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Saturday, November 18, 2017

Carta de Elena Garro a Octavio Paz



Carta de Elena Garro a Octavio Paz
(Tomado de un artículo de Guillermo Sheridan para "Letras Libres")
Diciembre 28 de 1989, París.
Señor Don Octavio Paz.
Estimado Octavio Paz:
Este año va a terminar. El que entra suma diecinueve y este número siempre trae sorpresas desagradables. De ahí que me apresure a molestarte. Hace ya tiempo que deseaba escribirte para pedirte perdón por todas las calamidades desdichas y sufrimientos que ocasioné en tu vida. Créeme que te pido perdón después de una larga, muy larga temporada de introspección, examen de conciencia y análisis de mi execrable conducta. Perdona, no puedo dejar de llorar. Sí, llorar a lágrima viva. ¿Cómo pude ser tan estúpida?, ¿tan frívola?, ¿tan inconsciente? Ahora, después de estos años terribles, no lo entiendo. ¡Y tú decías que yo era ¡muy inteligente! Y, yo, vanidosa me lo tomé en serio! Esto me martiriza. Pues veo que todo lo que me dijiste, (salvo lo de la inteligencia) era verdad.
No lloro por mí. Lloro porque el mal que hice ya no tiene remedio. Y ese mal ha caído sobre la Chata, que ninguna culpa tiene. Su vida ha sido más que triste. ¡Mucho más! Lo que sí te puedo asegurar es que siempre le he dicho: “No hagas esto o aquello, acuérdate de que tu padre no estaba de acuerdo y el tiempo ha demostrado que él tenía la razón”. Ella te quiere mucho, más de lo que te imaginas y también le tiene afecto y le hace mucha gracia tu mujer. Anoche estaba feliz, porque habló un ratito con ella y estuvo muy amable. He oído que a veces riñen. Ella me explica: “Es que las dos somos como la leche que se sube en un instante y luego baja…” A mí me consuela que se entienda con la señora, pues está ¡tan sola y tan desamparada!, que solo por eso me da terror morirme.
El accidente la ha dejado muy mal. Pesa cuarenta y cinco kilos y mide un metro setenta. El golpe principal lo recibió en la cabeza. Los médicos opinaron que estos golpes producen depresiones nerviosa fuertes, vértigos y náuseas, que es lo que ella padece. Por eso me da miedo que salga sola y tome ese Metro a la hora justa de la multitud. Ese accidente me preocupa. Te diré por qué: cuando ella estaba en el hospital, yo venía a ver a Petrouchka,[1] el gatito, que estaba ya muy ancianito y que tanto la quería. Era un animalito muy inteligente y que había sufrido mucho en las fondas españolas. Tú sabes lo brutales que pueden ser los españoles con los animales. Y Petrouchka se quedó traumatizado. Una vez que vino E. Junger[2] a visitar a Helena, el gatito corrió a esconderse. Junger dijo: “Este animalito tiene mucho miedo”. Y me miró con reproche.
Pero, volvamos a la mañana en que vine a verlo. Lo encontré empapado y lleno de sangre. En el baño había una larga mancha de agua y sangre. El, estaba de pie sobre las dos patitas traseras, con cara de loquito y no quería que me acercara a él. ¡Claro, lo cogí y lo sequé! Pero había más: un gran desorden en mis papeles. Papeles que tenía guardados en un baúl. Ni hice mucho caso, me preocupaba Petrouchka. Al día siguiente, cuando estaba limpiando un cuarto, encontré más papeles y en el pasillo un timbre usado con un sello de Tunez.
Me pareció que algún ladrón se había metido a robar y que no encontró nada de valor. En cambio Petrouchka se murió a los tres días, cogido con las dos manitas del brazo de Helena, que quiso salirse del hospital cuando supo lo ocurrido. Después, cuando volvió al trabajo, Paca le dijo: “¡Cuídate! No salgas sola a la calle. Ese fue un golpe contra la familia. Nosotros lo sabemos”. Lo mismo nos había dicho el Dr. Lievain. Pero no lo creímos.
Helena, contraviniendo mis órdenes y MI VOLUNTAD se empeñó en que viviera aquí un primo, hijo de mi hermano.[3] Lo ayudó en todo. Yo estaba indignada, pues el hombre se portaba absolutamente mal. Pero tu hija me reclamaba: “¿Quieres que me quede sola en la vida?”. El tipo la ha mentalizado: “Tu madre ya está muy vieja, se va a morir y tú te vas a quedar ¡sola! ¡sola! ¡sola!”. Todos los días le dice esto y luego la insulta y me insulta si la defiendo. ¡Como me he acordado de tus vaticinios! Y se los he repetido a Chata, que vive desesperada. Ya una vez le estrelló un vaso en la sién y le produjo una hemorragia tremenda. Subimos corriendo a ver al Dr. Van Der Elst y nos dijo que él no podía curarla. A las once de la noche la tuve que llevar al hospital Ambroise Pare. Llenó el taxi de sangre. En urgencias, la cosieron y le hicieron radiografías de la cabeza, etc. Nos ha roto los muebles que Helena está pagando en abonos. (Son muy pocos, la casa está casi vacía). A mi también me ha pegado e insultado de la manera más horrible.
Helena pensaba que estaba tan histérico porque no tenía trabajo y lo llevó al Consulado, a trabajar gratis. Allí se portó muy bien, durante varios meses. Pero al llegar a la casa se convertía en el mismo demonio. Por fin, Del Paso[4] lo nombró auxiliar con un sueldo de unos mil dólares (nunca ha visto su fundillo en tan alto cojinillo) como decía Pepita.[5] Pues ahora que Chata necesita que alguien la acompañe en el Metro, el tipo no lo hace. Y en la oficina se queja de Chata, poco a poco, está metiendo intrigas contra ella. Yo se lo dije: “No lo lleves al Consulado. Va a lograr que te quiten el trabajo”. ¡Fue inútil! La amenacé con decírtelo y me acusó de querer dejarla sola. La otra noche, le golpeó la cabeza contra la pared y porque yo quise defenderla me cogió de las muñecas y casi me las rompe. Luego vino a nuestro cuarto y destrozó el librero. Lo hizo añicos y ahora tenemos todos los libros en el suelo. ¡Esto es el acabóse! A veces te ha hablado llorando. Esto sucede, cuando el tipo hace algo terrible. Él lleva las cuentas, y estamos endeudadas. Yo no gasto nada, porque por mis manos no pasa un céntimo. Helena puso su cuenta a nombre de los dos, para que pudiera tener la Carte de Sejour.[6] Él invita a comer, a cenar, a beber, a sus amigas (del Consulado) con el dinero de Chata. Lo van a nombrar en febrero. Yo quisiera QUE NO LO NOMBRARAN. Pero, ¿que puedo hacer? Aquí a la casa no entra NADIE. La Nochebuena vino Víctor, porque el niño se fue con una amiga y pudimos recibirlo. Ha corrido a todos los amigos de Chata y míos. También a las amigas. Eso sí, en la oficina es una seda y Chata no puede decir NADA de él. Todos se le vienen encima. Ya sabes que no la quieren, porque está “de a dedo” como dicen ellos. Aunque todos estén en la misma condición, solo que los “dedos” que los han puesto sean menos ilustres que el que puso a Chata.[7]
Ayer todos se le echaron encima porque dijo que el “juicio” de Caecescou, era un asco y una vergüenza.[8] No solo lo dice ella, lo dicen todos los disidentes rumanos que aparecen en la T.V.
¿Ves como tengo razón de llorar y pedirte perdón? Yo te aseguro que nunca pensé que mi familia pudiera convertirse en esto. Ahora cómo me arrepiento de no haberte escuchado. Cuando menos Chata no pasaría estos tragos. Yo le digo: “¿Cómo que estás sola? ¿Y tu padre, que es el que te socorre? ¿Y yo, que te cuido como a la niña de mis ojos?” Pero el hombre[9] contesta: “Están muy viejos, ya se van a morir y se va a quedar sola, sola, sola”.
¡Ay! Octavio, yo tengo que llorar hasta mi último día, a ver si Dios me perdona por haber sido tan rebelde, estúpida, egoísta y majadera! No creo que tú puedas perdonarme, pero yo cumplo con una necesidad muy grande, que tengo de implorar tu perdón. Me sentiría un poco aliviada y sentiría a mi hija más cerca de ti, que para mí es FUNDAMENTAL.
No duermo, me paso la noche leyendo a los rusos. Si cierro los ojos veo todo el desastre que produje. Perdóname, por favor y disculpa que tu hija sea también la mía. ¡Por favor! Pobre criatura. Sí, los hijos pagan los delitos de los padres. En este caso de la madre.
Te admira y te desea lo mejor del mundo.
Elena Garro.
P.D. Si puedes hacer algo hazlo sin que se note o sepa. El chico éste dice siempre que se va a vengar. Y yo lo temo.

