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Monday, February 24, 2014

Diego Velázquez Betancourt : Botellas al mar

 
 
Te lo dices al abrir la portezuela del taxi: a los poetas siempre les toca trabajar en otra cosa para sobrevivir. Quizá ese hecho sea el camino ritual de todo poeta. Y mientras de día consiente cualquier actividad con tal de conseguir dinero para el vino (repartir recibos de luz, meserear en restaurantes chinos, contestar teléfonos en oficinas), de noche, en la sombra, palea el agujero de su tumba... literaria, martilla versos, edifica derrumbables castillos de arena, barquitos naufragantes, ensarta piedras desiguales en el collar de la lengua.
¿Qué misterio es el poema?, te preguntas al encender el automóvil y soplarte vaho caliente en las manos. Si escribieras un poema en una servilleta y no lo mostraras a nadie, antes bien, doblaras esa servilleta y la convirtieras mediante origami y tijeras, en sombrero, en barco, en avión, en pedacería de palabras, cascajo de la gran pared de la poesía, papel picado para el basurero, ¿dónde radicaría la fuerza del poema extinto, no leído, no vociferado para despertar a las estatuas?
En que lo sabe el poeta: tenía en una hoja de papel siete versos, siete ladrillos: un irregular asomo de bosques torcidos, mares corcovados, montañas colapsadas, amarillos chillantes y nubes. Siete líneas que decían algo pero desaparecieron. Todo rastro del poema fue borrado y el poeta carga con esa ausencia.
–Cargo con la ausencia de un poema y su silencio me quema –murmuras, al avanzar por la calle–. Era un poema aguafiestas. No lo quise recitar porque hubiera devastado el mundo. Y porque era malo. Que siga, que siga la fiesta, que haya en el mundo la fiesta.
“¿Cuáles son los verdaderos versos del poema aguafiestas?”, piensas y te has metido ya al flujo de Periférico.
Y caes en la trampa por ir pensando en las palabras y sus relaciones y lo que se debe decir y lo que se quedará callado. Por no dar un volantazo a tiempo. Estás rodeado. No hay salida: la fila de automóviles adelante, atrás, a los costados. El congestionamiento. Tu taxi es un toro cercado, amansado por la domesticación de los toros que montan, con los vidrios arriba, los otros conductores. “No debí meterme en Periférico”, te dices.
–Periférico no existe –te recita el tao.
Entonces te recargas, alzas la vista por arriba de las inmóviles carrocerías de colores y los edificios espejeantes y el corral de las montañas y piensas en el mar.
En el mar hay olas. El mar es salado. En el mar hay espuma. Hay peces muertos en la orilla. Hay arena y tus pasos en la arena y las huellas que muerde el mar y engulle y lo alimentan de olvido. En el mar hay nubes y cielo y pelícanos que nadan el aire y se echan clavados y se vuelven flechas. En el mar hay olas. El mar es salado. En el mar hay espuma. Hay cuervos, gaviotas, buitres. En el viento del mar se tumban los zopilotes durante horas. A los labios del mar los besan todos los ahogados. El mar es inabarcable y está lleno de barcos.
Y allí, de pronto, una desviación y sales del Periférico. Avanzas por una calle paralela y tomas rumbo a Tlalpan. Un congestionamiento tan temprano anuncia dilataciones, retrasos, desertores del metro o los peseros.
Aquí empieza el oficio del que sobrevives.
(“Es de los oficios más nobles”, te dijo tu hermano cuando te pidió que ruletearas su unidad. “Siempre y cuando no te encuentres a la muerta. Ahí da miedo”. La leyenda dice que una mujer pide que la lleves a su casa y cuando llegas y volteas para cobrarle ha desaparecido, dejando detrás sólo una estela de frío.)
Escudriñas el rostro de los trabajadores que esperan el autobús, sopesas la irritación de la muchedumbre, el atraso y el apuro en su mirada: andas al acecho del primer peatón desesperado. Ese que se quedó dormido y es tarde, y ha salido atribulado de su casa pidiendo taxi. Lo estás cazando y los otros taxistas también andan tras él. Todos lo huelen porque los días difíciles, los embotellamientos tempraneros, provocan que esa presa esté siempre latente. Avanzan por el asfalto como depredadores por el río: cocodrilos. Y el significado de taxi debería volver a ser cocodrilo.
Te asomas a las bocacalles en busca de oficinistas apresurados. No falta mucho para que aparezcan en manada y los cocodrilos están alertas. Miras tu reloj: son las ocho de la mañana.
–A las ocho de la mañana vendrá ella –dices en voz alta.
Así comienza todo: “A las ocho de la mañana vendrá ella”.
Se subirá a tu taxi y te dirá: “Lléveme al mar”. Y tú la llevarás y en el camino le contarás todo lo que sabes del mar. “La fruta del mar son las olas y da todo el año”, le dirás.
Desvías el taxi a un lado de la banqueta, frenas, sacas una pluma y una libreta de la guantera y anotas: “Las olas son la fruta del mar / Su cultivo requiere arar el agua y ponerle sal y ponerle viento / La luna ayuda a que crezcan altas las olas / Los nortes provocan que las olas se enfermen y lleguen atropelladas y tosigientas a la orilla / Las olas son de las frutas para comer desnudo”.
Piensas en que se lo tienes que leer al de los jugos. En cuanto veas un puesto metálico de jugos, vas a bajar, te vas a comprar uno de betabel con alfalfa y leerás tu poema. El de los jugos, a cambio, quizá te llenará un vaso con agua, le echará un puño de sal, la revolverá con una cucharilla y le soplará. “Ahí tienes tu poema”, te dirá.
Anotas en la libreta: “Hacer el poema-objeto titulado ‘Fruta del mar’. Se necesita sal, un vaso y agua. El agua se pone dentro de un vaso y después se le añade sal. Se pone el vaso sobre una mesa. La mesa se pone dentro de un museo.”
¿Qué dirá de tu poema-objeto el vendedor de jugos? O la vendedora de tortas. “Usted es un farsante, ¿cómo se atreve a decirme que un vaso de agua con sal ya es el mar?”
Quién sabe qué dirán. Habría que preguntarles. Intuyes que no te creerán nada, te lo creerán todo o no les importará.
–No soy un farsante, señora... –recitas en voz alta y dejas la frase a medias.
Y escribes tu defensa.
“Me remiten con usted / señora / Y yo me traigo / derramada en vocablos / esta sangre / palabras que encontré / punzando cada nervio / de la carne / del alma / ahora expurgan su veneno / estas palabras rojas / pero sé que son insuficientes / señora / y por eso estoy aquí”.
La titulas: “Vete a la chingada, tú no sabes nada de poesía”.
¿Serán esos versos los verdaderos versos de un poema con ese nombre?, te preguntas, mirando una y otra vez esa composición que, lo sabes, no sirve para nada, no te da de comer, no te rescata en caso de incendio, choque, explosión, inundación, daños a terceros, no salva un matrimonio, no evita los asteroides. Pero a veces, como hoy, como ayer, te diviertes. Y luego piensas, ¿por qué no?, en juntar tus versos, amarrarlos y construir un libro de quién sabe qué, deshojarlo y echarlo al viento.

Amanecerá sobre las olas y tú aún estarás dormido. Acostumbrado ya a los portentos cotidianos, no verás al sol meter sus rojos dedos al mar, como para sentir su temperatura, ni cómo abre la puerta del horizonte en gajos de toronja. Habrás anclado a unos cuarenta metros de la última ola y, acostado en la hamaca que cuelga en el bote, inquieto, saldrás de la pesadilla de estar manejando otra vez el taxi.
Tras frotarte los ojos y soltar el bostezo y comprobar que estás meciéndote aquí, te preguntarás qué significa que sueñes tanto con el taxi o que te angustien Periférico, Anillo de Circunvalación o el Eje 8. Juntarás los extremos de la hamaca de vuelta en su esquina, para que no estorbe a mitad de la cubierta, te asomarás por la borda y te echarás agua en el rostro; te dirás, al sentirla escurrir fría por la barba, los pómulos, los párpados, que ahora sí ya has despertado.
Descolgarás la atarraya de su clavo, la desplegarás cuidadosamente para evitar que se enrede, caminarás con ella a babor y la echarás al mar. Dejarás que las redes se expandan y se hundan cuadriculando las ondas. Eres pescador y vas a levantar tu desayuno. Mientras tanto, tranquilizarás tu estómago con un pedazo de pan. Debes de tener pan. Tendrás bolillos guardados en una bolsa de plástico, para evitar que se vuelvan duros.
Recuperarás la red y examinarás sus hilos vacíos y te dirás que no importa. Que hay tiempo, que no pasará mucho antes de que atrapes tu primer pez. Y para entonces te habrás olvidado del enfrenón a milímetros de un Passat gris, de los claxonazos sistemáticos, de pendejear al del camión de la basura que, al echarse en reversa, pudo haberte roto la madre. Lo habrás olvidado porque sentado en el bote todo será calma y espera. Harás otras tiradas infructuosas con la atarraya antes de que salga el primer pez o acaso tengas esa maldita suerte que siempre te elude y de pronto la red venga rebosante: carpas, huachinangos, meros, todos agitándose en el piso de tu bote, boqueando porque se ahogan, porque el aire se filtra por sus agallas y les inunda las venas, los aplasta, los moja.

