que hay miles por ahí, con sus motos automáticas y sus armas pavonadas, bien aceitadas y con calibres insospechados? ¿Dónde están sepultados? ¿Quién pregunta por esos maridos y por qué? ¿Por qué la negra ni se inmuta cuando preguntan? Y lo que es peor: parece que ya esperaba una pregunta similar por la mueca casi sonora que expide: “Mmmm…”
Se encuentran aspectos que distinguen al libro de Elia. En un objeto de 13.5 centímetros por 21.5 centímetros se obtiene una proporción de 1.592559255925 en otras palabras, está muy cercano a la Proporción Áurea. El primer nanorrelato pesa alrededor de 0.14664548 por ciento del total de palabras usadas por Elia en el trabajo que ahora nos entrega. Cada vez que abría
una sesión en el CaraLibro, encontraba lamentos de Elia por todos lados: Ayyy de mi, no terminaré a tiempo mi libro… Ayyy… Ayyy… ¿Quién pudiera ayudarme para terminar a tiempo? ¡No terminaré mi libro! Siempre creí que eran lamentos al aire, sin razón y que solo lanzaba plegarias para atraer la inspiración o para encontrar la misericordia entre sus contactos para decirle: Elia, trabajas demasiado, descansa un poco, tómate tiempo para ti, el libro puede esperar… y de nuevo arremetería con más ímpetu para lograr su objetivo: traer a este paraíso un conjunto homogéneo de ficciones aquí presentes.
El segundo microrrelato pesa 0.00097764 por ciento de las 8,183 palabras usadas por Elia. ¿Alguien duda del ahorro de palabras? Uno se pregunta; ¿Cómo es posible hacer ese trabajo monumental? ¿Se trata de inspiración o de algo más? ¿Los alienígenas abdujeron alguna vez a Elia, le implantaron un chip para que escribiera estos texticulitos y por medio de sus lecturas esos viajeros ancestrales lleguen hasta nuestros cerebros y escudriñen nuestros pensamientos? Porque en sus cuentos breves existen referencias a estos seres, incluso la protagonista de uno de ellos afirma haber visto un objeto volador no identificado allá por los cerros que rodean a Mazatlán. O como el ángel que cayó en una cocina y rompió todos los platos en la alacena. El desmadre fue provocado por un ángel que cayó desde algún lugar en el cielo y la protagonista se pregunta ¿Quién pagará los platos rotos? Yo no lo digo, Elia dixit. ¿Quién puede asegurar que no fue ángel y sí, un ser de otro planeta. Y de ellos, hay otros ejemplos que Elia no deja de lado. Son muchas las interrogantes en mi mente, como han de comprender. Este libro de cuentos mínimos me vinieron a romper mi rutina. No, no me quejo. Para nada. Me dieron la oportunidad para conocer no solo la disposición de nuestra autora por entregarnos un ramillete de florilegios únicos, excepcionales pero sobre todo, repletos de elegancia en la escritura porque en tan reducido espacio deben usarse las palabras concisas, concretas, hechiceras, que conquistan no solo el buen gusto del lector pero también deben degustarse con sabor y si son acompañadas de un tinto maduro y afrutado, mejor pero más mejor, como dicen en mi pueblo, con una cerveza helada, como nalga de cadáver para exorcizar este endemoniado calor.
Esa elegancia escritural se acompaña de una hibridez pura y señera, un proteísmo portentoso y destructor de todo género, una aplicación amplia de la intertextualidad, en donde el autor da por entendidas muchas cosas y el lector conoce los antecedentes, aunque ignora el camino trazado por la narración. Ese es el carácter verdadero de la obra de Elia Casillas: utiliza la palabra justa, la que vierte veneno medida con termómetro, pesada con balanza de precisión, la palabra que disfruta con el uso de la parodia, palabras mordaces repletas de ironía, ironía capturada por Elia quién sabe dónde y cuándo pero que nació en algunos de los lugares y fechas colocadas al final de cada cuento breve, en algunas de las ciudades mencionadas. Son relatos microscópicos donde la elipsis se regodea y deja al lector perplejo y peor si es como yo: para entender el significado preciso de las palabras casillescas, tengo que releer y volver a leer una y otra vez la misma ficción y en ocasiones es hasta por la noche cuando me cae el veinte y doy con la intención de nuestra autora y una voz en miniatura como sus cuentos, me dice al oído, como diría un clásico: lo que la Casillas quiso decir…
Por cierto, traigo mi personal propuesta: a los textos de Elia Casillas y al género mismo propongo nombrarlos cuentos jején, como humilde homenaje a estos diminutos diablillos que nos atacan con puntualidad cada año durante las últimas veinticinco ediciones del festival. Dos últimos comentarios: si alguno ha tenido dificultades para expresar sus emociones, pensamientos, injurias, dolencias o cualquier otro comentario en Twitter, puede leer su libro. Twitter permite 140 caracteres, Elia menos.
Por otro lado, Elia nunca ha condescendido. Tal vez por eso tampoco ha descendido, más bien ha ascendido a otras cumbres diferentes, ha escalado por tanto, el Parnaso. Junto con esta observación bien puede usarse su propia metáfora: cuando un ser sobrenatural le dice que se le terminaron las alas, Elia pide plumas, plumas fuente, plumas de tinta negra, de tinta azul, de las que sean pero que sean plumas. Porque Elia supo desde el principio que deseaba ser escritora, escribir en las paredes, sobre piedras, en el camino rumbo a casa cuando salía de la escuela, pero escribir y siempre lírica pero en libertad, lo que le dicte su libre albedrío que para eso ella es Elia, solo Elia, nuestra Elia Casillas, la diva de Navachiste, que de diva nada tiene pues ha adaptado su conducta a los avatares desarrollados en esta región del municipio, del estado, del país, del continente, del mundo, del Universo.
¡Larga vida a Elia Casillas!
Bloomsplace, Morelos. Primavera 2017.








Ser: Elia Casillas