[1] Este gatito “Petrouchka” es personaje de Andamos huyendo Lola y del cuento “La corona de Fredegunda”.
[2] Ernst Jünger prologó La rueda de la fortuna (FCE, 2007), el libro de poemas de Helena Paz Garro.
[3] Jesús Garro, hijo de Albano Garro. Murió en 2017. Se ostentaba también como albacea del legado literario de Garro y apoderado legal de su prima, a quien “cuidaba” al final de su vida.
[4] El escritor Fernando del Paso estaba a cargo del consulado de México en París.
[5] La madre de Octavio Paz, Josefina Lozano.
[6] El documento que certifica la residencia legal en Francia.
[7] Es decir, los de su padre.
[8] El 25 de diciembre de 1989, el gobierno provisional del Frente de Salvación Nacional de Rumania condenó a muerte al dictador y a su esposa luego de un juicio sumario.
[9] Es decir, el sobrino Jesús Garro.





El Hilo de Sangre: Ernesto Mallo






Friday, November 17, 2017

Confesión auténtica de un ahorcado resucitado: Juan Vicente Camacho

Hace algunos meses que varios periódicos de diferentes países referían la prisión de un hombre que manejando él solo un buque lo había fondeado en las costas norteamericanas.
Era este un buque de alto bordo, en perfecto estado de construcción y que parecía no haber sufrido avería de ningún género.
Era muy extraño el caso, y si la llegada de un bote conduciendo las reliquias de un naufragio llama la atención, mucho más debía preocupar los ánimos la de un soberbio buque cuya procedencia se ignoraba y que se presentaba con un solo conductor como muestra de la vasta tripulación que debió contener.
Era fácil presumir que en la inmensa soledad del océano había pasado un drama misterioso y terrible sin más testigo que el ojo de Dios y sin otro eco que el órgano mismo del solo actor que quedaba como resto de esas gigantescas luchas del hombre con los fenómenos naturales y la furia de las olas tempestuosas.
Cuando entró en la rada, la soledad y el silencio del puente, y aquel hombre solo y tranquilo en el timón hacían aparecer la masa impotente de aquel buque como esos navíos fantasmas con que se complace la imaginación de los sencillos y supersticiosos marinos en poblar las profundidades de las aguas desconocidas.
El que estaba a la vista, sin embargo, era de reciente construcción, se conocía que había salido de los astilleros de los Estados Unidos y su identidad era fácil de verificar.
El personaje que lo monta es de talla hercúlea; su enorme cabeza parece unida al tronco sin auxilio del cuello; su cabellera es negra y espesa como la barba que lleva entera; la frente es deprimida y chata; el ojo fijo e inyectado y sombreado por enormes pestañas, lo que da a su fisonomía un aspecto salvaje y siniestro, que aumenta el corte singular de la boca cuyos labios son delgados y recogidos.
Su aspecto es el de un hombre dotado de rara energía, y sus brazos cruzados sobre el pecho, el rostro levantado con audacia, manifiestan que ese hombre es de aquellos que no retroceden ante ningún obstáculo.
Aparenta tener treinta años.
El capitán del puerto a quien se anunció la llegada de este buque se trasladó a bordo a reconocerlo, y condujo ante el Consejo del Almirantazgo a quien tan felizmente lo había traído a las aguas de la rada, para que hiciese la relación de los sucesos.
Declaró llamarse Alberto Guillermo Heecks, marino de profesión y que era el único que había sobrevivido a la tripulación del buque que montaba, pues todos, incluso el capitán, habían muerto en el viaje que acababa de hacer.
Aunque el aplomo de este hombre no le abandonó un solo instante, y aunque su narración aparecía llena de buena fe, no fue, sin embargo, tan ingeniosa que dejase de traslucir un misterio espantoso oculto bajo apariencias fingidas y hábilmente combinadas. Puestos en este camino, los jueces con espíritu perspicaz llevaron la cuestión a otro terreno y con tal habilidad que, envuelto el narrador en su lógica tortuosa, se embrolló, se contradijo, y ya pudo entreverse, a través del extremo levantado del velo, una parte de la horrible verdad que pronto debía descubrir todos los detalles siniestros y tenebrosos de este drama espantoso.
Después de haber referido que el buque fue asaltado en el mar por piratas chinos que habían degollado a la tripulación, salvándose él por haberse ocultado en un tonel de alquitrán, y que dichos piratas después de arrojar los cadáveres al mar habían dejado al buque a la merced del viento, hizo otra narración y declaró: que un tifus fulminante cayó de improviso a bordo llevándose a sus infelices compañeros y que solo él, Heecks, no había sufrido el más ligero síntoma, y que se halló solo en aquella metrópoli sin haber encontrado un puerto a dónde dirigirse para obtener algún socorro.
Pero el registro de a bordo no contenía hecho alguno que diese a esta versión la menor apariencia de verdad.
Desde aquel momento ya no se podía dudar que se estaba delante de uno de esos ejemplos monstruosos de piratas cuya historia estremece la humanidad.
Los anales marítimos nos prueban que, aunque raros, se presentan estos casos, y es entonces que se comprende en todo su horror de cuántas atrocidades es capaz el alma humana.
Desde que el hombre tuvo la audacia de entregarse al capricho de los vientos y de la fortuna de la inmensidad del mar ¿cuántos dramas misteriosos han sucedido que han quedado ignorados o hundidos en la conciencia de sus actores?
Alberto G. Heecks fue, pues, preso y sometido a juicio.
Todos los periódicos dieron cuenta de los crímenes del acusado y la emoción pública se excitó vivamente desde que se tuvo noticia de su instructiva, de suerte que el pretorio del tribunal se halló asaltado por una turba curiosa y compacta cuando se abrieron los debates.
II
No es nuestro ánimo recordar los detalles de ese proceso para siempre célebre y cuya relación completa ha dado la vuelta al mundo traducida en todas las lenguas conocidas. Nos limitaremos a recordar sumariamente que desde el instante en que Alberto Heecks se halló descubierto no desmintió jamás su actitud enérgica, y las cínicas confesiones que hizo produjeron tanta admiración como espanto.
Hallando en su singular naturaleza un poder enorme de fuerza y de voluntad para el mal, contó cómo él solo había degollado a toda la tripulación de su buque sin perdonar uno solo de sus desgraciados compañeros.
Y después, con el orgullo del crimen y como para desafiar la humanidad en el santuario de la justicia misma y envolviéndose en el manto de su perversidad, declaró en voz alta que desde la edad de once años que viajaba en calidad de marino había cometido muchos otros asesinatos y sabe Dios a qué punto habría llegado la escala ascendente del crimen.
Aquel desgraciado parecía abominar al género humano y haber cursado una guerra de exterminio a sus semejantes y esto sin que se contrajese un solo músculo de su semblante. El estudio analítico, fisiológico y psicológico de este raro temperamento, ofrecía un atractivo poderoso a los hombres de la ciencia, de manera que desde el punto de su arresto y sobre todo después de la sentencia que le condenaba a ser colgado por el cuello hasta que sobreviniese la muerte, Heecks estuvo rodeado sin cesar de sabios doctores que acudían de todas partes a hacer sus observaciones.
Fue de este modo que yo mismo fui llamado con el objeto de visitar y conocer a este ser excepcional bajo tantos puntos de vista.
Después de su sentencia, su hermana que lo quería muchísimo, se instaló en su prisión; él a su vez parecía amarla mucho y confesaba que era ella el único ser a cuyo lado no sentía horror.
La pobre criatura no juzgaba a su hermano ni lo comprendía, pues cuanto era de cruel y feroz era para ella dulce y humano.
En suma, parecía muy tranquilo y hablaba con gusto con nosotros, respondiendo muy acertadamente a las preguntas que se le dirigían.
A veces le asaltaba la idea de su próximo fin, y entonces se informaba de los fenómenos que precedían a la cesación de la vida.
—Doctor —me dijo un día—, he visto ahorcados algunas veces, y hacen un gesto muy feo; se me figura que es una triste muerte la de horca… ¿se sufre mucho?
Habría sido cruel responderle afirmativamente.
—No —le contesté—; por el contrario, la ciencia demuestra que se produce una especie de sueño estático como esos en que uno se deleita. Vale cien veces más que la guillotina.
—¡Bah! ¿Está usted seguro, doctor?
—Es mi íntima creencia.
—Mejor, doctor, tanto mejor.
Su hermana le suplicó entonces que no hablase de esas cosas tan tristes; pero a pesar de sus lágrimas, él volvía a la conversación y aun muchas veces chanceándose.