–¿Me da uno de betabel con alfalfa?
Hubieras querido pedir un licuado de olas.
Con una señal de los dedos, la muchacha de los jugos te dice que la esperes un momento y prende la licuadora. Las aspas trituran las guayabas. El ruido del motor forzado acalla por un instante al locutor de la radio a espaldas de la muchacha. El locutor salmodiaba noticias e indignaciones éticas con la voz del que piensa sólo en su cheque de fin de mes.
La muchacha apaga la licuadora, vacía el contenido del vaso a través de un colador, le da golpecitos en los bordes con la palma de la mano, entrega el licuado de guayaba al hombre que espera frente a ti.
–¿De qué? –te pregunta, ahora sí, con tiempo y toda su atención puesta en tu pedido.
“De olas”, hubieras querido decir.
–De betabel con alfalfa.
¿Le deberías enseñar tu poema? Lo arrancaste de la libreta, bajaste del taxi y caminaste al puesto de jugos con toda la intención de regalarlo. ¿No acaso borracho paseas por bares y escribes en servilletas ansiosos versos galanes y los repartes entre las mujeres que beben solas? ¿Por qué ahora no te atreves a sacar la hoja de tu bolsa, desdoblarla y leer? ¿Qué los poetas no están locos o sólo borracho eres poeta? ¿Qué no traes hoy un poco de locura en tu corazón?
¿Pero cómo te atreves a nombrar el corazón? Tacha esa palabra. Táchala mil veces, que se acabe la tinta de tu pluma en borrar esa cursilada de tu mente.
Sacas la hoja, la desdoblas y escribes en la parte posterior: “Yo quiero hablar del corazón / pero no quiero nombrarlo / Tacharé la palabra hasta que mis latidos no tengan sentido / Toda la historia de la literatura me pide que borre esa palabra / ¿Pero soy poeta para agradarle a la historia de la literatura?”.
–Aquí tiene –la muchacha te da una bolsa con tu jugo de betabel y alfalfa. De la bolsa asoma un popote: tú das un sorbo: te gusta el betabel.
La muchacha de los jugos te sonríe. Es el momento de que voltees tu hoja y leas tu poema sobre las frutas del mar.
Pero sólo pagas. La muchacha te da cambio. ¿Será acaso que sólo eres poeta para agradarle a la historia de la literatura?

“El corazón es el apéndice de los hombres duros / yo me lo arranco y lo tiro a la basura / Cuando necesito besos / los tomo... / Tú no deberías de dar besos, / me dicen las mujeres / Tú deberías estar en una tumba / sumando y restando / archivando / tomando el café de diez y media a once / y saliendo muy muy tarde / Hazle un favor al mundo / y ya no des besos / porque tienes la boca podrida / y ya se te cayeron los dientes / y te hieden las encías / y no sabes a corazón”.

Dejarás anclado tu bote y saltarás con los brazos abiertos al agua. Saltarás desde la proa. O desde la popa. Saltarás de frente, girando, de pies, de panzazo. Y la explosión de tu salto espantará los bancos de peces, las medusas rosáceas, saldrán desbocados los caballitos de mar, relinchando burbujas, y las mantarrayas se alejarán de ti con pánico.
Bracearás en las ondulosas aguas y su frío despertará tu sangre mamífera y transitará tus venas a chorros rápidos: nunca habrás estado más despierto que cuando nades y sumerjas la cabeza y arrojes agua por la boca como fuente.
Después subirás al bote, revisarás que tu pez siga cocinándose al lento calor de los rayos convergentes de tu estufa solar y, como aún estará a término medio, escalarás por el techo de tu barca hasta la punta del mástil. Mirarás el horizonte que se abre a la mañana como una flor, aspirarás el oxígeno salado que emana de su corola.
Luego saltarás al mar de nuevo, como jara disparada por un arco invisible. Tus manos tocarán el agua, la socavarán para que tu cuerpo entre: salpicarás la flor de la mañana. Serás aguja hipodérmica en la piel del mar: entrarás, te hundirás, patalearás para ayudarle a la gravedad y al impulso a que te lleven más al fondo, a lo oscuro.
Tendrás los ojos abiertos en esa noche que habita debajo. Siguiendo la cuerda del ancla, buscarás tocar el fondo marino: el desierto de arena blanda que transitan los cangrejos. O el bosque de algas serpentinas, la gran ciudad de medusas y aguamalas. Con los ojos muy abiertos y los brazos estirados y el retumbo de la sangre comprimida en la cabeza, tratarás de situarte en el fondo, tú, seguidor inconstante del tao. Te aferrarás a las algas del fondo y no pensarás en nada.
Visto desde el fondo, con tu mano en la cuerda del ancla, tu bote será un papalote sostenido por una cambiante telaraña de luces y reflejos. Quizá algún pelícano plantado en la proa reposará sus alas en el vuelo de tu bote.
Por unos momentos, el mundo habrá prescindido de ti. Si desde la playa examinaran con binoculares el interior de tu barca de madera, no verían nada. Pensarían que la tuya es una barca a la deriva.
Y tú serás como un nonato durmiendo en el mar amniótico.

–Mire, por allí se puede pasar –te dice la señora que lleva a su hijo a la primaria. El niño, peinado con limpia raya de lado, está a punto de regar su desayuno en tu asiento: come un sándwich de mermelada y la mermelada le escurre por los dedos.
Lo que pide la señora es que inaugures un cuarto carril por el estrecho que dejan los automóviles estacionados y los que esperan a que se ponga el verde.
–No creo, señora –dices.
El taxímetro anota otro peso a tu favor. La señora te mira con suspicacia.
–Ni pareces taxista, chavo –suelta la mujer.
Si no fuera por la aspereza del tono, eso te sonaría a elogio.
Te gustaría decirle que no eres taxista, que tu hermano te cedió el oficio ahora que entró a trabajar a la fábrica, que tú eres poeta. Le podrías enseñar uno de tus poemas justo en este momento. El poema que, por ejemplo, anticipa tu muerte y el destino de tus residuos. Una pequeña obra maestra del arrebato hipocondríaco y pacheco. Pero mejor te callas y observas sin esperanza hacia el semáforo en verde y el muro inmóvil de coches que no avanza ni deja avanzar.
Un goterón de mermelada se ha evadido del sándwich y cae sobre el suéter del niño. Lo ves por el espejo retrovisor. Ves al niño limpiársela descuidadamente con una mano antes de que voltee al exterior y exclame:
–¡Mira, mamá, globos!
El globero camina tranquilamente por la calle, ajeno a la emoción que provoca en el niño: una emoción que pinta manos de mermelada en la ventanilla.
–Señora –dices–, su hijo está ensuciando la unidad.
Pero qué pelmazo se escucha eso. ¿No recuerdas ya el tao?
–Uy, ora hasta se pone digno... todavía de que el taxímetro cobra lo que quiere...
Y la mujer no hace nada por detener el entusiasmo de su hijo:
–¡Quiero un globo, mamá! ¡Uno de Bob Esponja!

Soy un taxi / queriendo ser globo / La ciudad se sube a mis asientos / asisto mudamente a su prejuicios / a su desfile de máscaras / muestro a veces los dientes por sus chistes malos / Soy, sin remedio, cómplice de la insatisfacción y mi destino será el asfalto y los baches y los chicles. / Ah, quién fuera globo / y un día simplemente / inflarse hasta casi reventar / escurrirse de las manos del niño / ser un manchón de colores en el cielo.

Pero allí, en tu barca, los rayos de luz que caerán en tu cocina solar se doblarán una y otra vez en los espejos y el nudo concentrado de calor confluirá en tu pez recién capturado, sazonado con pimienta.
Tú emergerás del agua con los pulmones casi a punto de reventar. Subirás a tu barca de madera por la escalerilla. (Serán tres escalones adosados a la popa, nada demasiado complicado, como los escalones de una casa de árbol). En cubierta revisarás que tu red no se haya llenado de agujeros. La enrollarás y la colgarás de un clavo.
Luego servirás en un plato tu pescado. Te lo comerás. Pensarás en que comerte el pescado que tú mismo atrapaste con una atarraya, que ahogaste de aire con tus propias manos, que descamaste, limpiaste de vísceras, marcaste con tres rayas verticales, sazonaste con limón y pimienta... Ah, todo lo que habrás hecho por ese pescado: pensarás en que será como si comulgaras con él.
“Yo comulgo con el pescado / yo comulgo con el pescado / el pescado y yo somos hechos de la misma carne / su muerte me ha recordado mi propio fin / su muerte preserva mi vida como mi muerte preservará la vida de otro / ojalá de un buitre / El pescado y yo somos una síntesis / Yo soy el pescado.”
Y luego tomarás esa nota que te ha dejado la mañana y la envolverás como pergamino. Meterás ese pergamino en una botella vacía. Taparás la botella con un corcho y la arrojarás al mar.
Verás perderse la botella en la marea.


Suena el celular. Es tu hermano. Te pregunta cómo te va.
–Hice un poema sobre un pescado.
–Chale, ¿ya andas de güevón de nuevo?
–Así es. Y me salió un poema sobre un pescado. Creo que no es de lo mejor. En realidad le falta mucho. Pero me salió de jalón.
–¿Y por qué sobre un pescado? ¿Quieres echarte un pescado? Ve a comer a la casa. Yo ahorita voy para allá. Le puedo decir a Lety que se haga unas mojarras. Me dijo que apenas iba a salir al mercado. Déjame le llamo a su celular.
–No, va a ser mucha molestia. Sólo te quería contar que se me vino a la mente eso. El poema de un pescado. Y lo hice.
–¿Cómo va?
–Bueno, habla de que comer pescado es un acto ritual, litúrgico, estás devorando lo muerto, lo que tuvo vida y ya no la tiene o de algo así. No estoy muy seguro. Ya no le quise echar otro vistazo.
–¿No lo tienes ahí a la mano?
–Sí.
–Pues léemelo.
–No, lo que pasa es que todavía está muy sucio. Me da pena mostrar algo que no está trabajado.
–Nunca enseñas nada. Siempre es la misma excusa contigo. A mí se me hace que nomás eres tizo.
–Oh, ¿ya ves? Lo que pasa es que el poema no se gana sólo con la pasión del momento, hay que cincelarlo con calma. Encontrarle sus verdaderas palabras.
–Ay no mames, güey. No le eches tanta crema a los tacos y deja de fumar esa chingadera porque te van a apañar lo tiras. Mejor sigue chambeando.
–Oh, ¿ya ves?
–Fuera de mamada, ya, ¿cómo va el día?
–Flojo y mermeladoso.
–¿Qué es eso de mermeladoso?
–Un niño embarró de mermelada las ventanillas. Y no veo a ningún chavo de los que limpian vidrios.
–Ya lo hubieras limpiado tú, güevón. La unidad está a tu cargo.
–No, que orita lo haga un chavo.
–Oh, qué la canción... Oye, ¿y entonces qué con eso?
–¿Con qué?
–Con la comida. ¿Que sea pescado? Orita le llamo a Lety y que se traiga unas mojarras. ¿A qué hora pasas?
–No, yo creo que me voy a echar una torta.
–Bueno. Entonces te veo mañana.
–Sale.
–No se te olvide pasar a casa de los jefes y dejarles los quinientos.
–No, no se me olvida.
Y cuelgan el teléfono.


