Translate

Friday, May 31, 2013

Ibán de León Oscuridad del Agua


Oscuridad del agua

 

Esta lluvia quién sabe por qué. Tanta agua repitiendo lo mismo.
                                                                     José Carlos Becerra

 

 
No recuerdo la fecha —el año de tu muerte—.

Llovía, cosa extraña, a fines de noviembre,

y terminamos todos empapados del agua

que nos trajo tu ausencia. Abrimos las ventanas.

La casa era una isla más allá de las puertas

al iniciar el día, pero se fue llenando

de náufragos insomnes; cuando cayó la tarde                       

el velorio era a un tiempo un murmullo y un eco:

contaban que dormías, y tu sueño, Hermelinda

—déjame recordarlo—, me pareció un tranquilo,

un manso transitar de agua presentida.

 
Las oraciones todas, como un río de niebla,

estancaron el tiempo. La noche nos pobló

de coronas luctuosas, y los cirios, abuela,

te alumbraron el rostro; tuve miedo, después,

al recordar aquel, tu rostro de difunta.

 

Amaneció el fulgor de un cielo confundido

por las nubes oscuras de fines de noviembre;

¿quién durmió, me pregunto, con el velorio a cuestas

y los llantos, los llantos, de los que conocieron

tu sol de mediodía al romper la mañana?

 
Tu féretro radiante, camino de la iglesia,

oscureció las calles donde a veces jugábamos.

El fango de los charcos nos manchaba las ropas;

más adentro la carne, olvidada en sí misma,

nos repetía las lágrimas que nunca fueron nuestras:

no éramos nosotros los que habíamos llorado

bajo el contacto dócil de la reciente lluvia.

 
La misa fue una lenta, inmóvil despedida,

durísima en el ruido de los cánticos fúnebres

y dulce en el aroma de blandos crisantemos.

Tu ataúd aguardaba la venia de los ángeles,

el bosque de sus alas. Esperamos rendidos

la bendición de un mundo que borraba tu nombre

de tanto repetirlo. Al final de tu viaje

—hablo del cementerio, su pequeña capilla—

hicimos una fila para verte, decían,

por vez definitiva; luego vendrían los clavos,

los golpes repetidos que cerraban tu historia

y abrían una grieta en medio de nosotros:

¿hacia dónde tu cuerpo, tus palabras antiguas,

esa lengua de luz bajo las aguas mansas

del arroyo sin nombre que atravesaba el pueblo?

 
Una cruz con las manos, un puñado de tierra;

enseguida los gritos, las lentas paletadas.

Lloré al reconocer el filo de la muerte

—esa luz repentina— en mis ojos de niño.

Supe que no podrías jugar aquella tarde

rodeada por tus nietos, que ya no volverías

a soñar con nosotros: dormías en noviembre,

debajo del temblor y el cauce de la hierba.


Regresamos a casa con las ropas manchadas

por el dolor y el lodo —sus golpes de humedad—,

sintiendo cada uno un distinto fracaso.

El silencio, Hermelinda, reinaba en la penumbra,

en el vacío del cuarto, donde los cirios daban

constancia de la noche, el asombro del hueco:

nunca esa habitación volvería a ser la misma.

Nos miramos como por vez primera

para reconocernos. Cerramos las ventanas,

y esperamos cansados que vinieras del barro,

con la sonrisa aquella de tus días luminosos,

a encender una luz que alumbrara tu muerte.

 

 

Semblanza
Ibán de León (Río Grande, Oaxaca, 1980). Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos (2004) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011). Se ha desempeñado como editor y corrector de estilo en diarios e instituciones educativas. Escribió durante dos años una columna para la revista Conspiratio. Tiene un libro publicado: Oscuridad del agua (ISC, 2012). Actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Oaxaca (PECDA).

 

 

 

 

Friday, May 24, 2013

CORTE DE CAFÉ: Efraín Bartolomé


CORTE DE CAFÉ


Efraín Bartolomé

I
Miro la masa verde desde el aire
Hierve
Es un gran cuerpo informe
que se agita en un sueño difícil inquietante
Tiembla la furia verde
El sueño manotea viscosidades tiernas
Tiernos odios
Su ciega cerrazón de verde espuma herida.