—Esta corbata de cáñamo no me hace maldita la gracia como objeto de maleta1… pero como no hay forma de excusarse… En fin, tanto vale; bien quisiera yo alguna cosa… Yo que he tenido siempre la costumbre de llevar el cuello descubierto.
—¿Qué preferiría usted entonces?
—¡Cáspita!, yo preferiría largarme —respondía riéndose.
¿Era esto descaro ante la muerte o ganas de aturdirse cuando hablaba así? Eso no lo podemos asegurar, pero semejantes bufonadas salidas de aquella boca que debía cerrarse para siempre tenían algo más fúnebremente serio que de risible.
Pasaban entre tanto los días y la hora de la ejecución llegaba.
Heecks parecía más abatido que de costumbre.
La reacción venía.
Los doctores Mac Illary, O’Reilly, Carnagan y Chrane rodeaban como yo al condenado, que estaba acostado en su lecho; de repente se levantó sobre un codo y mirándonos expresivamente nos dijo:
—¿Es verdad que ha habido ahorcados que han vuelto a la vida?
Nosotros nos interrogamos con las miradas; él estaba muy conmovido y su voz temblona manifestaba que al fin aquel corazón endurecido tenía miedo de la muerte.
Las leyes de la humanidad nos imponían una respuesta afirmativa.
—¡Oh!, el hecho no es dudoso y hay muchos ejemplos de casos semejantes.
—Ciertamente —respondió el célebre Chrane—, la estrangulación no trae siempre consigo de un modo preciso la muerte. Se sabe, por el contrario, que hay en Londres una sociedad de personas que se ahorcan por vía de distracción y que no por eso mueren. Parece por el contrario que se goza de un placer físico parecido al que produce el consumo del opio o del hachís.
—Sí, he oído hablar de eso —replicó Heecks—; pero eso no pasa de un juego que no creo, sin embargo, peligroso; mientras que en mi caso es realmente muy serio.
—Aun en casos serios, como usted dice, de una ejecución capital —observó gravemente nuestro sabio colega Carnagan—, ha habido pruebas de esta especie de resurrecciones. Los análisis médicos de Anspire redactados por el célebre fisiologista alemán von Serfvelt contienen la curiosa experiencia practicada por él mismo con un famoso bandido que asolaba el país. Pues bien, proclamémoslo en alta voz para honor de la ciencia, el doctor Von Serfvelt ha devuelto a la sociedad a este ahorcado. Este fue un curiosísimo experimento, muy curioso a la verdad.
—Aún hay más —agregó magistralmente Mac Illary—, hay filósofos que pretenden que la muerte por suspensión depende de la voluntad del paciente.
—¿Cómo así?
—Con una gran contención de espíritu y un firme poder sobre la materia orgánica, si usted logra, lo que no es posible, refugiar el fluido vital en las vértebras cervicales de la caja huesosa del cráneo, puesto que la cuerda no estrecha el cuello; es claro que es muy fácil entonces distribuir ese fluido en la economía general del individuo y restablecer todas las funciones animales. Esto está probado.
—¿Naturalmente será preciso descolgarlo?
—Sin duda.
—¿Ha hecho usted el experimento, doctor? —preguntó Heecks.
—Yo no, lo siento —contestó Mac Illary—; pero yo no soy de una constitución fuerte y conozco que no tengo una gran fuerza de voluntad.
—¡Qué lástima, doctor! Usted hubiera podido decirme qué se debía hacer y yo habría hecho el ensayo. Porque sea dicho entre nosotros, la muerte no me hace maldita la gracia y no me pesaría de no ofrecerle aún tan seriamente la mano.
—Se lo repito a usted mi buen amigo, porque está escrito; una gran fuerza de espíritu y un poder decidido de voluntad hacen subir el fluido vital a las…
—Sí, sí, lo he comprendido bien y lo ensayaré.
—Pero ¿qué hace usted, desgraciado? —interrumpió el reverendo Rowells, pastor de las prisiones que asistía a Heecks como consolador—; Dios me lo perdone, pero su temperamento le arrastrará a las más sanguinarias pasiones. ¿Por qué, hijo mío, si está usted preparado a morir santamente, no se resigna con su suerte? Láncese usted a los pies del Padre Eterno que al sacarlo de este valle de lágrimas le promete la bienaventuranza.
—Usted tiene razón, reverendo pastor, pero se me figura que no he tenido tiempo suficiente para pensar bien en mis execrables crímenes y algunos años más de vida no me vendrían mal.
El reverendo alzó los ojos al cielo, dando muestras de compasión.
—Oiga usted —dijo Heecks, dirigiéndose a mí—; ¿me promete usted hacer todo lo posible por volverme a la vida después de mi ejecución? Yo creo, hablando formalmente, que voy a morir y que para mí todo acabó; por consiguiente, la súplica de un moribundo es sagrada ¿me lo promete?
Aunque nuestras creencias se habían debilitado mucho, le prometimos todo lo que quiso para consolar su alma inquieta y atemorizada. Entre tanto, llegaba el momento de cumplirse la justicia humana hasta que empezase la de Dios.
III
Todo el pueblo se desbordó para presenciar la ejecución; ciudades, cabañas y despoblados, caminos, todos se dieron cita en Bellocs Island, y ríos y caminos estaban cubiertos de curiosos. Como prueba de la excitación que produjo este suceso, copiamos el siguiente aviso que se leía en grandes letras, en todas las esquinas: «¡Gran espectáculo! El vapor «Massachussets» de la compañía general saldrá en «train de plaisir» para asistir a la ejecución del famoso bandido y pirata Alberto G. Heecks que tendrá lugar el trece de julio actual. La cocina de a bordo hace tiempo que es conocida y apreciada; habrá una orquesta sobre cubierta para distraer el fastidio del viaje».
La horca se había levantado en el patio de la prisión al nivel de las murallas, de manera que el horrible aparato dominaba la multitud que era inmensa y compacta y esperaba con ansiedad.
Un redoble de tambor anunció que el reo iba a salir de su prisión y que la sentencia se iba a ejecutar. Un silencio glacial sucedió a los diálogos insultantes que se habían oído en el pueblo.
El estrado se cubrió de jueces de gran gala.
Alberto Guillermo Heecks apareció rodeado por los verdugos, con las manos atadas por la espalda. A su vista se levantó un clamor de todas partes, inmenso de maldiciones. Alberto paseó su mirada serena e impasible sobre la turba mientras el redoble del tambor imponía silencio y el sheriff leía en alta voz la sentencia. La sangre fría de Heecks no le abandonó un instante durante esta escena.
Concluida la lectura, los ejecutores se acercaron al condenado. ¡Abajo los sombreros!, gritaron varios.
—Bien hecho —contestó Heecks—; debéis saludarme con el sombrero que bien pronto he de saludar yo con la cabeza.
El fatal nudo corredizo estaba ya en el cuello de Heecks y en menos tiempo que el que se necesita para escribirlo, una trampa se abrió bajo sus pies y el cuerpo se balanceó en el aire; la cabeza cubierta con el gorro fatal, cayó sobre el pecho, el cuerpo dio una vuelta y todo cesó.
Pero salvo este movimiento, ninguna crispadura ni gesto alguno indicaron que Heecks hubiese sufrido una larga agonía.
Trece minutos después, el médico de las prisiones se acercó al cadáver, lo pulsó, aplicó el oído sobre el corazón y dijo con voz reposada y grave:
—Este hombre está muerto.
A estas palabras la turba se dispersó y no quedamos en la horca más que los doctores J. P. Belt, Henry D. O’Reilly y yo.
El doctor Belt envolvió el cadáver en cubiertas calientes de lana y así fue transportado cuidadosamente a Brooklyn a la casa del doctor O’Reilly donde ya le esperaban el doctor Chrane y Mac Illary, de Nueva York, pues el doctor Carnagan no pudo estar presente en el experimento por haber enfermado de repente, pero en cambio nos mandaba una carta llena de juiciosas observaciones y donde había prodigado todos los tesoros de la ciencia para ayudar a los experimentadores.
IV
El cadáver de Heecks fue acostado de espaldas con las mismas cubiertas sobre una mesa que servía para operaciones quirúrgicas.
Tenía en la cara una ligera contracción de los músculos cigomáticos, y la piel estaba seca y ligeramente resistente, pero sin la rigidez ni el frío glacial de la muerte. Sin embargo, ni el pulso ni el corazón dieron señal alguna perceptible al estetoscopio.
Un ligero movimiento de presión sobre el abdomen y la insuflación del aire por la boca no dieron ningún resultado; siempre la misma insensibilidad, pero también el mismo calor en la epidermis.
Un corte de lanceta en la sangría del brazo izquierdo y otro en la arteria temporal no produjeron más que una gotita de sangre pero no gelatinosa, y por consiguiente, en las mejores condiciones.
Habíamos preparado un baño electromagnético según el modelo y fórmulas del doctor Vergnes y contábamos mucho con el empleo del agente eléctrico.