Echarás tus poemas al mar. Ararás con poemas sin destinatario el fértil olvido del mar y no cosecharás nada. Le rugirás tus poemas a esa oreja sorda hasta que tu voz enronquezca o se haya transformado en un blabla ininteligible y seco.
Quién sabe si tu poesía se trate de ese arar en el desierto.
Probablemente no.
Probablemente tu poesía no tenga sentido o ni siquiera tú sepas definir cuál es o quizá estás ciego a su sentido.
De todas formas el mar no te escuchará. Nunca lo hace. No sabe hacerlo. Le vale reverendas madres que tengas pretensiones de poeta: él acepta todo: te acepta a ti y a tu barca y por allá está ahogando a un nadador y por allá da cobijo a una tribu y por el otro lado manotea las paredes de hoteles hasta derrumbarlas. O todo lo contrario: por allá destruye otra vez alguna de esas aldeas costeras que siempre han estado destruidas, allá se columpia como una sonrisa frente a los resorts de lujo, allí asesina a toda una familia de Tlaxcala que fueron a conocerlo por primera vez.
Pero, noble como es, agarrará tus poemas, se los echará a la espalda y se los llevará lejos.
Tú nunca volverás a verlos.
¿Llevarán encerrado esas botellas algún verso infeccioso, uno que pueda alguien leer una vez que quite el corcho y lea el papel, y ya no se le pueda olvidar y lo traiga pegado a la piel y al corazón para siempre? ¿O no llevarán más que palabras amontonadas y sin sentido?


En Ermita sube un tipo gordo. Recorre en silencio todo el camino con las manos cruzadas encima un maletín de cuero sobre sus piernas. Baja en Circuito Interior. Sobre el mapa de la ciudad, una línea recta. 12.50 pesos. El gordo paga con un billete de cien. Parece triste. Todo el camino sólo fue mirando las fachadas de los negocios por la ventana. Piensas: “El hombre triste / se subió a mi taxi / me pidió que lo llevara al centro / Todo el tiempo fue mirando fachadas comerciales por la ventana / Se fue y detuve mi taxi para ver por la ventana / vi fachadas comerciales / Qué triste es asomarse por la ventana y ver la calle.”
En Moneda abordan dos amigos, jóvenes. Hablan del escote de Norma, de lo buena que está Norma, de la fiesta del día anterior. Bajan en Eje Central. Sobre el mapa de la ciudad, una línea quebrada. 16.35 pesos. Te pagan con un billete de veinte. Les das cuatro pesos de cambio y los ves irse. Piensas: “Mis ojos siempre cayeron en tu escote / Norma / y mi ojo, cuando cae en un escote / se convierte en mano / en lengua / en boca /Cierto, guardaba compostura el resto de la noche / reía de los chistes de los otros / y a veces me daba cuenta / de que otras cosas / imágenes / pasaban frente a mí como sombras / pero básicamente mi rostro tenía las cuencas vacías / porque mis ojos se habían caído en tu escote / y ahí se quemaban como gusanos en sal”.
En Bucareli te para una anciana. Platican sobre delincuentes y las cosas que no se veían en otros tiempos. Baja en Montes Urales. Sobre el mapa de la ciudad, líneas quebradas, zig-zags, curvas. 45.20. Te paga con el cambio justo. Tú hubieras querido recordarle que el mundo siempre ha sido una lucha darviniana, un eterno patearse mutuamente el culo pero llegaron antes al destino.
En Reforma sube una joven. Con voz firme, ligeramente arrogante, va acomodando su oficina por el teléfono. Baja en Nueva York, colonia Nápoles. Sobre el mapa, líneas rectas, una quebrada. 25.40. Te paga con un billete de doscientos. No tienes cambio. Le regresas el billete y te da uno de cien. Así sí: le das de cambio todo el dinero que llevabas hasta ahora. Se va.
Miras el billete de cien pesos.
Piensas: “A este paso, no les voy a poder llevar los quinientos varos a los jefes / y mi alma se volverá neutral y gris como asfalto y concreto”.
Y te ríes. Te ríes fuerte: la mala poesía siempre te recuerda que estás vivo, que tienes sueños y que son decepcionantes. Y que otras veces no.
Pero no les vas a poder llevar los quinientos varos a los jefes. Chale.

Lo más molesto será bajar de la barca porque habrá que buscar dinero y verduras. Salirte del poema que habitas, al que tu aislamiento le va dando certeza, salir de tu soledad: ese mundo donde no cabe la contradicción de ser y por eso es tan disfrutable. ¡Qué molesto bajar a tierra, tú, habitante de un globo de la luna, un papalote del mar! Qué molesto abandonar tu puesto de loco jugando a ser loco y tener que ponerte a vender lo tuyo, traficar con pescado o poemas o ser juglar o tocar la guitarra o mover la panza a los turistas. Pero todo será por el vino y por vivir en la barca y poder ser, durante unos días, aún sin que nada sostenga tus versos en una segunda lectura, poeta.

Has estacionado tu taxi frente a un puesto de tortas, te has bajado y le has pedido al tortero una de milanesa con quesillo y rebanadas de piña. El sucio letrero de cartulina fosforescente la describe como torta argentina.
–¿Le pongo chipotle? –te pregunta el hombre, con la ceja alzada, a través de la ventanilla redonda de su puesto metálico.
–Sí –y te quedas callado.
Y mientras miras los refrescos a través del cristal del refrigerador, piensas en que en lugar de haber dicho simplemente sí, debiste haber propuesto antes: “te cambio dos poemas por una torta”. Y esperar la reacción del tortero. ¿No acaso tendrás que vivir en algún momento de preguntarle a bocajarro eso a los desconocidos, a los turistas de las playas? ¿No acaso tendrías que vivir ya de eso, errante en una barca construida con tus propias manos, de trueques de poemas u ofrendas al mar?
–¿Le pongo aguacate?
–Sí –y te vuelves a quedar callado.
Porque ahora te justificas: es demasiado tarde. Debiste haber negociado el trueque antes de examinar en la cartulina la lista nombres extravagantes y precios. “Oiga, soy poeta, le cambio mis poemas por comida”. Así, directamente: lo peor que te hubiera podido pasar era que rechazara el trato sin más. También te podría haber mirado fijamente, como pensando que estabas idiota. Se pudo carcajear.
Pero quizá hubiera dudado, quedarse con la boca un poco ladeada, en actitud pensativa, con los ojos mansos puestos sobre tu figura de poeta jodido. Quizá el hombre te hubiera pedido poemas urgentes de amor para la del puesto de dulces. Tú no sabes escribir poemas de amor porque no tienes corazón.
Pero en realidad no sabes nada, no sabes qué hubiera pasado, ya no lo sabrás porque el hombre te ha extendido una bolsa de papel estraza donde ha metido tu torta y dos servilletas. Tú se la recibes, buscas en tus bolsillos y das el dinero. Fin.

