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Sunday, August 28, 2016

Elia Casillas: Barro infinito





Suelo de lamentaciones familiar, 
                                                        ya cabeceo en tu hacienda salvaje
         
                                                   amoroso vientre de turistas,
 alma retractada no soy  

Señora,  no requiere salvoconducto  

                                              la aventurera sin aval

  y antes de que me guardes
                                                                                                                 descubre

                                                                          la sangre erizada

                        su rostro humeante

                                                       atravesando este cuerpo.
Barro infinito

en el sueño

                   ido, mis manos huérfanas,

                                                             agradecidas,

                                       sin oxígeno,
  
                                                         humano soplo agonizante

 descanso al fin             Madre Tierra

me iré en un fogonazo

a mi excursión naciente.

Hazme naturaleza de tu corazón

cuando  el sol esté ausente    

 multicolor destino

en mi barrio sin ausencias, sin plaza,

ilumina

por los siglos de los siglos,

                                                          mis huesos tropicales

en el movimiento de su ombligo,

espíritu de barro.

                                               
                                                                               Madre de arena
                            cuando la luz nos dé

                                                                 las humildes sombras

regrésame los ojos

                              para verlo entre los muslos,

                                                                      felino               
                                                                                   humano        

                                                                                                  llameante

por vez última
                                          
                           ciñendo
                                              mi oscuridad
                                                                                                 f
                                                                                             r
                                                                                         í
                                                                                    a
                                    
en mis entrañas horizontales

quiero sus manos incendio
                                                 girándome

sin olvidar que reflejo

                                          en el azul de mi cadáver


la tierra húmeda de mi primera danza.




Friday, August 26, 2016

Arthur Rimbaud




LO IMPOSIBLE

 ¡Ah! esta vida de mi infancia, el gran camino de siempre* sobrenaturalmente sobrio, más desinteresado que el mejor de los pordioseros, orgulloso de no tener ni país, ní amigos, qué tontería era. ¡Y tan sólo ahora me doy cuenta! —Tuve razón de menospreciar estos buenos hombres que no perdían la ocasión de una caricia, parásitos de la higiene y de la salud de nuestras mujeres, hoy que ellas están tan poco de acuerdo con nosotros. He tenido razón en todos mis desdenes: puesto que me escapo. ¡Me escapo! Voy a explicarme. Todavía ayer, suspiraba: «¡Cielos!, ya somos bastante los condenados aquí abajo. Hace ya tanto tiempo que estoy con esta tropa que les conozco a todos. Nos reconocemos siempre; no nos gustamos. La caridad nos es desconocida. Pero somos educados, nuestras relaciones con el mundo son muy correctas». ¿Es sorprendente esto? ¡El mundo! ¡Los comerciantes, los ingenuos! —No estamos deshonrados— . Pero, Jos elegidos, ¿cómo nos recibirían? Entonces es que hay gente arisca y jovial, falsos elegidos, puesto que necesitamos audacia o humildad para encararnos con ellos. Son los únicos elegidos. No son aduladores. Habiéndome descubierto dos perras gordas de juicio —esto se pasa pronto— veo que mis desazones son debidas a no haberme dado cuenta lo bastante pronto de que estamos en Occidente. ¡Los marasmos occidentales! No es que crea en la luz alterada, la forma extenuada, el movimiento perdido... ¡Bueno! Lo que ocurre es que mi espíritu, absolutamente, quiere hacerse cargo de todos los crueles desarrollos que ha soportado el espíritu desde el fin de Oriente... ¡No quiere poco mi espíritu! ...Mis dos perras gordas de razón ya se han terminado. — El espíritu, es autoridad y quiere que yo pertenezca a Occidente. Sería necesario mandarle callar para poder terminar como yo quería. Mandé al diablo las palmas de los mártires, los relámpagos del arte, el orgullo de los inventores, el ardor de los pillos; volvía a Oriente y a la bondad primera y eterna. — Parece ser que se trata j . de un sueño de pereza grosera. No obstante no confiaba mucho en el placer de escapar a los sufrimientos modernos. No tomaba en consideración la sabiduría bastarda del Corán. — Pero ¿no existe un verdadero suplicio en que, según esta declaración de la ciencia, gracias al cristianismo, el hombre se engaña, se prueban las evidencias, se hincha de satisfacción al repetir las pruebas, y no vive de otra cosa? Tortura sutil, tonta; fuente de mis divagaciones espirituales. La naturaleza tal vez podría enfadarse. Prudhomme ha nacido con el Cristo. No será que cultivamos la niebla. Comemos la fiebre con nuestras legumbres acuosas. ¡Y la embriaguez! ¡Y el tabaco! ¡Y la ignorancia! ¡Y los desvelos! ,— Todo esto ¿no está bastante lejos del pensamiento y la sabiduría de Oriente, la patria primitiva? ¡Por qué en un mundo moderno se inventan tales venenos! La gente de Iglesia dirá: De acuerdo; pero vosotros queréis hablar del Edén. Nada para vosotros en la historia de los pueblos orientales. — ¡Es verdad! Es con el Edén que yo pensaba. ¿Qué significa, para mi sueño, esta pureza de las razas antiguas? Los filósofos: El mundo no tiene edad. La humanidad se desplaza, simplemente. Estáis en Occidente, pero libres de habitar en vuestro Oriente tan antiguo como os haga falta —y de habitarlo bien. No seáis un vencido. Filósofos, pertenecéis a vuestro Occidente. Espíritu mío, ponte en guardia. No hay partidos de salvación violenta. ¡Ejercítate! — La ciencia no va lo bastante de prisa para nosotros. —Pero me doy cuenta de que mi espíritu duerme. Si estuviese siempre bien despierto a partir de este momento, pronto llegaríamos a la verdad que tal vez nos envuelve con sus ángeles llorando... — Si hubiese estado despierto hasta este momento, yo no habría cedido a los instintos deletéreos, en una época inmemorial... — Si hubiese estado siempre bien despierto, navegaría en plena sabiduría, ¡Oh pureza, pureza! Es este minuto de alerta que me ha dado la visión de la pureza. — Por el espíritu se va hacía Dios. ¡Desgarrador infortunio!