Colocado cuidadosamente en el baño electroquímico se le hicieron incisiones en la laringe y en las sienes, y aplicamos armadores a los nervios correspondientes, haciendo funcionar la pila, primero parcialmente y con método, y aumentando después la intensidad que repetimos de rato en rato en las descargas.
Empezaron entonces sobresaltos convulsivos y movimientos puramente automáticos; entonces distribuimos los ácidos en grandes dosis.
Después de treinta y una descargas vimos que la sangre se iba liquidando más y más y tomando el tinte rojo que le es propio. El doctor Chrane que había presenciado el experimento sin operar, exclamó entonces:
—Ese hombre vive.
Y precipitándose sobre el cuerpo practicó con la habilidad que le distingue una operación traqueotómica, e introduciendo en seguida un tubo de plata en la herida por medio de la máquina neumática, introdujo el aire en los pulmones que empezaron a funcionar.
El milagro se cumplía. Hacía ya dos horas que habían comenzado los experimentos; estábamos anhelantes y aunque eran aún muy débiles los síntomas de la vuelta de la circulación, nos sentimos animados y nuestro celo en continuar nuestra tarea fue más ardiente.
Se aplicó un cauterio activo al pie derecho que hizo contraer en el acto la pierna, y la misma aplicación practicada detrás de la oreja derecha sin afectar la yugular, hizo volver la cabeza al reo con un movimiento semejante al que ejecutaría uno que quisiese hacer una muda protesta; los músculos faciales se contrajeron con gestos muy desagradables a la vista y como si el paciente sufriese dolores agudos.
Desde este momento estábamos seguros del éxito de nuestra operación porque los ojos se abrieron y la boca exhaló un sonido ronco e inarticulado.
El órgano visual izquierdo estaba casi perdido porque el nudo de la cuerda afectó los nervios orbitarios de ese ojo, y entonces notamos la parálisis casi total de ese lado del cuerpo. Pero ya no era un cadáver.
El sentimiento real de la vida y la conciencia de sí mismo fueron tardías en producirse en Heecks, quien por otra parte no podía hablar a causa de las lesiones de la laringe.
Su cara y el único ojo que le quedaba se abría y se cerraba alternativamente expresando una estupefacción que casi llegaba al idiotismo. Sin embargo, tenía vida aunque fuese la vida puramente animal.
Pronto se encontró en estado de ser transportado y fue conducido a Ponghkeepsie donde vivía su hermano.
V
Heecks, como lo habíamos previsto, permaneció muchos días en estado vegetativo y sin conciencia alguna de sí mismo, teniendo perdido casi el sentimiento moral. Las heridas, sin embargo, empezaban a cicatrizarse y desaparecía poco a poco el sacudimiento que había recibido su constitución: al fin pudo expresar su pensamiento.
Quiero repetir literalmente su primera conversación para que se vea la incoherencia de sus ideas. Sus primeras palabras aún balbucientes fueron estas:
—Contención de espíritu… fuerza de voluntad… cerebro… ¡el diablo! El cuerpo de un hombre pesa enormemente en su cabeza cuando tiene una cuerda en el pescuezo. Esto es todo lo que puedo decir.
—Heecks —le dije acercándome con presteza—, ¿cómo se siente usted?
Abrió desmesuradamente el único ojo que le quedaba como un hombre que despierta de un profundo letargo y me vio con espanto. Su mirada se fijó casualmente en un espejo y exclamó:
—¿Soy yo el que está allá? ¡En qué estado me encuentro! Estoy horroroso. ¿Es esto lo que ustedes han hecho?
—No, nosotros lo hemos salvado a usted.
—¡Cómo! ¿Salvado? Ustedes no me han salvado enteramente; yo he sido bien y bonitamente ahorcado.
—Pero… pero esto es precisamente lo que hace la curación más maravillosa. Ya está usted restablecido, que fue lo que nos comprometimos a hacer.
—¿Y a esto llama usted restablecido?, vaya que no es usted difícil: ¿qué han hecho ustedes de mi ojo?
—¡Ay!, hijo mío, fue la cuerda la causa de este desagradable incidente imposible de prever y de evitar. Téngase usted por feliz de salir librado a ese precio.
—¡Dios mío! —continuó tocándose la pierna paralizada y las cicatrices del cuello—; ustedes me han deteriorado y esto no fue lo convenido.
—Reconozca usted, Alberto, que ya empieza usted a ser ingrato.
—Yo no me merezco absolutamente, doctor. ¿Está usted seguro de no haberse equivocado? ¿No han soltado ustedes de la horca a otro mientras me han dejado a mí flotando a todo viento?
Ese día no quise continuar la conversación y en la mañana siguiente, después de un reposo saludable, Heecks despertó tranquilo y con el aspecto más sereno.
—Doctor —me dijo—, ¿sabe usted una cosa? Creo que he hecho un mal negocio y que el reverendo Rowells tenía razón y hubieran hecho ustedes mejor en dejarme donde estaba.
—¿Habla usted seriamente?
—Palabra de honor; a fe de hombre de bien.
—¿De manera que estaba usted a su gusto en la horca?
—Seguro y conforme.
—¿Cuáles fueron sus impresiones? Ahora puede usted decirme la verdad, pero la verdad pura.
—Pues bien, la idea del suplicio no me hacía mucha gracia y fue muy mal de mi grado y haciendo de tripas corazón, que me presenté delante de ese pueblo que me aclamaba como un rey. Las palabras que uno oye le estrechan la garganta y en aquel momento no hay valor sino una especie de locura; pasan delante de la vista fantasmas y hay un vértigo completo. Si en aquel momento pudiera uno exterminar jueces, verdugos y público no se haría más que una carnicería; pero como no se puede y luego andan tan aprisa…
—¿Pero la sensación del cáñamo en el cuello?
—¡Horriblemente desagradable! Cuando se abrió la trampa bajo mis pies y me lancé en el espacio comprendí que estaba perdido; una presión atroz me estrechó la garganta y oí como un crujido de cerebro, quise gritar pero me fue imposible. Entonces sentí una masa de sangre de un rojo ardiente saltar de las extremidades como revolviéndose en sí misma y queriendo romper su estrecha prisión: todas esas moléculas parecían extraviadas y que querían saltar, torcerse y sufrir; yo vi después el color de fuego ennegrecerse al espesarse. Este segundo es espantoso y dura siglos. A esta primera sensación suceden otras más soportables y que es imposible analizar, pero yo creo que los goces del paraíso de Mahoma no son otra cosa, y puesto que los turcos tienen fe en su profeta estoy seguro de que ellos han inventado la estrangulación; y ya no se admira que reciban de tan buen agrado el cordón con que tan galantemente los obsequia el Gran Señor. Un suavísimo calor recorre todos los miembros, y estremecimientos de éxtasis penetran en los órganos; las visiones más fantásticas, no visiones sino realidades, se presentan a la vista y la felicidad más completa se apodera de uno. Renaciendo sin cesar, parece que uno adquiere incesantemente nuevas fuerzas en fuentes nuevas también, para gozar. ¡Oh!, hablando seriamente, doctor, han hecho ustedes muy mal en sacarme de ese lugar de delicias. Haga usted la prueba, doctor, y conocerá las huríes del paraíso.
—¿Pero, desgraciado, no comprende usted que esos fenómenos son los últimos síntomas de la vida que se va?
—¡Vaya! Bien ve usted que no, pues he vuelto. ¿Quiere usted apostar veinte guineas a que empiezo de nuevo?
—Disparate; yo no se lo aconsejaría a usted jamás, porque no se hacen dos veces las experiencias que hemos practicado en su cadáver.
—¡Demonios! La cosa vale la pena de pensarse. ¿Cree usted que van a hablar mucho de mí?
—Tal vez más de lo necesario.
—Efectivamente y eso sin contar con que nada saben de lo pasado; porque en suma me han procesado, condenado y ahorcado, pero sin saber a punto fijo por qué.
—Verdad es que el asunto no está claro: ¡qué hombre tan singular es usted!
—Nunca ha habido uno igual, y cada cual tiene su amor propio y lo fija en lo que quiere; lo mío es que un misterio impenetrable oculte mi existencia.
—¡Cómo!, ¿y no revelará usted nada, ni aun a mí?
—Para qué diablos, doctor, no me creería usted.
—Sí tal.
—Si le digo a usted la verdad.
—Razón de más.
—Pues bien —me dijo haciéndome acercar a su voz—, yo soy inocente como un niño en el seno de su madre.
—¿Se burla usted de mí? —exclamé dando un salto y casi ofendido en mi dignidad.
—Ya lo ve usted —me contestó riéndose—; lo había previsto que usted no me creería.
—Sí tal, pero con la condición de que hable usted con seriedad.
—Crea usted todo lo que quiera, nada me importa; pero en adelante no volveré a decir una palabra.
En efecto este hombre singular no ha vuelto a pronunciar una letra que ilustre la opinión pública.