En Barranca del Muerto sube un marino en traje de gala blanco. Lleva corbatín, gorro, su capita en la espalda; los pantalones bien planchados lo hacen ver maniquí comando a la mitad de la avenida. O elegante, según la distorsionada idea de elegancia de los militares.
–Vamos a Miramontes –ordena–. A la secretaría de Marina, ¿sabes dónde es o te digo?
–Sí, jefe.
–¿Sí sabes o sí te digo?
–Sí sé. Tengo un mapa de la ciudad en la cabeza.
–¿Por dónde te vas a ir?
Le recitas lo que ves en tu mapa mental: “Periférico / la Glorieta de Vaqueritos / Miramontes”. Él accede. Al principio avanzas rápido, pero por Periférico, a la altura de Gran Sur, el río se detiene. Tu cocodrilo ronronea a mitad de la avenida. Tu cocodrilo toma el sol en el asfalto del Periférico, satisfecho.
–¿Sabe? –comienzas a decir y te arrepientes de inmediato de estar hablando porque ya interrumpiste al silencio–. Siempre que me pasa esto, que me quedo en un embotellamiento, pienso en el mar. Lo recuerdo mucho.
–Ah, qué bien.
Avanzan veinte metros.
–¿Usted dónde está destacado?
–Tabasco. Pero ahorita ya llevo tres meses aquí.
–¿Y qué tal se la pasa uno allá?
–De la chingada. Pinche calorón. Y las inundaciones son una chinga. Pedí mi cambio a la ciudad.
–¿De veras? Yo nunca me iría del mar.
–Para ustedes los civiles es bonito pensar en el mar porque sólo van de paseo. No viven ahí y no comprenden lo dura que es la vida marina. Todo lo que es la costa está ahorita de la chingada. Hay mucho narcotráfico.
–Bueno, pero aquí también. En todos lados.
–Pero aquí los locos se cuidan más para matar. Aquí, en la ciudad, siempre hay alguien que ve qué te pasa. Tus vecinos, tu familia, los que van caminando. Siempre hay testigos. Allá te vas a alguna costa y, en una de esas, ya no vuelves. Y que encuentren tu cuerpo se vuelve imposible. En medio día te pueden comer los zopilotes y ni quien se entere.
–A mí me gusta el mar –dices, sin que trasluzca demasiado tu emoción. Podrías decirle que los locos matan donde sea. Pero no quieres hablar de narcotráfico sino del mar. Ya estás harto de que, de cada diez conversaciones con pasajeros, siete traten de la inseguridad. Luego añades–: Algún día me gustaría construir una barca con mis propias manos e irme navegando por toda la costa.
–¿Construirla a mano? –el marino te habla con suspicacia. Quizá hay una nota de desdén en su tono–. ¿Eres carpintero?
–No –respondes con honestidad–. Pero he investigado sobre veleros...
–¿Quiere construirse un velero? ¿Usted solo? ¿Y no es carpintero? Pues ya debería de haber empezado, porque se va a tardar.
Y tras eso continúan el resto del tiempo en silencio. Llegan a la calzada de La Salud. En el mapa de la ciudad, un trazo que abarca zigzags, curvas a la izquierda, rectas y una hora de camino. 98.40. Te da un billete de cien y te dice que te quedes con el cambio.
–¿Te puedo decir un par de cosas sinceramente? –pregunta el marino al bajar del taxi.
Tú dices que sí por cortesía, pero ya sabes que cuando alguien te va a hablar sinceramente, casi siempre va a decir una estupidez que sólo se aplica a su propia vida.
–Para ser marino hay que estar en la marina. Con perdón de la expresión, pero usted sólo está haciéndose chaquetas mentales –quizá ve tu cara de estupefacción, porque añade, comprensivo–: ¿Cuántos años tienes? Si tienes menos de veinticinco todavía puedes entrar a la Marina y ver lo que es el mar de verdad. O estudiar una ingeniería, para ver cómo se hacen los barcos. No se puede hacer un velero nomás con las puras buenas intenciones. Hay regulaciones que atender.

¿Que quiere usted vivir la poesía / exprimirse palabras aladas? / Pero sólo en este corralito, por favor / deje sus versos bien envueltos en un libro de poesía / mándelos a un concurso / léalos para los oídos de parroquianos sordos / en ese café, todos los martes / Mire, descúbrase la frente, lo observan treinta siglos de poesía / No vaya a cometer la gansada / de creer que su voz es confeti y que esto es un desfile / y la quiera aventar por la calle / Tiene que entenderlo: / usted vive en esta burbuja y si la revienta se muere / nadie le perdonará que se salga de la burbuja / recuerde que esto es serio / Recuerde que la poesía no es moneda de cambio / No se atreva a comprar una torta con un poema / No se atreva a ser prosaico / y se ponga a hablar solo en la calle.

Le pones título: “Consejos de la historia de la poesía”. El poema no te satisface, pero se parece ya algo con cierto mensaje (sin embargo, está tan sucio, tan hecho de jalón). Tendrías que leérselo al siguiente pasajero para que sea verdadero, para que chispee verdad. (Pero es que está tan sucio, tan verde). Arrancas con esa determinación, hundes el pedal del acelerador, el cocodrilo avanza con la boca abierta dispuesto a tragarse al siguiente pasajero, al que le leerás alguno de tus versos, cualquiera.
No pasan ni diez minutos y la ves estirar la mano allí, en una esquina: la mujer de cabello azul. La tristísima. Más triste aún que el hombre triste del maletín de cuero. Te frenas y quisieras preguntar:
–¿Por qué estás tan triste?
–¿Cómo te llamas, mujer triste?
–¿Qué comen los pajaritos, tristísima?
Pero no, mejor no hablas, sólo levantas el seguro de la portezuela. Sólo sonríes amigable.
La mujer aborda el taxi.
–A Polanco –dice, y con voz resignada y plana te indica puntualmente las calles que debes recorrer. En el mapa de la ciudad se avistan curvas, bucles en puentes, avenidas. Miras a la mujer a través del espejo retrovisor y asientes. Calculas que tardarás una hora de camino y piensas que deberías leerle poemas a mansalva. Pero ella asoma ya la mirada ausente por la ventanilla y te deja caer su silencio e indiferencia.
Llegas frente a un semáforo en rojo y frenas, aplastando los discos hasta el chillido de rata. El taxi se detiene. Te remueves en tu asiento y miras de reojo las notas a tu lado y ocurre uno de esas pulsiones mentales que funden la conciencia y ésta queda en blanco y tus pensamientos los guía tu cuerpo, como en automático, y entonces es tu mano la que piensa, la que se lanza a pasar las hojas de lo que has escrito en días como éste, para momentos como éste; es tu mano la que piensa y apenas si tu ojo participa de soslayo de su determinación; es tu mano la que piensa y si alguien le preguntara, qué haces, mano, tan temblorosa, pasando las hojas de esa libreta vieja, arrugada, sucia, y ella tuviera boca y garganta y aparato fónico, respondería: “Le quiero leer uno que no sea de amor, pero que sea para enamorar”.
Se pone la luz verde, el conductor a tu espalda pita, la mujer echa un vistazo hacia ti y luego a tu taxímetro y tu mano no encuentra escrito ningún poema que esté vivo. Tu mano abandona impaciente las hojas de la libreta y se pone encima de la palanca de velocidades, mete primera. ¿Por qué eres tan mal poeta? ¿Por qué siempre tienes tu obra tan descuidada? ¿Por qué haces esto, llenar de garabatos libretas, si no eres poeta? ¿Estarás nomás loco? ¿Grafomaniaco? ¿Un taxista trastornado que escribe rayones sin sentido creyendo que es poeta pero en realidad es taxista y está trastornado?
Y entonces piensas en tu poema del pescado. ¿Quieres conquistarla o que se ría? Pero ya piensas tú, no tu mano, y por eso la llevas sujeta al volante, firme, guiando tu cocodrilo por el Río Piedad, olvidada de buscar entre las hojas de la libreta tu poema piscícola.

Es mediodía y hace calor.
–¿A usted le gusta la poesía? –preguntas con los labios cerrados.
–Depende –te responde ella, sin abrir la boca, sin mover la lengua, ausente, viendo la ciudad por la ventanilla. Tiene ese rostro de que contestará “depende” a cualquier pregunta.
–¿De qué? –dices en silencio.
–De si es buena.
Ella levanta los ojos y encuentra los tuyos enmarcados en el espejo retrovisor. Tú desvías la mirada al frente, azorado; la clavas en el horizonte, en la línea blanca que va partiendo en dos la calle hasta el infinito. No vaya a pensar que la acosas, pinche taxista degenerado.
–Yo escribo poesía y no sé si chispea. La meto en botellas, como los náufragos su carta de auxilio, y la arrojo por la borda.
Ella te olvida y vuelve a quedarse absorta en el desfile de edificios grises, letreros chillantes, puestos callejeros, rostros, que el taxi va dejando atrás mientras avanza por la avenida Tlalpan.
Quizá te está respondiendo:
–¿No le da vergüenza contaminar el mar con sus botellitas?
Tu mano vuelve a pensar por ti y enciende la radio. Así matarás el tiempo que resta del camino. Sin leer una sola poesía. Sin saber si de verdad lo tuyo es poesía y chispea. Escuchando el noticiero.

Piensas: “El espejo retrovisor /en este taxi / es un cuadro mutante / de durabilidad limitada / y por su marco pasan / hombres gordos con maletín / tristes / al pastel / acuarelas de marinos satisfechos / encanecidas ancianas óleo hiperrealista / mantilla zapatos de charol chal de algodón / medias de seda polvos de arroz / o la mujer de cabello azul / titulada La tristísima. / La tristísima, miniatura erótica de la tristeza / Ah de La tristísima, obra confinada al solo disfrute de mis ojos / durante calles largas en el Distrito Federal.”
Leerás un par de veces lo que has pensado hasta estar seguro: ahí no habrá nada. Esa sucesión de versos no dirá nada. ¿O sí? Quizá te sabes mal poeta y por eso tienes que recurrir a arrancar la hoja, doblarla, meterla en una botella, taparla con un corcho y lanzarla al mar.
Piensas: “Ah, yo pertenezco a la raza de navegantes / que encallaron en una montaña / y se quedaron a vivir / entre las montañas / Aprendí a escalar árboles, a cruzar las calles mirando a izquierda y derecha / a mirar el valle / Soy de la raza de navegantes que pisotearon el agua con concreto / Pero en mi sangre vibraba / revueltas en maromas, la sal... / Incluso fui a Acapulco / Pero no era eso / No, el mar no era eso / También era eso, pero no era eso / Me subí a un bote que recorría la bahía / daban tragos gratis / No eran gratis, pero eran gratis / barra libre / Me emborraché / Pero no era eso... / Ah, yo quería ver el mar / su furia / su oleaje / Pero sólo había turistas / miles de turistas / barra libre / discotecas / el estruendo de la humanidad / y Acapulco era el grito / era el grito esquizofrénico de la humanidad en la oreja del mar / y yo sólo esperaba que el mar llegara y arrasara con todos los hoteles...”
Arrancarás ese pensamiento antes de que se alargue más, lo cortarás de tajo antes de que se vuelva un mero pretexto para describir el fin del mundo, lo enrollarás como un tubo, le atarás un listón rojo, como si fuera un diploma, entrará también en otra botella que será taponada con un corcho y se la darás al mar para que la lleve a Acapulco y, envuelta en una ola, le pegue en la cabezota a la Tristísima. Pero ella está aquí, no en Acapulco.
Piensas: “Aquí en mi velero / este velerito que calafeteé con mi martillo / que boté por la boca de un estero / Aquí en mi velero corredor / que no corta el mar sino vuela, / te veo, oh Tristísima / Te he visto en la ciudad y te he soñado aquí / Te he traído a mi velero y tu tristeza no se te borra / Yo quisiera cantarte mi canción alegre / Yo quisiera cantarle a tu cuerpo y fundar las risas / le canto a tu boca para deshacerle su hechizo de tristeza / le canto a tus ojos sonámbulos / Te he traído a mi velero / y hay una magia que no sabes que nos rodea...”
Arrugas tu pensamiento porque no va a ninguna parte, lo haces bolita y lo metes a presión por la boca de la botella y lo tiras al mar. No te gustan tus versos, pero eso es lo que tienes. Si al menos un día escribieras un poema infeccioso...
A lo lejos vienen volando en formación de flecha, los pelícanos.