 DESVARIOS II

Alquimia del verbo Sobre mí.

Historia de una de mis locuras. Desde hace mucho tiempo presumía de conocer todos los paisajes posibles y encontraba ridículas las celebridades de la pintura y de la poesía moderna. Me gustaban las pinturas idiotas, las portadas, los decorados, las telas de saltimbanquis, las muestras, las estampas populares, la literatura pasada de moda, el latín de iglesia, los libros eróticos sin ortografía, las novelas de nuestros abuelos, los cuentos de hadas, los pequeños libros para niños, las viejas óperas, los estribillos tontos, los ritmos ingenuos. Soñaba con cruzadas, viajes de descubrimientos de los que no existen crónicas, repúblicas sin historia, guerras de religión sofocadas, revoluciones de costumbres} desplazamientos de razas y de continentes: creía en todos los encantamientos. ¡Inventé el color de las vocales! A negra, E blanca, I roja, O azul, U verde. Regulé la forma y el movimiento de cada consonante y, con ritmos instintivos, presumí de inventar un verbo poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos. Me reservaba la traducción. Fue, de momento, un estudio. Escribí silencios, noches; anoté lo inexpresable. Fijé vértigos. 


Alejado de pájaros, rebaños y aldeanos,
en un brezal cualquiera, agachado bebía,
rodeado de tiernos boscajes de avellanos, 
en una tarde breve y tibia de neblina.

¿Qué podía beber en este joven Oise,
oscuro cielo, olmo sin voz, césped sin flor,
en verde calabaza y lejos de mi choza?
Algún licor de oro, ñoño que da sudor.

Yo poco he de servir de muestra de taberna.
Un temporal el cielo oscureció.
Más tarde
corrió el agua del bosque por las arenas finas
en los charcos el viento carámbanos echaba;

llorando veía el oro —y no pude beber.

En estío, a las cuatro de la mañana,
el sueño de amor perdura todavía,
y el perfume de la festiva tarde,
en los bosquecillos, evapora el día.

Pero a lo lejos, con inmensa prisa,
hacia el sol de las Hespérides,
se agitan en mangas de camisa,
los carpinteros.