Entre tanto circuló la nueva de la resurrección de Heecks, lo que dio margen a eruditas cuestiones de abogados sobre si había derecho para reclamar como reo de evasión a Heecks, ahorcado por sentencia judicial y salvado por esfuerzos médicos.
He aquí la cuestión.
Si bajo el punto de vista de la ciencia y de la humanidad tras la cual se refugian los profesores acusados J. P. Belt y Henry O’Reilly, tenían derecho para reanimar el principio vital en el cadáver de un reo, tendrían esas mismas personas el derecho bajo el punto de vista del contrato que liga sólidamente a los miembros de un país, para sustraer de un castigo justamente aplicado a un hombre que había pisoteado todas las leyes.
La cuestión está aún por resolverse y este juicio hará época en los anales del foro.

Un concurso de experiencias felices y que harán el orgullo de la ciencia han vuelto la vida física a Alberto Guillermo Heecks. Que viva si puede como hombre de bien, es lo que nosotros deseamos.
Pero moralmente no podemos menos de exclamar con nuestra conciencia que es un gran miserable y que por fortuna de la humanidad esos tipos de bandidos crueles y feroces se van haciendo raros en el mundo.







Thursday, November 16, 2017

Canción de la danzarina: Colette

Alina Zapata

 ¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.
Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.
Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa…» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.
En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé…
Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.
Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.
Abandoné tu casa mientras murmurabas:
«La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serenada y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, en el hombro tu barbilla. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos.
»Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino.
»Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente…»
Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.
Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.
Una postrera danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.
Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras.
Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar…

  