Luz roja. Frenas. El cocodrilo ronronea.
Das la vuelta a una hoja de la libreta a tu lado. Y allí está ese poema que refiere en todos sus detalles lo que ha sido tu vida y lo que será tu muerte. Poema necrológico, oda mortuoria de todo lo que se te escapó, de todo lo que no viste. Poema triste que no es de amor, pero que quizá sirva para enamorar.
–¿A usted le gusta la poesía? –preguntas de golpe, pero titubeando.
¿Qué harás con tus nervios ahora que la Tristísima ha abandonado un instante su examen de la calle y te ha volteado a ver? Luego mira el taxímetro. El taxímetro marca 56.40 pesos. Hace una mueca de disgusto.
–No.
Se te encogen corazón y el estómago y sientes que tu cuerpo es puro vacío. Se pone el verde, pero tú no arrancas. Te obligas a recuperar la imagen del mar, te fuerzas a no vivir este momento en que tu vida no tiene sentido para la Tristísima. Miras hacia el cielo y sabes que la ciudad de México no existe. Estás en el mar con la Tristísima y a ella no le gusta la poesía. Y no sabes entonces por qué se ha subido a tu bote, no sabes entonces para qué la llevas en bote a su puerto, si no le gusta la poesía.
Y entre que se puso el verde en el semáforo y la voz de la Tristísima preguntándote por qué no avanzas apenas han pasado dos segundos.
Arrancas la hoja de tu poema necrológico y sabes que no lo deberías hacer, pero dices:
–Bájase del velero, por favor.
La mujer te mira sorprendida. Te das cuenta de que quizá nunca ha estado triste, que quizá sólo ha estado actuando una postura triste.
–¿Qué?
–Que se baje del velero, señora.
–No le voy a pagar.
–No importa. Bájese.
–¿Y por qué?
Y sabes que no lo deberías hacer, lo sabes perfectamente, no valdrá la pena, pero mientras la ves abrir la portezuela, entre indignada y asustada, le extiendes tu poema.
–Por esto –dices y ella recibe tu hoja por puro acto reflejo, ahora sí completamente indignada, y sale.
Aceleras y escuchas su grito desde la banqueta: te mienta la madre. Pero a ti no te importa: ya vas cargando con la ausencia del poema. Eres un pirata loco que antes de arrojar a la infiel por la plancha, le dice. “ten, llévate un cacho de alma”. Y te ríes de eso y tu emoción casi te hace caer por la borda. Miras cómo tu botella se aleja del velero bailoteando en el agua y no te importa en qué risco habrá de estrellarla la marea o si se hundirá hasta el fondo del silencio, aferrada a la mano de la Tristísima o si ella lea y la contagies de algo. Te ríes y el mar susurrante debajo de la quilla parece compartir tu alegría ciega.
Suena el teléfono. Es tu hermano.
–Oye, dice Lety que vengas a comer. Va a preparar mojarras fritas.
–Voy para allá. Te tengo que contar algo.
–¿Qué?
–Se subió la muerta al taxi.
–No mames –dice tu hermano, con sorpresa–. ¿Cómo fue eso?
–Yo le regalé un poema.
–¿Ya andas otra vez de güevón?

Sunday, February 23, 2014

Mario Benedetti: Cuentos




El sexo de los ángeles

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y las mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor,quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos ( por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir, con las adecuadas.
Así, cada vez que ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si ángel, para abrir el fuego dice : “semilla”, Ángela, para atizarlo responde: “surco”. Él dice “alud”, y ella, tiernamente: “abismo”.
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice : “madero”. Y Ángela: “caverna”.
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.
Él dice “manantial”. Y ella “cuenca”.
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: “estoque”, y Ángela, radiante: “herida”. Él dice: “tañido”, y ella: “rebato”.
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y los nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

Traducciones

Siempre le pasaba lo mismo. Cuando alguien traducía uno de sus poemas a una lengua extranjera (al menos, de las que él conocía), sus propios versos le sonaban mejor que en el original. Por eso no le sorprendió que la versión francesa de su poema “El tiempo y la campana” le pareciera estupenda, grácil, sustanciosa.
Dos años más tarde, un traductor italiano, que no sabía español, tradujo aquella versión francesa, y aunque él nunca había sido partidario de las versiones indirectas (no olvidaba, sin embargo, que muchos años atrás había conocido a través de ellas a Tolstoy, Dostoievsky y también a Confucio), disfrutó grandemente de su poema “in italico modo”.
Transcurrieron otros tres años y un traductor inglés, que, como la mayoría de los traductores ingleses, no sabía español, se basó en la versión italiana, basada a su vez en la versión francesa. Pese a tan lejano origen, fue la que mayor placer le produjo al primigenio autor hispanoparlante. Sólo le asombró un poco (en realidad, lo atribuyó a una errata de tantas) que esta nueva versión indirecta se titulara “Burnt Norton” y que el nombre del presunto autor fuera un tal T. S. Eliot. Sin embargo, le gustó tanto que decidió encargarse personalmente de traducirla al español.


El otro yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos en la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo, menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo ante sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico y, debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó, el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero en seguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.


Wednesday, February 19, 2014

Andrés Neuman, cuentos breves.

 
 
Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único. Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto. Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos. A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.
 

 

Despecho
 
A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.
Andrés Neuman
 
 
LA CITA DE TU VIDA
 
El lunes sueña con la cita. El martes se entusiasma pensando que se acerca. El miércoles comienza el nerviosismo. El jueves es todo preparativos, revisa su vestuario, va a la peluquería. El viernes lo soporta como puede, sin salir de su casa. El sábado, por fin, se echa a la calle con el corazón rebosante. Durante toda la mañana del domingo llora sin consuelo. Cuando nota que vuelve a soñar, ya es lunes y hay trabajo.
 
Andrés Neuman



BÉSAME PLATÓN

A mi mujer le hablan de Platón y se pone toda aristotélica. No sé por qué. En cuanto escucha una palabra sobre la reminiscencia, el mundo inteligible o la teoría de las formas, ella se ruboriza, se le nublan los ojos, deja escapar un gemido y se pone a imaginar espaldas anchas y nalgas musculosas. Yo intento, como es lógico, detenerla. Pero es inútil. Una furia empirista la posee por completo. Y lo único que le interesa es el paso de la potencia al acto.
Aunque pensar nunca sea intrascendente, me desconcierta semejante énfasis en la física, cuando lo que verdaderamente importa es la metafisica. Todas las noches es lo mismo. No falla. Yo digo, por ejemplo, «caverna». O «sol». O «riendas». Y ella, enseguida, loca. Desparramada en la cama. Enunciando ansiosamente postulados y aporías.
Yo, a mi edad, soy poco impresionable. Cosas peores he visto. Tampoco niego que el comportamiento de mi mujer tenga ciertas ventajas. Antes, en palabras un poco más modernas, a los dos nos costaba estar yectos. Desde que descubrí lo de Platón, mano de santo. Lo que pasa es que sus caballos se le desbocan a todas horas, en cualquier parte, esté como esté mi carruaje. Sospecho que mi mujer confunde el banquete con el apetito.
Mis amigos se ríen de nuestro problema, incluso nos felicitan. Yo, por método, dudo un poco de todo esto. Siempre he sido algo kantiano, y todavía pienso que hay cosas que no deberían hacerse.
Andrés Neuman

Tuesday, February 18, 2014

Despertar, David Slodky



DESPERTAR

Despertó en medio de la noche. Algo había interrumpido su sueño.
En el enorme cuarto donde en una cama dormían sus padres, en otra ella, y en otra su hermano, la oscuridad más absoluta hacía imposible divisar nada.
Percibió un rumor de voces quedas, y un extraño chirriar.
“¿Mami? Siento voces...”.
El susurro cesó, el rechinar se pasmó un instante y se detuvo.
“No, hija, debe ser afuera.”
“Prenda la luz, mamá.”
“Cortaron la luz, dormíte, no pasa nada.”
“¿Cuándo vuelve el papá?”
“El sábado.”
“Mamá, tengo miedo. ¿Puedo pasarme a su cama ?”
“No. Sos grandecita para esas macanas. ¡Y ya dormíte, chinita!”

Contuvo la respiración, aguzando los oídos. Ya no escuchó nada. Recordó que entre sueños había sentido esa voz odiosa, la del hombre que antes comía en casa, en la pensión que daba su madre para trabajadores del pueblo sin familia. Ahora mamá la mandaba a ella con una vianda al hospedaje donde el hombre vivía, y ella no quería ir, y mamá la obligaba y el hombre le agradecía y a la niña le desagradaba profundamente la voz del hombre, su mirada pegajosa.
¡Mañana le diría a mamá que no la mande más, que hasta le hacía tener pesadillas!
A punto de dormirse de nuevo, volvió a sobresaltarla el cadencioso chirriar. Sintió que el corazón se le helaba.
“¿Mamá...?”
“¡Dormíte, chinita ‘i mierda, que te vi’a dar un rebencazo! ¡Ya vas a ver cuando vuelva tu papá!”
Ya no se volvió a dormir, pero aguantó toda la noche la respiración y el sollozo y el grito que le explotaban adentro. Con sus orejas espió todo. Y la oscuridad del cuarto llenó su alma. Había despertado en la noche, había despertado para siempre.