II
Desde los troncos verdes de los árboles
Desde las piedras verdes donde descansa el musgo
sube el hambre al cafeto que crece
siempre verde
bajo la sombra espesa de otros árboles
De los troncos que exudan olorosas resinas
Desde la arcilla roja que se convierte en cántaro
bajan hombres o sombras a encontrar el café
Deambularán por las largas avenidas del día
Dormirán bajo el frío sucio de los portales
(Qué reguero de muertos bajo la bota pesada del sueño)
Partirán con los vientos del invierno
Hoy he visto una sombra lenta sombra amarilla
ofrecer su trabajo para cortar café
a las puertas de mi casa
Y se ven tantas sombras iguales en la calle
que sabrá amarillento
el café de la tarde.

III
Hoy vi a un hombre sonriendo torpemente
Se destrozó los dedos
recogiendo café del piso de estos días amargos
Con estas mismas manos acaricia su hambre
a la hora del posol
A la hora justa en que alguien bebe café
con restos de esta sangre
Con sangre de estos dedos
Con dedos de estos años
De otros
que son los mismos
En esta exacta hora encendida de rojo
en que un hombre sonríe torpemente
a sus manos con sangre.

IV
El cafetal L a sombra L a serpiente
Este vapor que ahoga
: húmedo trapo entrando en los pulmones
La tierra en que te vas hundiendo
desde hace cuánto
por quién para qué por qué
Responda la nauyaca
del incierto color de su veneno
Contesta nigua
desde la carne tierna bajo la uña
Talaje Piojo
Escarabajo Chinche Casampulga
De cada moretón
De cada cicatriz en la piel de la vida
Respondan!

V
Qué silencio en el fondo del cafetal
Qué oscuridad moviendo las hojas más delgadas
de los árboles
Qué altura truena bajo los pies sobre las hojas secas
Al tallo del cafeto se enrosca el miedo
Arriba
tras la techumbre en sombra de los árboles
el durísimo sol
babea su rabia.

VI
Y quién dice que no vienen del sol todos los males
Y por qué no
Si cada red de luz lanzada sobre el mundo
fermenta el malestar
Convierte en larvas los huevecillos de la enfermedad
Hinca la brasa cruel de su cigarro
sobre la piel más tierna
Pero también desangra las lagunas
Adelgaza los ríos
Luye los cortinajes de la lluvia
y hace surgir las gotas de sudor
humana transparencia
como un collar de sal
que a veces da sabor
o cae
sobre una llaga.

VII
Aquél siembra café con sus manos rugosas
Ése poda el café con sus ásperas manos
Otro corta el café con manos primitivas
Manos iguales despulpan el café
Alguien lava el café
y se hiere las manos
Otro cuida el café mientras se seca
y se secan sus manos
Alguien dora el café
y se quema las manos
Otro más va a molerlo
y a molerse las manos
Después lo beberemos
: exquisito
y amargo.

Efraín Bartolomé (Ocosingo, Chiapas, 1950). Referente obligado de la poesía en lengua castellana. Su verso se extiende o retrae tomando con maestría el espacio de la página. Hay en su obra una cadencia elegante y rotunda, sustentada generalmente en la utilización libre del heptasílabo y el endecasílabo. En su lírica se unen el amor erótico como celebración de vida, la naturaleza en su aspecto dual (benéfica-terrible), así como una profesión de fe en la palabra, asumida en su quehacer lírico como un sacerdocio. Ha publicado entre otros títulos: Ojo de jaguar (1982), Ciudad bajo el relámpago (1983), Música solar (1984), Cuadernos contra el ángel (1987), Música lunar (1991), Corazón del monte (1995), Partes un verso a la mitad y sangra (1997), Fogata con tres piedras (2006), entre otros. Su obra se reúne en Oficio: Arder (1999) y El ser que somos (2006). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1984, Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 1993 y Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1996. En 1994 ingresó al Sistema Nacional de Creadores. Su obra ha sido traducida a casi una docena de lenguas. // Mijail Lamas