Tuesday, November 14, 2017

La vida inútil de Pito Pérez lX



Alguno de la tertulia, sonriendo maliciosamente, interrogó a Pito Pérez: —¿Y la Caneca? —Está en casa, rodeada de comodidades. —¿Quién es la Caneca? —pregunté intrigado por saber a quién se referían. —¡El amor más fiel que he tenido en mi vida! —Pero, ¿vive usted con alguna mujer, Pito Pérez? —Desde que me la rapté, hace tiempo, del hospital de Zamora. La tenían encerrada en un cuarto contiguo a la administración. Una sola vez la vi, pero esa bastó para que decidiera llevármela, y así lo hice. La víspera de mi salida logré sacarla de su escondite y dormir con ella, en la misma cama, contando, claro está, con la complicidad de los demás enfermos. Al amanecer abandoné el hospital en su compañía, sin que el velador se diera cuenta. Hicimos el camino hasta Uruapan, y atravesamos la sierra de Purépero, durmiendo en los montes, pues me parecía peligroso entrar con ella en los poblados, porque la suspicacia de las gentes me habría ocasionado contratiempos: ¡Con cuánto sigilo tuve que caminar y qué larga me pareció esta travesía! Poco faltó para que se desmayara un peón, que me miró pasar por un potrero, cuando ya había obscurecido. En Uruapan fui a hospedarme con un amigote, pero su mujer puso el grito en el cielo al enterarse de que yo entraba en su casa muy acompañado, y con lágrimas y aspavientos, pidió a su marido que nos echara. Ella decía que era un gran pecado permitir que nos guareciéramos bajo su techo, y mi amigo no pudo  convencerla de que aquello carecía de importancia. ¡Supersticiones de gentes ignorantes! Vinimos, por fin a dar a Morelia, en tren, y para substraerla de miradas indiscretas, tuve que acomodarla dentro de un “chiquihuite”, en el que —¡la pobre!— sufrió mucho y lastimose de todas las coyunturas; pero con mis conocimentos anatómicos y con mi amorosa solicitud pronto logré dejarla restablecida. Ahora vivo con ella, muy a gusto; me espera en casa con mucha sumisión, teniendo siempre una copa en la mano; duerme junto a mí, digo mal, vela mi sueño, jamás cierra los ojos, en cuyo fondo anidan todas las ternuras. “¡La Caneca no es gorda, ni seca, ni come manteca!” —Bueno, Pito Pérez, pero ¿de quién se trata? Tanto misterio para viajar con una mujer y tanta virtud en ella, me parecen incomprensibles. —¡Pues de quién se ha de tratar! Del esqueleto de una mujer, armado cuidadosamente por el médico de Zamora y utilizado por los practicantes del hospital para estudiar anatomía. —¡Qué bárbaro! ¿No siente usted miedo al acostarse con un esqueleto? —Miedo, ¿y por qué? ¿No somos nosotros esqueletos más repugnantes, forrados de carne podrida? Y sabiéndolo, buscamos el contacto de las mujeres. La mía no padece flujos, ni huele mal, ni exige cosa alguna para su atavío. No es coqueta, ni parlanchina, ni rezandera, ni caprichosa. Muy al contrario, es un dechado de virtudes. ¡Qué suerte tuve al encontrármela! Aquí está su fotografía, conozca usted a la señora de Pito Pérez, colgada de su brazo; admire sus grandes ojos, sus dientes blancos, y fíjese que sobre su corazón lleva atado un ramito de azahares, como el que llevo yo prendido en la solapa de mi levita. La Epístola de San Pablo dice que el matrimonio acaba con la muerte; el mío ha comenzado con ella, y durará por toda la eternidad.   —¡Está usted loco de remate, Pito Pérez! —No lo crea —repuso el dueño de “La Central”—, pídale usted alguna cosa fiada, de las que lleva en sus canastos, y verá cómo no hay loco que coma lumbre… —Mucha conversación y poco vino —contestó Pito Pérez. —Sirva usted unas copas para todos —ordené—, aunque me parece algo paradójico brindar a la salud de la muerte. Hagámoslo por Pito Pérez y por su respetable consorte… Los vecinos madrugadores descubrieron el cadáver sobre   un montón de basura, con la melena en desorden, llena de lodo, la boca contraída por un rictus de amargura, y los ojos muy abiertos mirando con altivez desafiadora al firmamento. Una chamarra sucia y un pantalón raído, sujeto a la cintura con una cuerda, eran las prendas que cubrían el cadáver. Llamaron a la policía, y uno de los vecinos, examinando atentamente la cara del difunto, dijo: —Este hombre es Hilo Lacre, el barillero de las campanas. Llevaron una camilla y echaron en ella al muerto. De la bolsa de la chamarra desprendiéronse unos papeles y un retrato: en éste aparecía sonriendo, del brazo de la muerte. Uno de los papeles, escrito con lápiz, decía: Testamento “Lego a la Humanidad todo el caudal de mi amargura. “Para los ricos, sedientos de oro, dejo la mierda de mi vida. “Para los pobres, por cobardes, mi desprecio, porque no se alzan y lo toman todo en un arranque de suprema justicia. ¡Miserables esclavos de una iglesia que les predica resignación y de un gobierno que les pide sumisión, sin darles nada en cambio! “No creí en nadie. No respeté a nadie. ¿Por qué? Porque nadie creyó en mí, porque nadie me respetó. Solamente los tontos o los enamorados se entregan sin condición. “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad! “¡Qué farsa más ridícula! A la Libertad la asesinan todos los que ejercen algún mando; la Igualdad la destruyen con el dinero, y la Fraternidad muere a manos de nuestro despiadado egoísmo.   “Esclavo miserable, si todavía alientas alguna esperanza, no te pares a escuchar la voz de los apóstoles: su ideal es subir y permanecer en lo alto, aun aplastando tu cabeza. “Si Jesús no quiso renunciar a ser Dios, ¿qué puedes esperar de los hombres?... “¡Humanidad, te conozco; he sido una de tus víctimas! “De niño, me robaste la escuela para que mis hermanos tuvieran profesión; de joven, me quitaste el amor, y en la edad madura, la fe y la confianza en mí mismo. ¡Hasta de mi nombre me despojaste para convertirlo en un apodo estrafalario y mezquino: Hilo Lacre! “Dije mis palabras, y otros las hicieron correr por suyas; hice algún bien, y otros recibieron el premio. “No pocas veces sufrí castigo por delitos ajenos. “Tuve amigos que me buscaron en sus días de hambre, y me desconocieron en sus horas de abundancia. “Cercáronme las gentes, como a un payaso, para que las hiciera reír con el relato de mi aventuras, ¡pero nunca enjugaron una sola de mis lágrimas! “Humanidad, yo te robé unas monedas; hice burla de ti, y mis vicios te escarnecieron. No me arrepiento, y al morir, quisiera tener fuerzas para escupirte en la faz todo mi desprecio. “Fui Pito Pérez: ¡una sombra que pasó sin comer, de cárcel en cárcel! Hilo Lacre: ¡un dolor hecho alegría de campanas! “Fui un borracho: ¡nadie! Una verdad en pie: ¡qué locura! Y caminando en la otra acera, enfrente de mí, paseó la Honestidad su decoro y la Cordura su prudencia. El pleito ha sido desigual, lo comprendo; pero del coraje de los humildes surgirá un día el terremoto, y entonces, no quedará piedra sobre piedra. “¡Humanidad, pronto cobraré lo que me debes!... Jesús Pérez Gaona. Morelia, a…”  Y mezcladas con el polvo de la tierra se perdieron, para siempre, las cenizas inútiles de un hombre…



