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Monday, February 26, 2007

Franco Félix








Franco Félix
Escritor Sonorense
Estamos condenados, no al grado bartleby, ni al grado montano, sino condenados, así, como esa cuchara que viste un día sobre una mesa y jamás te preguntaste qué hacía ahí, quién la usó, qué habría sido de ella después de que la ignoraste en el universo; así, ligero, sencillo, como el palurdo que somos casi a diario ante esos eventos terribles de la física: una cuchara perdida en nuestra memoria, o la imagen de ella al menos, sumergida en el más profunda cisterna de nuestro olvido. Pero no me mal interpretes, Rojo, es solamente un reconocimiento, si quieres admitirlo, de la melancolía que está merodeando por acá en esta ciudad, la misma.

Recientemente miré un largometraje de Jim Jarmusch, en el que Bill Murray, representa un papel tan infame, tan plano, tan inmutable y a la vez tan entrañable y conmovedor, que me produjo, como suelen producir los personajes sencillos, un leve mareo casi gestor, que venía siendo impulsado por la complejidad que horriblemente refleja el excasafantasma. Y es que deja entrever el personaje lo absurdos y melancólicos, lo vacíos que somos ante la velocidad de las cosas, el kilometraje velocidad luz a la que se somete nuestra minúscula y molecular vida.

Algunos, como Don (Murray) carecemos de ese perfil barroco al que someten a todos los individuos civilizados: genio y convicción. El sistema se parece a una vaca que tienen conectada a aparatos inquisitorios a la que le succionan la leche marca Moral y Justicia, que se beben todos los niños recién nacidos que, inalienablemente, no tienen madre (para beber de su seno). Pero nosotros, los que tenemos que lactar, nos enamoramos de nuestras madres y preferimos drogarnos con su sexo mientras nuestro padre nos observa como un Edipo crepuscular, redentor posmoderno, desde el umbral de la puerta. Y nosotros somos extirpados, Rojo, somos expulsados de ese círculo vicioso o amoroso en el que se ven inmiscuidos nuestros padres, nos niegan su amor, amor carnal, y lo dividen y comparten sus desolaciones y se justifican emitiendo pequeñas cantidades de un cariño que etiquetan de filial. Y nos aman, y después nos arrojan a un mundo devastado por el sexo y la violencia. Y ahí vamos, aprendemos y tenemos hijos, hacemos de la sexualidad una bandera que se irá corroyendo con el tiempo, con nuestro cuerpo fláccido. Y regresamos la mirada como un boomerang y en vez de nuestros padres hay lápidas con sus nombres y les rendimos culto, y nuestros hermanos, se nos caen de la conciencia y pisamos su flores, las rompemos porque ya ni siquiera aúllan los perros que perseguimos con un palo, “hermano”. Y resultamos detectives salvajes de nuestro propio crimen, porque nosotros somos los que buscamos al traidor, al que matará a nuestro padre, a nuestro Edipo, y somos nosotros, los que nos acurrucamos otra vez en una vagina como en una madriguera, un cementerio. Y nos quedamos con nuestra madre, pero tiene otro rostro y otro olor que significa hembra, porque el sexo rancio de nuestras madres se habrá desparramado en sexo opaco de nuestros padres. No tenemos moral, carecemos de esa justicia poética de la que hablan los artistas. Matamos a nuestra madre y nos jodemos a nuestro padre cíclicamente. Nos orinamos en la habitación de una muchachita que nos ofrecerá su cuerpo como un par de muslos abiertos, apenas perceptibles y voraces a nuestra concupiscencia. Sí, Rojo, debemos admitirlo, estamos condenados a la melancolía, porque estamos condenados a exigirle a este puto mundo un segundo más de existencia, de violencia, de libros, de vino, de calles, de palomas muertas, de Praga, de odradeks, de instantes previsiblemente exactos para nuestro próximo cuento.

Bill Murray, o el personaje que interpreta Bill Murray, bebió calostro y por eso se enfrenta a un mundo desolado, a personajes que tienen más miedo del que él tiene a encontrar su destino, su línea recta en la vida. Los personajes con los que se topa, aunque violentos, frágiles y torpes, alimentados con tubos y envases tetrapack.

Don Johnston (el mismo del Día de la marmota), se enfrenta a una verdad tan obsoleta como posible: quizá tiene un hijo, pero al buscarlo, no busca al asesino, al que se fornicó a su madre, a su amante, sino su destino trágico: el futuro, esa nebulosa incierta. No te digo que ahora mismo enfrentes al cabildo de las flores rotas, ni al último resquicio del fuego enemigo. No, hermano, escampar es morir. Claudicar es adolecer esta puta vida con un puto hallazgo: que nos vamos a morir tarde o temprano. Por eso digo, que la muerte sea lo más impensable aunque estemos a tres o cuatro segundos de morirnos. Amigo, acá también hay melancolía, y también se le quiere como un endemoniado doble kafkiano.Rojo, en Barcelona estás convencido de que es de día, pero aquí, hermano, a estas horas en que tu sombra indica un ocaso a las cinco de la tarde, aquí la noche apenas comienza. Un abrazo desde Venecia.

1 comment:

DIANA-CHAN said...

las palabras del franco :)