En su desierto tranquilos están,
labrando el sutil artesonado,
bajo cuyo falso cielo reirán,
los ricos ciudadanos.

 ¡Ah! para estos obreros fascinantes,
súbditos de un rey de Babilonia, deja,
Venus, un poco tus amantes,
cuya alma es tu gloria.

¡Oh reina de los pastores!
Lleva a los obreros el agua de la vida,
para que sus fuerzas en paz demoren
mientras esperan el baño de mar del mediodía.

La antigualla poética tenía mucho que ver en mi alquimia del verbo. Me acostumbré a la simple alucinación: veía muy claramente una mezquita donde había una fábrica, un grupo de tamborileros formado por ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago, monstruos, misterios; un título de vodevil erigía espantajos frente a mí. Luego expliqué mis sofismas mágicos con la alucinación de las palabras. Acabé por creer sagrado el desorden de mí espíritu. Estaba ocioso, preso de una pesada fiebre: envidiaba la felicidad de los animales — ¡las orugas que representaban la inocencia del limbo, los topos, el sueño de la virginidad! Mi carácter se agriaba. Dije adiós al mundo en cierta clase de romances:

¡Si el tiempo viniera 
en que se quisiera!

Con mi paciencia
jamás he olvidado;
temores y penas
al cielo han marchado.

Y la sed malsana
apagó mis venas.

¡Si el tiempo viniera
en que se quisiera!

Tal es la pradera
al olvido dada
en auge y florida
de incienso y de grama.

Bordoneo hosco
de cien feas moscas.
¡Si el día volviera
en que se quisiera!

Me gustaba el desierto, los vergeles quemados, las tiendas antiguas, las bebidas tibias. Me arrastraba por las callejuelas malolientes y con los ojos cerrados me ofrecía al sol, dios del fuego. «General, si queda un viejo cañón sobre tus murallas ruinosas, bombardéanos con adobes de tierra seca. ¡A los cristales de los almacenes espléndidos! ¡A los salones! Haz que la ciudad trague su polvo. Oxida las gárgolas. Llena los gabinetes femeninos con polvo de rubíes ardiente...» ¡Oh el mosquito borracho, en el meador del albergue, enamorado de la borraja y al que un rayo diluye!

Hambre

Yo sólo siento cierto gusto
por la tierra y el pedrusco.
Mi desayuno de aire quiero
de roca, carbón y de hierro.

Mi hambre pace por la pradera
mi hambre vuela.
Atrae la ponzoña jaranera
de la correjuela.

Los guijarros que se rompen,
las viejas piedras de iglesia,
cantos de viejos diluvios
por la pradera sembrados.

Bajo las hojas el lobo gritaba
escupiendo las hermosas plumas
de las aves que comió en su cena.
Igual que él yo me consuma.

Las ensaladas, las frutas   
sólo esperan la cosecha
pero la araña del seto
sólo come violetas.

¡Que yo duerma! Y que yo hierva
en 1os altares de Salomón.
El caldo sobre el orín corre
y se aúna con el Cedrón.


En fin, oh felicidad, oh razón, separé del cielo el azur, que es negro, y viví, chispa de oro, de la luz natura. De alegría adoptaba una expresión bufonesca y desenvuelta en lo posible:

Encontré de nuevo,
¿qué?, la eternidad.
Del sol el sendero
va siguiendo el mar.
Alma centinela 
confesión murmura,
a la noche nula
y al día de fuego.
Humanos sufragios
hálitos comunes,
de los que te huyes
y vuelas, tal vez
Espera, no habría,
orietur, nulo.
Ciencia y paciencia
suplicio seguro.
Encontré de nuevo
¿qué?, la eternidad.
Del sol, el sendero
va siguiendo el mar.