FIN



Sunday, November 12, 2017

La vida inútil de Pito Pérez Vlll

Buenas noches a toda la compañía —dijo Pito Pérez, al  llegar a la tienda. Su estampa era la misma que yo conocí diez años antes: levita deteriorada con flor en el ojal, bastón de puño niquelado, pantalón con unas rodilleras tan amplias que podría guardar en ellas a sus hijos, a semejanza de los canguros; sombrero carrete haciendo equilibrios para conservarse sobre la melena alborotada y que, por su color de oro viejo, parecía aureola de santo. —¿Y las canastas, Pito Pérez? —No vengo en plan de comerciante. Las agujas y los peines peluqueros a esta hora duermen con inocencia infantil. Yo me acerco a la tertulia como esas madres que se reúnen al anochecer, para contarse las monerías de sus hijos, después de dejarlos dormidos. —¿Qué ha hecho usted en tantos años que no nos vemos, Pito Pérez? —Beber para emborracharme, y después, para curarme la cruda, hasta que me asalta el delirium tremens y caigo medio muerto, perdida por completo la conciencia, en la cuneta de algún camino. La muerte y yo nos hablamos de tú desde hace tiempo; ella juega conmigo sin hacerme daño. ¡Los peligros de que he escapado, quizá con su ayuda! Me caí a un río, en estado de ebriedad, que ya es mi estado perfecto, y sin saber cómo ni cuándo, me salvé. He pasado victorioso como un general por campos de batalla, cubiertos de cadáveres, aspirando el hedor de la carne podrida, y he visto cómo los ojos de los difuntos adquieren brillo de celuloide al ausentarse la luz del pensamiento. He palpado con mis manos el frío del cristal de los pies de un hombre muerto,    pretendiendo calentarlos en un rapto de alcohólica compasión. He recibido en el hospital la visita de dos colegas borrachos, que me llevaban cuatro cirios, con esa complaciente sonrisa de quien regala una caja de dulces, y escuchado a uno de ellos que, tartamudeando, dábame el pésame por mi muerte y la disculpa de que no podría acompañarme al cementerio, al siguiente día, por tener que evacuar otro negocio. He llorado sobre mis tristes despojos, con dolor verdadero, y he sentido que no hay pena comparable a la de morir. Sin embargo, aquí me tiene usted, guardando mi propio luto sin que todavía haya estacado la zalea. —Pero, ¿dónde ha pasado usted tantos peligros? —¡Calcule usted! He sido huésped de un buen número de hospitales en donde, si no mueren los pacientes de la enfermedad que allí los llevó, sucumben de hambre o en algún experimento clínico. Estuve en el hospital de San Vicente de Paul, y para subsistir, salíamos a la calle los asilados, pidiendo limosna de puerta en puerta. ¡Hubo tifosos que apenas tenían alientos para cargar el cobertor, y que expiraban en los quicios de las puertas! En el hospital del Santo Refugio, los enfermos danzábamos en el jardín desde las primeras horas de la mañana, sin más vestidura que unas sábanas de dudosa limpieza. Salíamos a cortar quelites, romeritos, talayotes que, cocidos en una olla común, constituían el único alimento de aquella sociedad vegetariana. ¡Fantástico espectáculo el de aquellas enormes mariposas blancas, volando de quelite en quelite —volando, es la palabra— porque no había en nuestros cuerpos ni un gramo de carne! —Compañeros, prueben como postre las malvas —aconsejábales yo, que era el más optimista de la pandilla. Luchaba elocuentemente por convencer a los enteleridos comensales de que el talayote tiene sabor de pechuga de pollo. “Sobrepónganse a la realidad —predicábales— y coman con la fantasía, a imitación de los hambrientos que se dan banquetes espirituales, contemplando los aparadores de las pastelerías. Sigan mi ejemplo: yo tomo violetas cocidas como demostración  de cultura; los aristócratas las saborean cristalizadas con azúcar, acaso para inspirarse despertando sus aficiones poéticas”. Estuve en el hospital de Cotija, y de veintiocho enfermos soy el único superviviente. Verá usted: Era su director un botánico insigne, citado frecuentemente en los textos de medicina. Este sabio eminente había clasificado más de veinte mil plantas de la flora de nuestro país y ensayaba en nosotros sus propiedades terapéuticas dosificándolas a costa de los enfermos. ¿Que moría un paciente, vaciado por la infusión de coloquíntida?, pues a disminuir la dosis en el tratamiento, y a olvidarse del pobre conejito sacrificado en aras de la ciencia. Yo pude escapar de las escoletas de este médico famoso, debido a que salté muy a tiempo las tapias del hospital. El galeno corrió a darme alcance, prometiéndome que pondría sus cinco sentidos en mi curación, pero yo, a larga distancia, le grité: “De veneno a veneno, opto por el tequila Cuervo”. —Bueno, Pito, ¿de dónde le han llovido tantas enfermedades? —Del mentado veneno. Según dicen los historiadores, los reyes habituaban su naturaleza al uso de los venenos más activos, para inmunizarla en previsión de cualquier atentado. A nosotros, los borrachos, no nos sirve el experimento porque a medida que bebemos, resentimos más los efectos de nuestros filtros venenosos. Pero, proseguiré el itinerario de mis malandanzas. Sólo por un milagro de la muerte que, como ya digo, es mi mejor amiga, pude salir del hospital de Morelia. Trabajaba en él una enfermera, de corazón altruista. Llamábase Pelagia, y este nombre ya era de mal agüero para los supersticiosos que caían en sus manos. Nació Pelagia en Hoyo del Aire, del Municipio de Taretan; hizo sus estudios en un solo día, y recibió su título de enfermera en el mismo instante en que la contrataron como criada del hospital. Le encasquetaron un gorro blanco, la metieron dentro de un mandil que le arrastraba, y la plantaron en medio de un pabellón de aislados, sin inquirir si debajo de la toca había una cabeza, y si ésta tenía sesos, o era una sonaja rellena con piedrecitas del arroyo.  A la hora de la visita médica, Pelagia seguía al doctor, de catre en catre, recogiendo las recetas que él formulaba, para surtirlas después en la farmacia del propio edificio. Pelagia hablaba, sin parar, de los enfermos a su cuidado: —Él   no durmió anoche, y por si juera de hambre le truje su torta de sardinas, que lo dejó súpito; el 4, lleva seis deposiciones muy jediondas, que le guardé, dotorcito, pa’ si quere esaminarlas; el  ya no está tan malo, no crea. Anoche me quería apapachar los cuadriles. Cuando Pelagia volvía de la botica con las fórmulas surtidas, parábase en la puerta del salón y nos gritaba jubilosa, igual que una madre que llega de paseo, con golosinas para sus hijos: —Aquí están las melecinas. Vamos a ver, ¿quén quere píldoras? ¿Quén quere cucharadas? ¿Quén papeles? Y daba a cada enfermo lo que le pedía, con peligro de reventarnos a todos. A mí no me quería por lurio, como afirmaba, y por este motivo ensartábame los lavados intestinales recetados a otros. —Pal escribano —decía— las lavativas, porque es capaz de emborracharse con cásulas. Quizá por esto no estiré la pata, pues por esa boca no suelen recetarse venenos muy activos. Las ideas políticas constituían otro peligro en el interior del hospital. Había médicos mochos que atendían con gran esmero a los pacientes que comulgaban, y medicos liberales que no veían con buenos ojos a sus clientes del bando contrario. A los primeros les hablaba de mi hermano el padre, y a los otros, le contaba que yo pertenecía a la secta de los husitas, y que si bebía vino en ayunas, era en la recepción de uno de nuestros sacramentos. Un doctor Ortiz creyó en mis doctrinas, permitiéndome comulgar todas las mañanas con un vaso de fino moscatel que me proporcionaban, por orden suya, en la despensa del establecimiento. Algunos días comulgaba yo hasta tres veces, como una práctica propiciatoria para la salvación de mi alma. Por supuesto que ya estas cosas marcaban el principio de mi convalecencia y la vuelta de mi yo interno a su estado normal.  