LA VISITA DE LA GOBERNADORA BREWER(o del Boicot a la pleitesía) Miguel Ángel Avilés

 




Cuando se supo de la iniciativa de ley SB1070 que se aprobaría en Arizona, las muestras de indignación de algunos políticos y empresarios de Sonora fueron tantas que yo llegué a pensar que, a manera de protesta, se irían en marcha de aquí a la línea fronteriza por toda la carrera a Nogales, dispuestos a derrocar al imperio.

No llegaron a eso, pero si se volvieron muy insurgentes por unos días, al grado tal de que, entre otras cosas, propusieron un boicot comercial para manifestar su rechazo a esa ley antimigratoria, presentada por la gobernadora de Arizona Jan Brewer, a la que no le faltó reclamo o insulto por recibir.

En reunión sostenida por la CONAGO en esos días, el gobernador Guillermo Padres mostró su rechazo y los demás gobernadores del país se le sumaron mientras que, junto con él, los mandatarios de Tamaulipas-donde se llevaba a cabo esa cumbre- así como los de Baja California, Coahuila, Chihuahua y Nuevo León, acordaron no asistir a la próxima conferencia de Gobernadores Fronterizos si ésta se realizaba en Arizona.

Su frenesí parecía anunciar el comienzo de una guerra de pronóstico reservado contra el país vecino y uno lo que menos podía hacer era sentirse orgulloso de la valentía mostrada por nuestros gobernantes quienes por fin estaban dispuestos a sacar la casta y arriesgar su pellejo en defensa de sus paisanos que habitan aquel país ajeno y que ahora, con más razón, los amenazaba la sombra de las vejaciones.

Aquí en Hermosillo, el presidente de la Cámara Nacional de Comercio (Canaco) en la capital de Sonora, Gustavo Clausen Iberri también alzó la voz y como un auténtico caudillo cuya aparente combatividad a favor de los migrantes hubiera envidiado el propio César Chávez, se puso al frente de los que idearon el boicot afirmando que con ello se buscaba externar a las autoridades de esa región, "que no estamos conformes con la ley que criminaliza a nuestros connacionales".

El líder de los comerciantes organizados en Hermosillo -que suman unos mil seiscientos afiliados a la Canaco-.de pronto se había convertido en todo un insurrecto y anunciaba la campaña “un día sin mexicanos” para llamar a todo México a no visitar el estado de Arizona en protesta por la promulgación de la Ley antiinmigrante SB 1070 y se tomara conciencia por parte de las autoridades norteamericanas sobre todo la Gobernadora Jan Brewer de estaba rechazando su Ley por discriminatoria y retrógrada.
"Que se den cuenta que nuestro peso tiene peso específico, que sientan en Arizona que no estamos contentos, que sientan el rigor de no tener el peso mexicano", destacó, tronante, con una enjundia que nos hacia imaginar el colapso que sufrirían de un momento a otro los mercados internacionales a raíz de tal medida.

Dijo que este llamado era de todos los organismos empresariales del País, Concanaco, y organismos civiles y anunció un foro para dar vida a la "Declaración Hermosillo contra la Ley SB 1070".
Claro, como el dirigente no da paso sin huarache, añadió que la campaña "Un Día sin Mexicanos" incluye también la aportación de los comerciantes de Hermosillo que apoyarán poniendo descuentos en sus tiendas para motivar al ciudadano a no visitar Arizona.

"Los comercios afiliados van a poner descuentos, para que la gente se quede aquí, a comprar, que no vaya a Arizona, no se trata de romper relaciones, pero sí que sientan que no estamos contentos", indicó.

Esto de alebrestarse le trajo buenos dividendos ya que las ventas en el comercio de esta capital Sonorense repuntaron en 30 por ciento y manifestó-no sé si pensando que su inquebrantable lucha anti yanqui los había contagiado- que los consumidores habían incrementado su afluencia a los negocios locales, luego del llamado para que evitaran comprar en el vecino estado estadunidense. Refirió que el llamado que hicieron ''tuvo mucho eco y los consumidores están volteando a ver el comercio de aquí''.

El líder planteó que esa medida es buena también en el sentido de que se están generando empleos y derrama económica para la ciudad capital. La idea es que los descuentos sean permanentes, anotó, independientemente de que sea una medida para inhibir el consumo en el vecino estado de Arizona, como una forma de presión en contra de la ley antiinmigrante,

El tiempo pasó y esa beligerancia se fue apagando sin poder evitar, pese a su sacrificada lucha, la promulgación de esta ley. Con ello, el famoso boicot perdió vida y todo volvió a la normalidad. En los periódicos locales volvieron los encartamientos de seductores folletos que invitaban a visitar Arizona, con fotos y toda la cosa sobre hoteles, restaurantes y los puntos más interesantes tal como si de pronto la campaña se hubiera invertido y los sublevados empresarios, apoyados por los principales medios de comunicación locales, se hubiesen convertidos en emprendedores guías turísticos que ponían en marcha, ahora al revés, “un día con mexicanos”

Los arrebatos contra la ley anti migrantes y contra la gobernadora acusada de racista se fueron volviendo tibios y paulatinamente acabaron por ser una histórica catarsis vivida por unos oportunistas que en una madrugada de tantas ya iban como si nada en plan de shopping hacia ese estado gabacho que de dientes para afuera pretendieron boicotear con desafiante medida.

Esos mismos que vivieron sus cinco minutos de fama, teniendo al frente de su insurrección al paladín Guillermo Padres, como parte de la clase política y a Gustavo Claussen Iberri en representación del pujante sector empresarial, son justo los que la semana pasada recibieron en el hotel Fiesta Americana de esta ciudad, a la mismísima mujer que hace casi tres años era blanco de sus destellantes reclamos; sí, la Gobernadora de Arizona Jan Brewer, cuya imagen para no pocos mexicanos es de una mujer racista y controversial en su acción contra los migrantes, en este caso mexicanos.
Pese algunos recursos constitucionales que están pendientes, la dama promulgó esa ley que tenía por objeto sancionar a quien se encuentre ilegalmente en el país y sancionar a su vez, a quien contrate o transporte a una persona que no acredite su legal estancia en el país y para hacerse cumplir, se facultó a los agentes policiales para interrogar a cualquier persona en torno a su status migratorio cuando, apoyado en una duda razonable, considere que entró sin autorización ni control y se mantuvo más allá del periodo autorizado después de la entrada legal o violó las condiciones de entrada legal.
Como en aquel entonces lo políticamente era acusar, señalar, reclamar con aparente indignación y enronquecían con discursos incendiarios, a los momentáneos defensores no les costó nada convertirse en los abogados de los desvalidos: esos que se destierran por cuenta propia o porque la necesidad les dio un fuerte empujón hacia el norte, gracias a que los hoy se enronquecen con discursos incendiarios y que nada hacen desde su encargo para que las condiciones económicas y sociales se compongan y de esta forma nuestros conciudadanos la piensen para irse.
Como no hay loco que coma lumbre, éstos sabían bien que si aquella vez, hubiesen amenazado con inmolarse nada habría pasado. Al cabo era de lejitos y, en el fondo,  no harían nada que no hubiesen hecho aquí por sus gobernados.
Por eso a nadie extrañó que en un cerrar y abrir de ojos, se les quitara lo boicoteadores y, pasada la coyuntura, volvieran a ser, como dice Serrat, “hombres de paja que usan la colonia y el honor para ocultar oscuras intenciones”.
Por eso, a nadie le extrañó que ahora que tuvieron cara a cara al motivo de sus rebeliones, acaso fue para tomarle la mano y brindar con ella.
Por eso yo cito a Edgar Perdomo: “la hipocresía política cuando se une al cinismo, siempre apunta hacia una complicidad manifiesta, ordenada y sociológicamente concertada, que repercute directa o indirectamente, en una práctica beneficiosa y no benefactora hacia el común de la gente.”

Monday, February 17, 2014

Patrimonio Intangible En los pueblos indígenas del sur de Sonora: María Trinidad Ruíz Ruíz.