  Me convertí en una ópera fabulosa: vi que todos los seres tienen una fatalidad de felicidad; la acción no es la vida, sino una manera de estropear alguna fuerza, un enervamiento. La moral es la debilidad del cerebro. Me parecía que, a cada ser, varias otras vidas le eran debidas. Ese caballero no sabe lo que se hace: es un ángel. Esta familia es una camada de perros. Ante varios hombres, hablaba en voz alta con un momento de una de sus otras vidas. — De ese modo he amado a un cerdo. Ninguno de los sofismas de la locura —la locura que se encierra— ha sido olvidado por mí: podría repetirlos todos, tengo el sistema. Mi salud se vio amenazada. Venía el terror. Caía en sueños de varios días y, una vez levantado, seguía con los sueños más tristes. Estaba maduro para la muerte, y por un camino de peligros, mi debilidad me conducía a los confines del mundo y de la Cimeria, patria de la sombra y de la tremolina. Tuve que viajar, dispersar los sortilegios acumulados -en mi cerebro. En el mar, al que amaba como si tuviese que lavarme alguna suciedad, veía levantarse la cruz consoladora. Había sido condenado por el arco iris. La felicidad era mi fatalidad, mí remordimiento, mi gusano: mi vida .sería siempre demasiado inmensa para ser consagrada a la fuerza y a la belleza. ¡La felicidad! Su diente, dulce para la muerte, me advertía al cantar el gallo —ad matutinum, el Christus venit— en las más sombrías ciudades.

¡Oh estaciones y oh castillos!
¿Hay alguna alma sin defectillos?

Igual que todos,quise ensayar
 la magia de la felicidad.    

Que ella viva, digo y apruebo
si el gallo galo canta de nuevo.

El nuevo anhelo ya no me embarga
pues de mi vida ella se encarga.

¡Es un encanto! tomó alma y cuerpo
y ha dispersado todo el esfuerzo.

¡Oh estaciones y oh castillos!
La de su fuga,  querrá la suerte
que sea la hora de mi muerte.

¡Oh estaciones y oh castillos!

Todo esto ya ha pasado. Ahora, sé saludar a la belleza.





Thursday, August 25, 2016

Wednesday, August 24, 2016

Miguel Hernández






Astros momificados y bravíos...

Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.

Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!

¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales

Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.


Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos...

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.



Pirotécnicos pórticos de azahares...

Pirotécnicos pórticos de azahares,
que glorificarán los ruy-señores
pronto con sus noctámbulos ardores,
conciertan los amargos limonares.

Entusiasman los aires de cantares
fervorosos y alados contramores,
y el giratorio mundo va a mayores
por arboledas, campos y lugares.

La sangre está llegando a su apogeo
en torno a las criaturas, como palma
de ansia y de garganta inagotable.

¡Oh, primavera verde de deseo,
qué martirio tu vista dulce y alma
para quien anda solo y miserable!


Ya se desembaraza y se desmembra...

Ya se desembaraza y se desmembra
el angélico lirio de la cumbre,
y al desembarazarse da un relumbre
que de un puro relámpago me siembra.

Es el tiempo del macho y de la hembra,
y una necesidad, no una costumbre,
besar, amar en medio de esta lumbre
que el destino decide de la siembra.

Toda la creación busca pareja:
se persiguen los picos y los huesos,
hacen la vida par todas las cosas.

En una soledad impar que aqueja,
yo entre esquilas sonantes como besos
y corderas atentas como esposas.
De "Imagen de tu huella" 1934


De "El rayo que no cesa" 1935
Como el toro he nacido para el luto...

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

 

Elegía a Ramón
                                                                (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
                                                                          ha muerto como el rayo, Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Fuera menos penado, si no fuera...
Fuera menos penado, si no fuera
nardo tu tez para mi vista, nardo,
cardo tu piel para mi tacto, cardo,
tuera tu voz para mi oído, tuera.

Tuera es tu voz para mi oído, tuera,
y ardo en tu voz y en tu alrededor ardo,
y tardo a arder lo que a ofrecerte tardo
miera, mi voz para la tuya, miera.

Zarza es tu mano si la tiento, zarza,
ola tu cuerpo si lo alcanzo, ola,
cerca una vez, pero un millar no cerca.

Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
sola como un suspiro y un ay, sola,
terca en su error y en su desgracia terca.

 Me tiraste un limón y tan amargo...
Me tiraste un limón, y tan amargo,
con una mano cálida y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura, sin embargo.
Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo.
Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,
se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.

 

Mi corazón no puede con la carga...
Mi corazón no puede con la carga
de su amorosa y lóbrega tormenta
y hasta mi lengua eleva la sangrienta
especie clamorosa que lo embarga.

Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
mi corazón ya es lengua larga y lenta...
¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
los dulces granos de la arena amarga.

Mi corazón no puede más de triste:
con el flotante espectro de un ahogado
vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.

Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
que de nostalgia tienes inclinado
medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo.

 

Por tu pie, la blancura más bailable...
Por tu pie, la blancura más bailable,
donde cesa en diez partes tu hermosura,
una paloma sube a tu cintura,
baja a la tierra un nardo interminable .
Con tu pie vas poniendo lo admirable
del nácar en ridícula estrechura,
y adonde va tu pie va la blancura,
perro sembrado de jazmín calzable.
A tu pie, tan espuma como playa,
arena y mar, me arrimo y desarrimo
y al redil de su planta entrar procuro.
Entro y dejo que el alma se me vaya
por la voz amorosa del racimo:
pisa mi corazón que ya es maduro.


¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria...
¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
del privilegio aquel, de aquel aquello
que era, almenadamente blanco y bello,
una almena de nata giratoria?
Recuerdo y no recuerdo aquella historia
de marfil expirado en un cabello,
donde aprendió a ceñir el cisne cuello
y a vocear la nieve transitoria.
Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.
Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.

 
 
Silencio de metal triste y sonoro...

Silencio de metal triste y sonoro,
espadas congregando con amores
en el final de huesos destructores
de la región volcánica del toro.

Una humedad de femenino oro
que olió puso en su sangre resplandores,
y refugió un bramido entre las flores
como un huracanado y vasto lloro.

De amorosas y cálidas cornadas
cubriendo está los trebolares tiernos
con el dolor de mil enamorados.

Bajo su piel las furias refugiadas
son en el nacimiento de sus cuernos
pensamientos de muerte edificados.

Te me mueres de casta y de sencilla...
Te me mueres de casta y de sencilla...
Estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, raptor intrépido de un beso,
yo te libé la flor de la mejilla.

Yo te libé la flor de la mejilla,
y desde aquella gloria, aquel suceso,
tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
se te cae deshojada y amarilla.

El fantasma del beso delincuente
el pómulo te tiene perseguido,
cada vez más patente, negro y grande.

Y sin dormir estás, celosamente,
vigilando mi boca ¡con qué cuido!
para que no se vicie y se desmande.


Tengo estos huesos hechos a las penas...
Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.


Tu corazón una naranja helada...

Tu corazón, una naranja helada
con un dentro sin luz de dulce miera
y una porosa vista de oro: un fuera
venturas prometiendo a la mirada.

Mi corazón, una febril granada
de agrupado rubor y abierta cera,
que sus tiernos collares te ofreciera
con una obstinación enamorada.

¡Ay, qué acometimiento de quebranto
ir a tu corazón y hallar un hielo
de irreductible y pavorosa nieve!

Por los alrededores de mi llanto
un pañuelo sediento va de vuelo
con la esperanza de que en él lo abreve.

  
 
Umbrío por la pena, casi bruno...

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena en mi paz y pena en mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

 

Una querencia tengo por tu acento...
Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.
De "El rayo que no cesa" 1935

 


De "Poemas últimos" 1939 1941
Desde que el alba quiso ser alba...
Desde que el alba quiso ser alba, toda eres
madre. Quiso la luna profundamente llena.
En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
y un removido abismo bajo una luz serena.

¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!
¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
y sintieron vivas bruscamente las cosas.

Eres más clara. Eres más tierna. Eres más suave.
Ardes y te consumes con más recogimiento.
El nuevo amor te inspira la levedad del ave
y ocupa los caminos pausados de tu aliento.

Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa
tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
y el ascua repentina que te agiganta el ojo.

Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.
Profundidad del mundo sobre el que te has quedado
sumiéndote y ahondándote mientras la luna mueve,
igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.

Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.

 
 
Muerte nupcial
El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana:
este lienzo de ahora sobre madera aún verde,
flota como la tierra, se sume en la besana
donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.

Pasar por unos ojos como por un desierto;
como por dos ciudades que ni un amor contienen.
Mirada que va y vuelve sin haber descubierto
el corazón a nadie, que todos la enarenen.

Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos.
Se descubrieron mudos entre las dos miradas.
Sentimos recorrernos un palomar de arrullos,
y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.

Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos
se veían, más lejos, más en uno fundidos.
El corazón se puso, y el mundo, más redondos.
Atravesaba el lecho la patria de los nidos.

Entonces, el anhelo creciente, la distancia
que va de hueso a hueso recorrida y unida,
al aspirar del todo la imperiosa fragancia;
proyectamos los cuerpos más allá de la vida.

Expiramos del todo. ¡Qué absoluto portento!
¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados,
desplegados los ojos hacia arriba un momento,
y al momento hacia abajo con los ojos plegados!

Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
consumada la vida como el sol, su mirada.
No es posible perdernos. Somos plena simiente.
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.
 
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío...
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.
¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.
No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.
Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.
Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.
Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es el día.

 
De "Cancionero y romancero de ausencias" 1941 1942
Antes del odio
Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me la bebo yo,
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y yo abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Espesura, mar, desierto,
sangre, monte rodador,
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.

Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme. No.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy, siénteme libre.
Sólo por amor.

Ascensión de la escoba

Coronada la escoba de laurel, mirto, rosa,
es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
Para librar del polvo sin vuelo cada cosa
bajó,  porque era palma y azul, desde la altura.

Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
azucena que barre sobre la misma fosa,
es cada vez más alta, más cálida, más pura.

¡Nunca! La escoba nunca será crucificada
porque la juventud propaga su esqueleto
que es una sola flauta, muda, pero sonora.

Es una sola lengua, sublime y acordada.
Y ante su aliento raudo se ausenta el polvo quieto,
y asciende una palmera, columna hacia la aurora.

 
Besarse, mujer...
Besarse, mujer,
al sol, es besarnos
e toda la vida.
Ascienden los labios
eléctricamente
vibrantes los rayos,
con todo el fulgor
de un sol entre cuatro.
Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte.
Descienden los labios
con toda la luna
pidiendo su ocaso,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.


El amor ascendía entre nosotros...
El amor ascendía entre nosotros
como la luna entre las dos palmeras
que nunca se abrazaron.
El íntimo rumor de los dos cuerpos
hacia el arrullo un oleaje trajo,
pero la ronca voz fue atenazada.
Fueron pétreos los labios.
El ansia de ceñir movió la carne,
esclareció los huesos inflamados,
pero los brazos al querer tenderse
murieron en los brazos.
Pasó el amor, la luna, entre nosotros
y devoró los cuerpos solitarios.
Y somos dos fantasmas que se buscan
y se encuentran lejanos.


En el fondo del hombre...
En el fondo del hombre
agua removida.

En el agua más clara
quiero ver la vida.

En el fondo del hombre
agua removida.

En el agua más clara
sombra sin salida.

En el fondo del hombre
agua removida.

Hijo de la luz y de la sombra...
( Hijo de la sombra )
Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.
El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.
Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
II
(Hijo de la luz)
Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.
Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.
La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.
La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.
El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.
Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.
¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.
Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.
Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.
III
(Hijo de la luz y la sombra)
Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.
Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.
Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.
Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían que grabada llevo allí tu figura.
Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.
Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.
Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva
donde asienten su alma, las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.
Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.
No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

La boca

Boca que arrastra mi boca,
boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches
un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros.

Canción que vuelve las alas
hacia arriba y hacia abajo.
Muerte reducida a besos,
a sed de morir despacio,
das a la grama sangrante
dos tremendos aletazos.

El labio de arriba el cielo
y la tierra el otro labio.
Beso que rueda en la sombra:
beso que viene rodando
desde el primer cementerio
hasta los últimos astros.

Astro que tiene tu boca
enmudecido y cerrado,
hasta que un roce celeste
hace que vibren sus párpados.
Beso que va a un porvenir
de muchachas y muchachos,
que no dejarán desiertos
ni las calles ni los campos.

¡Cuánta boca ya enterrada,
sin boca, desenterramos!

Bebo en tu boca por ellos
brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos
besos distantes y amargos.

Hundo en tu boca mi vida,
oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.

He de volver a besarte,
he de volver. Hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos enamorados.

Boca que desenterraste
el amanecer más claro
con tu lengua. Tres palabras,
tres fuegos has heredado:
vida, muerte, amor. Ahí quedan
escritos sobre tus labios.