Mis períodos largos de embriaguez culminaban siempre con un ataque de delirium tremens, y éste me conducía a regiones insospechadas para el resto de los mortales. Con el delirio adquiría formas de una hiperestesia exaltada, llena de alucinaciones. Cierta ocasión me sentí árbol: mis pies eran las raíces y mis piernas troncos por cuya corteza, áspera y dura, subían hormigas de todos tamaños. El ejército de pequeños animalitos cosquilleaba con sus patas de alambre mi carne rugosa, desesperando mis nervios. Yo los veía subir, y subir y me asaltaban deseos de limpiarlos, de arrojarlos lejos de mí, pero deteníame una idea: los árboles tienen obligación de prestar ayuda a estos parásitos, hijos, como ellos, de la naturaleza y, por lo tanto, hermanos suyos. Si yo soy un árbol, debo permitir que trepen por mi tronco —cavilaba—, que coman de mi carne. Y para que mis manos no atropellaran a aquellas criaturas indefensas, subí los brazos al cielo, y el cielo premió mis brazos convirtiéndolos en ramas verdes, frescas, floridas. No sentí más el cosquilleo de los insectos, sino el paso de una savia dulce por mis venas, que hacía nacer en mí pequeños brotes cuyas hojas aterciopeladas, mecidas por el aire, cantaban un allegro de primavera. Pájaros de diversos colores venían a anidar en mi fronda: eran mis pensamientos de toda la vida, que regresaban a su nido: chupamirtos embriagados por el néctar de las flores, sinsontes que soplaron por mi vieja flauta; golondrinas de amor, fugaces y asustadizas; loros que decían sus incoherencias inútiles y sus malas palabras, y la lechuza huraña y filosófica de mi melancolía. Era yo un renuevo en el bosque; mas de pronto me vine abajo, a los golpes de la cordura. Terminó mi delirio y volví a adquirir la forma estéril del hombre. —¡Pito Pérez, insigne borracho, es usted un loco! —¿Y por qué no un poeta?  Otra vez, tendido sobre un duro camastro, sentí que poco a poco me transformaba en un lienzo de seda, de esos que crujen con un frufrú sensual al más leve contacto. Mis ojos me veían descender por los lados de la cama, como un cortinaje sobre un balcón empavesado; mis manos y mis pies eran borlas colgantes de oro, y en mi barriga había chafaduras y roces, como si una persona hubiese permanecido de codos sobre mi cuerpo, mirando pasar el ejército de los siglos. Después, sentí que me cortaban con unas tijeras enormes y que hilvanaban con mis pedazos el traje de un niño, a quien sus padres no permitían moverse, temerosos de que rompiera su vestido nuevo. Yo también sentí la angustia de que el muchacho se arrastrara por el suelo, o se deslizara por el pasamano de la escalera. Mis carnes sufrían el dolor de verse magulladas y rotas, sin que nadie escuchara las voces, sin sonido, de mi desesperación. Di un suspiro de alivio, al notar que la tela de mi cuerpo adquirió un tono rosa y un brillo desusado. Entonces, ordené a mi fantasía: —Quiero ser camisón de dormir de una mujer hermosa y sentir su contacto tibio y perfumado. Voy a pecar, al menos una vez, sin que me desprecien, sin que me aparten con repugnancia; con cada hilo de mi cuerpo acecharé los más ocultos rincones de otro cuerpo, en medio de una fiesta de luz; con hebra de mi carne, lograré la posesión de la mujer deseada. Mi placer subirá en ondas voluptuosas desde la costura de la falda hasta los lazos del corpiño, y, ya saciado, dormiré con un sueño reparador, ceñido a un vientre de alabastro. ¡Y el milagro se hizo! Mis pliegues bajaron por unas caderas triunfales; quedé prendido a unos hombros de nieve; combado sobre unos pechos cuyos botones lastimaban mi sensibilidad, lo mismo que la aguja lastima la tela. Más comencé a sentir molestia de intemperie y a estornudar por todos mis tejidos, como si me hubiese constipado. Porque aquella figura femenina, con toda su pagana desnudez, era una estatua de mármol insensible, y su contacto frío hízome despertar de mi fiebre…  —Ahora que nos está usted contando estas cosas, Pito Pérez, ¿no tendríamos razón si pensáramos que se ha extraviado la suya? —Pero, ¿puede usted decirme cuál es mi realidad y cuál mi ficción? Yo estoy seguro de que existe todo lo que veo, y que la muerte me presta sus ojos para que me divierta, como un anticipo sobrenatural, con el panorama de otros mundos. Una noche sentí que traía un puñal y quise deshacerme de él, porque soy hombre pacífico y odio toda clase de armas, aun en mis mayores borracheras. Lo saqué de la vaina y lo tiré a lo alto, diciendo entre dientes: —No te quiero ver más; escóndete en el espacio. El puñal llegó al cielo y al descender rasgó con su afilada punta las cortinas del firmamento, que se abrieron como una puerta de un pabellón de campaña. Mis ojos atisbaron curiosamente por la rendija de aquel mundo desconocido, y caí en la cuenta de que estaba asomado a la gloria. Los árboles, de un verde artificial, parecían árboles de Nochebuena, cargados de juguetes y de bombones; el prado era un tapete estilo Luis XV, con grandes rosas bordadas; en el centro del cielo, el sol extendía sus rayos, como una lámpara irisada de almendras de cristal, y en las paredes translúcidas, colgaban santos en persona que parecían retratos pintados al óleo. De marco a marco, aquellos justos varones platicaban o discutían los dogmas católicos, con la intervención de San Agustín, que enfáticamente repetía para todo: “Lo he dicho yo”, mientras su maestro San Ambrosio componía, entonándola en voz baja, una canción litúrgica, que glosaba San Gregorio el Magno, con su divino contrapunto. Debajo de un árbol corpulento, el Santo Job jugaba con San Simeón el Estilita una partida de ajedrez, rodeados por algunos santos menores; el Estilita rascábase la cabeza, desesperado, y decía a los que le cercaban: —Job lleva cinco lustros frente al tablero ¡y aún no resuelve esta jugada!   Un anciano venerable, vestido con una túnica de lino, sobre la que flotaba el pabellón pacifista de su barba de nieve, apacentaba, majestuoso, un rebaño de ovejas blancas. Mirándolas con atención, descubrí que las ovejas tenían caras de gentes y unas tablitas al cuello, indicando su nombre y la fecha en que habían entrado al cielo. Todas las ovejas conservaban alguna insignia de su profesión terrenal: los santos esposos engañados, sus cuernos retorcidos; las adúlteras, su inocente sonrisa; las bacantes arrepentidas, su tarifa en dineros, en ropas y en otros obsequios; los tontos beatificados, sus bandas y sus vendas de vanidad. Discurrían por allí carneros lanudos, con etiquetas de ricos que habían legado sus bienes a la Iglesia; otros, con las vedijas ensortijadas y los ojos lánguidos: Magdalenas de sexo ambiguo, que obtuvieron perdón por haber amado mucho. Algunos carneros lucían charreteras de generales, por haber muerto, después de combatir cristianamente, a los enemigos de su religión. Vi unos corderos trasijados, con sus partes pudendas doradas y ostentando sobre su testuz coronas de mártires. El cartel que llevaban en el cuello, decía: Casados con ricas; supieron lo que es fornicar por obligación. Triscaban por todas partes unas ovejillas de ojos tristes, que se refregaban en los troncos de los árboles; eran las vírgenes virtuosas que, a todo trance, defendieron su doncellez. Recostadas con mansedumbre sobre el césped, dormían unas corderas velludas y obesas, cada vez que oían pasos levantábanse y avizoraban el camino: eran las mujeres de los tahúres y de los borrachos que pasaron la vida en espera de sus trasnochadores compañeros. Metí la cabeza por entre las cortinas del firmamento, y vi un cura gordo, con un platillo entre las manos, para no perder la costumbre, como si colectara limosnas. —Padre —le pregunté—, ¿aquí no hay ovejas negras? —No, candoroso hermano, las ovejas negras son los pobres de la Tierra, pero como hay tantos y aquí no cabrían, las acomodamos en el purgatorio, o en el limbo. —¿Y si no lo merecen?   —Los pobres lo merecen todo. Además, ¿qué ganarían con rebelarse? El infierno, como Luzbel. Asustado de la justicia celeste, tan parecida a la de nuestro mundo, me aparté presuroso de la cortina azul y maldije el puñal que desgarró el misterio… —¡Desventurado Pito Pérez, su razón se enreda y se desenreda, lo mismo que una bola de hilo lacre!...



(Continuará)