La UNESCO, que es el único organismo especializado de las Naciones Unidas cuyo mandato trata específicamente de la cultura, ayuda a sus Estados Miembros a concebir y aplicar medidas para la salvaguarda efectiva de su patrimonio cultural. Entre esas medidas, la adopción de la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial fue un paso importante hacia la formulación de nuevas políticas en la esfera del patrimonio cultural.
El contenido de la expresión “patrimonio cultural” ha cambiado bastante en las últimas décadas, debido en parte a los instrumentos elaborados por la UNESCO. El patrimonio cultural no se limita a monumentos y colecciones de objetos, sino que comprende también tradiciones o expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes, como: Tradiciones Orales, Artes del Espectáculo, Usos Sociales, Rituales, Actos Festivos, Conocimientos y Prácticas relativos a la naturaleza y el universo, y saberes y técnicas vinculados a la artesanía tradicional.
Pese a su fragilidad, el patrimonio cultural inmaterial es un importante factor del mantenimiento de la diversidad cultural frente a la creciente globalización. La comprensión del patrimonio cultural inmaterial de diferentes comunidades contribuye al diálogo entre culturas y promueve el respeto hacia otros modos de vida.
La importancia del patrimonio cultural inmaterial no estriba en la manifestación cultural en sí, sino en el acervo de conocimientos y técnicas que se transmiten de generación en generación. El valor social y económico de esta transmisión de conocimientos es pertinente para los grupos sociales tanto minoritarios como mayoritarios de un Estado, y reviste la misma importancia para los países en desarrollo que para los países desarrollados.
El Patrimonio Cultural Inmateriales:
· Tradicional, Contemporáneo y Viviente a un mismo tiempo:
El Patrimonio Cultural Inmaterial no sólo incluye tradiciones heredadas del pasado, sino también usos rurales y urbanos contemporáneos característicos de diversos grupos culturales.
Es integrador: Por compartir expresiones del patrimonio cultural inmaterial que son parecidas a las de otros. Tanto si son de un pueblo vecino como si provienen de una ciudad opuesta o han sido adaptadas por pueblos que han emigrado a otra región, todas forman parte del patrimonio cultural inmaterial: Se han transmitido de generación en generación, han evolucionado en respuesta a su entorno y contribuyen a infundir un sentimiento de identidad y continuidad, creando un vínculo entre el pasado y el futuro a través del presente.
El patrimonio cultural inmaterial no se presta a preguntas sobre la pertenencia de un determinado uso a una cultura, sino que contribuye a la cohesión social fomentando un sentimiento de identidad y responsabilidad que ayuda a los individuos a sentirse miembros de una o varias comunidades y de la sociedad en general.
Es representativo: El Patrimonio Cultural Inmaterial no se valora simplemente como un bien cultural, a título comparativo, por su exclusividad o valor excepcional. Florece en las comunidades y depende de aquéllos cuyos conocimientos de las tradiciones, técnicas y costumbres se transmiten al resto de la comunidad, de generación en generación, o a otras comunidades.
Se basado en la Comunidad:
El patrimonio cultural inmaterial sólo puede serlo si es reconocido como tal por las comunidades, grupos o individuos que lo crean, mantienen y transmiten. Sin este reconocimiento, nadie puede decidir por ellos que una expresión o un uso determinado formen parte de su patrimonio.

Patrimonio Oral e Inmaterial
Uno de los mayores avances realizados por la Unesco y otras instancias dedicadas al tema cultural ha sido el de generar un reconocimiento internacional del patrimonio que no es monumental, que forma parte de los pueblos, de su creatividad e identidad cultural: el oral e intangible.
La Conferencia General de la Unesco en 1997 adoptó la resolución 23 con el fin de evitar la desaparición de este patrimonio y creó una distinción internacional (Proclamación por la Unesco de las obras maestras del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad) para fomentar la presentación de candidaturas por parte de los países miembros.
Nuestro país México se han proclamado varias festividades y ya están inscriptas las siguientes:
Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos (Año de inscripción 2008)
Lugares de memoria y tradiciones vivas de los otomí-chichimecas de Tolimán: La Peña de Bernal, guardiana de un territorio sagrado (Año de inscripción 2009)
La ceremonia ritual de los Voladores (Año de inscripción 2009)
La cocina tradicional mexicana, cultura comunitaria, ancestral y viva
El paradigma de Michoacán (Año de inscripción 2010)
La pirekua, canto tradicional de los purhépechas (Año de inscripción 2010)
Los parachicos en la fiesta tradicional de enero de Chiapa de Corzo (Año de inscripción 2010)
El Mariachi, música de cuerdas, canto y trompeta (Año de inscripción 2011)
En Marzo de 2001 en Turín, en una reunión realizada en la UNESCO, se definió patrimonio oral e inmaterial como: “las creaciones de una comunidad cultural fundadas en las tradiciones expresadas por individuos que responden a las expectativas de su grupo, como expresión de identidad cultural y social, de los valores transmitidos oralmente. Son testimonios de ello la lengua, la literatura, la música, la danza, los juegos, la mitología, los ritos, las costumbres, los conocimientos ancestrales, la arquitectura y la manufactura de artesanías”.
En Octubre del 2001, la Conferencia General de la Unesco Consiguió:“el patrimonio inmaterial abarca los procesos adquiridos por las personas junto con las competencias y la creatividad heredadas y que continúan desarrollándose, los productos que manufacturan, los recursos, el espacio y otras dimensiones de corte social y natural necesario para que perduren e inspiren dentro de sus comunidades, un sentimiento de continuidad y nexo con las generaciones procedentes; ello revierte en una importancia crucial para la identidad, salvaguardia, diversidad cultural y creación de la humanidad”.
El Convenio Internacional para la salvaguardia del patrimonio Cultural inmaterial fue adoptado en Octubre del 2003 y entró en vigor en Abril del 2005.
De acuerdo con esta Convención, se entiende por patrimonio cultural e inmaterial los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas –junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural.
Este patrimonio cultural inmaterial que se transmite de generación en generación, es recreadoconstantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana (artículo 2).
Proclamación por la Unesco de las obras maestras del patrimonio Oral e inmaterial de la humanidad. Lo inmaterial se convierte totalmente en material cuando se protege, se conserva, se preserva y archiva. Cuando se establecen políticas de preservación cultural a través de imágenes fotográficas, filmaciones materiales en video, o grabaciones sonoras, los resultados se perciben en las producciones de concretos.
La UNESCO, que es el único organismo especializado de las Naciones Unidas cuyo mandato trata específicamente de la cultura, ayuda a sus Estados Miembros a concebir y aplicar medidas para la salvaguardia efectiva de su patrimonio cultural. Entre esas medidas, la adopción de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial fue un paso importante hacia la formulación de nuevas políticas en la esfera del patrimonio cultural.
México, al iniciar el siglo XXI, presenta una diversidad cultural, al que los pueblos indígenas contribuyen con su patrimonio. Estos pueblos están integrados por más de 12 millones de personas, más de la décima parte de la población mexicana. A pesar de su aportación en recursos humanos, naturales, territoriales y culturales, son los más pobres de todos los mexicanos.
Nuestro país ocupa el octavo lugar en el mundo entre los países con mayor cantidad de pueblos indígenas. Se hablan más de 100 lenguas, de las cuales los pueblos indígenas aportan cuando menos 60; y con ellas un número igual de diferentes maneras de pensar en alternativas de solución a los problemas. Todos estos pueblos demandan una atención diferenciada y acorde con su cultura e identidad.
Nuestro país tiene una superficie de casi dos millones de kilómetros cuadrados. Los mexicanos indígenas viven en regiones cuya superficie abarca la quinta parte del territorio nacional.
En él un amplio sector de mexicanos se identifica a sí mismo como indígena, es decir, como perteneciente a una comunidad o a un pueblo indígena. Esta identificación es individual, pero a la vez colectiva. En México existen individuos indígenas porque hay pueblos indígenas.
“Son comunidades, pueblos y naciones indígenas los que, teniendo:continuidad histórica con las sociedades anteriores a la invasión y pre coloniales; durante un período prolongado que llegue hasta el presente, de uno o más de los siguientes factores: Ocupación de las tierras ancestrales o parte de ellas, Ascendencia común con los ocupantes originales de esas tierras y cultura en general, o en ciertas manifestaciones específicas además del Idioma.Además constituyen ahora sectores no dominantes de la sociedad, determinación de preservar, desarrollar y transmitir a futuras generaciones sus territorios ancestrales y su identidad étnica como base de su existencia continuada como pueblos, de acuerdo con sus propios patrones culturales, sus instituciones sociales y sistemas legales.
Desde el punto de vista individual, se entiende por persona indígena a todo aquel que pertenece a esas poblaciones indígenas por auto identificación como tal (conciencia de grupo) y es reconocida y aceptada por esas poblaciones como uno de sus miembros (aceptación por el grupo).Cada miembro de una comunidad comparte una serie de elementos culturales, como la lengua, el territorio, los cultos religiosos, las formas de vestir, las creencias, la historia, todo lo cual le permite decir que es parecido a ellos y que comparten una identidad común que lo distingue de otros seres humanos, sean los vecinos de la comunidad más próxima, los habitantes no indígenas de su región o de la ciudad, o los extranjeros.
En sonora la población indígena en el sur de nuestro estado, numéricamente representan el 95%, y el 10% de la población total general en particular el sur del estado cuenta con una serie de manifestaciones culturales, tangibles e intangibles, estas últimas serán las que nos ocupan en este momento y que el grueso de la población regional, nacional e internacional desconoce.
Ese desconocimiento incluye la existencia de lugares mitológicos, que vienen siendo la parte medular de las culturas indígenas en general; aunado a ello se desconoce el significado de manifestaciones importantes como: La cuaresma (Yaquis, Mayos y Pimas), Fiestas patronales (Yaquis, Mayos Pimas y Guarijíos )( como ejemplos la fiesta de la Santa Cruz, Santísima Trinidad, Corpus, San Francisco -Calendario festivo religioso anual)
Danzas de origen prehispánicas (Yaquis, Mayos Pimas y Guarijíos) danza del venado, del pascola, y del coyote, los cantos y sones que acompañan a cada una de las danzas. Pimas el Yúmare (para bendecir la cosecha de maíz), Con Guarijíos la Tuburada todos realizan la fiesta 3 los hombres y 4 las mujeres (según esto porque son mas pecadoras que los hombres) además de la Fiesta de la Cavapizca, fiesta que se realiza para dar gracias por la cosecha. La gastronomía (Yaquis, Mayos Pimas y Guarijíos) Wakabaki, tortillas de garbanzo, tesgüino o maíz fermentado, la música Popular Indígena, los paisajes un vasto territorio que abarca sierra, mar y ríos, donde se localizan Petrograbados y pinturas rupestres, lugares históricos y sagrados, los mismos asentamientos de los pueblos donde se puede ver forma y vida cotidiana, prácticas medicinales.
Con lo anterior se conforma lo que los antropólogos llaman identidad étnica; es decir, la idea que tienen los miembros de una comunidad de formar una colectividad claramente distinta a las otras con las que conviven y que, por lo tanto, cuenta con sus propias formas de vida, sus propias leyes y formas de justicia, sus propias autoridades políticas y su propio territorio.
Los pueblos indígenas de nuestro país tienen identidades culturales y étnicas muy fuertes.

Sunday, February 09, 2014

David Slodky: MACHADITO



MACHADITO

Así lo llamaba yo, Machadito...
Ignoro por qué hacía caso omiso de su nombre y utilizaba el diminutivo de su apellido. Tenía 10 años, y era uno de esos niños tan dejados de la mano de Dios y de los hombres. Estaba internado en el Instituto Pablo Pizzurno de Córdoba (uno de los llamados "Hogares de Protección al Menor"), donde yo trabajaba en mi época de estudiante como maestro celador nocturno.
Recuerdo el enorme edificio, casi ruinoso. Sus inmensos dormitorios, que más parecían cuadras de ejército que cuartos de dormir para niños; las largas hileras de camas donde dormían los pequeños y jóvenes internados; el ácido olor a baño y fenelina inundándolo todo; y las caritas de estos chicos, su vida, sus alegrías, sus llantos, sus peleas... Eran niños abandonados, o sin familia, o internados por sus padres por no tener recursos para poder mantenerlos...
Recuerdo el primer día que me hice cargo. Era el dormitorio 2, de chicos de entre 10 y 14 años. Me esperaban todos al lado de sus camas tendidas por ellos mismos, el piso recién limpiado por ellos mismos, el abandono marcado en sus rostros, no por ellos mismos. Eran alrededor de 30 chicos, casi todos diagnosticados como "débiles mentales" a partir de las baterías de tests que se les aplicaban. Algunos de ellos tenían los estigmas propios de alguna anomalía genética, pero muchos otros no revelaban en su apariencia nada de lo que los tests diagnosticaban. Uno de ellos era "Machadito".
La primera noche ya me pusieron a prueba. Uno de los chicos mayores, Molina, un bolivianito de 14 años se escapó del grupo haciéndome burlas y lo perseguí por todo el instituto, por sus enormes patios, saltando cercas, corriendo por sus parques, tropezando entre sus escombros, sintiendo cada vez más que el corazón se me escapaba por la garganta. Sentía que tenía que alcanzarlo, porque era la prueba a la que me estaban sometiendo. Si se me escapaba, era obvio que "me podían". Cuando ya me sentía desfallecer, cuando el aire que entraba a torrentes en mis pulmones no bastaba ya para oxigenar la sangre que se agolpaba en mi rostro, cuando literalmente sentía que ya no daba más, logré alcanzarlo. Al traerlo de un brazo al dormitorio, Machadito me miró con sus ojos sorprendentemente expresivos: "¡Maestro, pero Molina es muy rápido...!". "Yo soy más rápido" -le respondí. Me miró como quien se adentra en el alma de uno: "Pero Molina es muy fuerte". "Yo soy más fuerte...". Había ganado la primera partida.
Creo que gané muchas más. Alguna vez uno de los chicos me dijo: "Maestro, usted es el único que siempre viene con una sonrisa...", y creo que con esa sonrisa -que no era forzada- terminé de ganarme el grupo. Pero la partida que nunca pude ganar, fue hacer una pizca para que la vida de esos chicos tuviera alguna esperanza de algo distinto.

Machadito era sorprendentemente vivaz. Terriblemente atorrante, pendenciero, sus preguntas y sus respuestas no tenían nada que ver con lo que "científicamente" informaban los psicólogos y psicopedagogos en base a los pomposos tests de Raven, Goodenough, Wechsler-Bellevue, Terman Merril... Su habilidad para sortear obstáculos en la durísima vida del internado, su picardía para pescar al vuelo cualquier contradicción en la que sus maestros-guardianes caían, su liderazgo indiscutido entre los de su edad, fueron argumentos para mí mucho más poderosos que los pretendidos coeficientes intelectuales que figuraban en su legajo.
Una vez, por ejemplo, estando yo muy acalorado por los agitados juegos en los que me involucraba con los chicos, me saqué la camisa y Machadito, sorprendido, me preguntó: "Maestro, ¿por qué es usted tan peludo?". Estúpidamente le respondí con lo primero que se me vino a la cabeza: "Porque hago mucha gimnasia, por eso". Machadito me miró sobradoramente, y me dijo: "Hércules... (ellos veían por televisión una serie sobre ese personaje mitológico, con uno de esos monstruos físico-culturistas con músculos hasta en las orejas) Hércules tiene mucho más físico que usted, por lo tanto hace mucha más gimnasia que usted, y no tiene un solo pelo...". ¡El "infradotado"... !
Machadito, como la mayoría de esos chiquilines internados, era enurético: se hacía pis en la cama, de noche. Pero él era un caso particularmente rebelde: por más que se lo levantara tres veces durante la noche para que vaya al infecto mingitorio a orinar, cuando llegaba la hora de levantarlos para iniciar la rutinaria jornada Machadito estaba siempre empapado en orín, desde la uña del pie hasta la punta de los cabellos. Había literalmente podrido varios colchones, sus sábanas tenían que ser cambiadas diariamente, y no había reconvención, burla de sus compañeros, suplicante recordatorio mío, promesas de premios, amenazas de castigos, nada, que pudiera salvarlo ni una noche de su húmedo problema.
Una vez saqué por un fin de semana a Machadito. Paseó, jugó, vio cine, se bañó en el río, deleitó con sus ocurrencias a mis compañeros de casa, y cuando llegó la hora de dormir... se negó terminantemente al plástico con el que pretendí salvaguardar mi colchón. "No maestro, no lo ponga, no me voy a orinar". "Machadito -le dije- vos y yo sabemos que ese es un problema tuyo. Me alegra que tengas la intención de superarlo, pero vos sabés mejor que yo que no depende de tu voluntad". "Maestro -insistió firmemente- no me voy a orinar". Lo miré largamente, y con más curiosidad que convencimiento, le dije: "Vale, bajo tu responsabilidad. ¡Pero si me podrís el colchón...!". Me sostuvo la mirada, sin agregar palabra, esbozando una leve sonrisa. A la mañana siguiente, luego de levantarme temprano, mientras tomaba mi mate, me acordé y corriendo fui a destaparlo. Machadito dormía plácidamente. En vano busqué aunque fuera la aureola de una gota de orín. Machadito no se había hecho pis. Comprendí entonces que él se meaba en el Instituto, en nosotros, en su pobre vida abandonada...

Llegó el momento de rotar y me pusieron al frente de otro dormitorio, el de los chicos de 15 y más años. Machadito a veces se llegaba a visitarme, escapándose del suyo e insistiéndome "Maestro, cuándo va a volver con nosotros...".
Una noche, en la reunión que siempre se hacía en Regencia después que todos los chicos estaban dormidos, leí en el parte diario "Machado tuvo un ataque de histeria". Pregunté qué había pasado. Su maestro me comentó que lo había penitenciado por una de sus tantas diabluras y que entonces Machadito había tenido "un ataque de histeria": golpearse la cabeza contra la pared, gritar como un endemoniado, y decir cosas sin sentido. Por mi insistencia, pude conocer las "cosas sin sentido" que Machadito, entre llanto y babas y gemidos y golpes con sus puños en su cabeza, había repetido una y otra vez. Entre las que hoy recuerdo: "Mamá, vos tenés la culpa, para qué me trajiste al mundo si me ibas a meter en este basural. Los que me quieren, ¡mátenme! Vos Daniel, que me querés (Daniel era el compañerito que dormía en la cama de al lado), por favor, dame un palo por la cabeza; si es cierto que sos mi mejor amigo, ¡matáme!". Largo rato duró este "ataque de histeria".
Me negué rotundamente a que se pusiera ese "diagnóstico" a su crisis; exigí que simplemente se transcribiera lo que Machadito había dicho. A la guardia siguiente vino la persona a cargo de la dirección: nos dio una perorata acerca de que un débil mental jamás podría haberse expresado así, que esas palabras las habíamos agregado, inventado, nosotros.
Dos días después Machadito escapó. Hasta donde yo supe, nunca volvió a ser encontrado. ¿Lo atropelló un tren mientras trataba de viajar como polizonte? ¿Lo destrozaron en la terrible vida de la calle? ¿Logró salvarse gracias a su indudable inteligencia, mal que les pese a los absurdos tests a los que lo sometieron? No lo sé. Supongo que nunca lo sabré.

Saturday, February 08, 2014

Elia Casillas: POR ESTA HEBRA


 

 
 
En este encierro me eclipso,

 sostengo tu imagen en el sonido del árbol,

 tengo miedo de esta dura comunión

 donde quedamos

 como dos gotas humeantes de copal

 en el remolino de las eras.

 Me escucho en cada fragmento de esa larga letanía,

 los labios aún tienen el escalofrío de la espalda,  

 en las entrañas está madurando una hoguera,

 es hora de afinar el vientre

 y de montar un cielo de Alondras

 a la sombra de Dios.     

 Arrinconó en las manos su hebra,

 sus aristas son desliz

 y quitapesares,  

 hunde los dedos en mi nostalgia

 y se complace con disparar mensajes

 que roba a la ternura.

 El polvillo de mi poesía se desliza en el sombrero

 y donde circulo nacen

 y se rompen los espejos que nada reflejan.

 El cielo se tizna 

y rueda en la pasión de los truenos,

son las cinco y diez pasado,

llueve, la tierra se rompe 

 y tiembla, 

Haití cae herido,

da el pecho al sueño eterno

y se desvanece

en la submarino lila de la Parca.

Con mi Parca,

ésa que roba horas mientras duermo

y mientras me visto,

se multiplica en los corredores

sin un Dios en el puño que sirva de amuleto.