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Thursday, October 29, 2015

El Medanito:. Elia Casillas


El Medanito


Elia Casillas

Como si soledad fuera tortura y miedo        has dejado en las calles el corazón          un ábrase y tírese después de usarlo      no prometo noche eterna       sólo amor de un rato     Y las avenidas se alejan de la plaza donde moras        donde el oscurecer es cobija y refugio      y  nadie sabe que eres Rey de aproximados           Emperador del ya merito         Conde del mañana Dios dirá cuando.        No hay hotel para fantasías         el asfalto ablandó cuando dejaste el cuerpo derrumbado          y en el castillo del abandono          guardas tu cuento de Príncipe indigente         Duermes con almohadones de piedra        sin  espejo para benditos                     naciste con buena fortuna                y la robó un perro que lamía tu llanto            mientras  mordías el pecho desinflado de tu madre             En la basura armaste reino         y la corona desafió al destino de los miserables con báculo de ídolos mal vistos                    Bestia del callejón desangelado           la comida que se pudre es banquete para andrajosos                es fiesta en Domingo de Ramos                            no en día de Los Santos Inocentes               Porque tu realidad rebasó la tarea del estúpido                el zancudo que te chupó el poder mientras soñabas           debajo de la sombra que la Catedral te regaló un día más                  o un día  menos                       Y de nuevo                no alcanzaron las limosnas  -dijo- el señor de cofia roja                mientras el cedro se  metía a pedazos entre cejas y nariz                       Ruedas  como la tierra       si alguien te levanta                    no se hace cargo              mariposa rock-pop                 inspiración que no alza ampolla             cadáver desconocido en el balance de las Naciones Unidas                  Tu caída nadie frena            así naciste           y te irás          Al cielo de  perdedores




Navojoa Sonora, febrero miércoles 8 del 2006  






Tuesday, October 27, 2015

Efraín Bartolomé. ECOS DE SELVA Y SUEÑO

 

ECOS DE SELVA Y SUEÑO es un breve conjunto de señales en un camino mágico. Son las marcas que quedan en un viaje a los territorios más puros de la imaginación, los parajes originarios, los espacios sagrados donde vive nuestra madre mayor: la Naturaleza.
En este viaje por la mañana, por la tarde y por la noche de la selva, oiremos la voz de la poesía que nombra los misterios y veremos milagros coloridos: paisajes y criaturas que han sido reproducidos por las manos de artesanos tsotsiles y tseltales: personas de ojos limpios y manos inocentes.
Aquí están la voz del viento y las manos de la tierra para los niños del mundo.

Saturday, October 24, 2015

José Revueltas: Los hombres en el pantano


 

Los hombres en el pantano
José Revueltas
 
La cuestión era escuchar algo vivo, y todos esperaban que este anhelado acontecimiento se produjera una vez más, de cualquier modo y como fuese, después de las dos ocasiones, ya tan lejanas al parecer, en que había ocurrido y en que esto los hizo respirar con un alivio cínico, puro y ruin, ahí metidos como estaban, con el agua cenagosa hasta el pecho. Tres insoportables días de infierno, de silencio enloquecedor, las dos patrullas enemigas una frente de la otra, absolutamente nada más vigilándose, pero con una vigilancia ciega, que no disponía sino tan sólo de los ruidos para orientar el fuego de sus armas en medio del espeso manglar. La primera ocasión fue cuando el cabo Frank Robles, de Arizona, comenzó a chillar como un estúpido y en seguida una ráfaga de plomo japonés lo hizo callar para siempre. La segunda fue en el otro extremo del pantano --a muy corta distancia y también durante el primer día--, entre los juncos donde estaba el enemigo: alguien que no pudo reprimir un acceso d tos, por lo visto alguien delicado de salud y susceptible a los resfriados, de los que, después de esto, ya no tendría oportunidad de contraer jamás ningún otro. Los dos hombres habían lanzado al morir un alarido espantoso --el de Arizona y el japonés a su turno respectivo--, un alarido que pareció reconfortar, tonificar de igual manera a los dos bandos, en aquella lucha de silencios, de inmovilidad absoluta, que era peor que cualquier otra cosa del mundo. Se trataba únicamente de oírse, de oírse nada más, y no importaba que el grito representara una baja japonesa o norteamericana, sino que todos supieran, mediante ese grito, mediante esa muerte, que cada uno de ellos no estaba solo ni muerto sobre la superficie de la tierra. Tres días sin moverse, torturados por el hambre y el frío, sin que ninguno pudiera saber en qué lugar se encontraría su compañero más próximo, ni el enemigo, cada quien a solas, a solas con su vida y su cuerpo, sin nadie, cada quien con la conciencia de su propia soledad, cada quien víctima de la desvinculación, una desvinculación definitiva, total, envueltos en aquello sin sentido, sin lógica, que ya era algo más que la guerra, algo que estaba más allá de la guerra, y que sin embargo era la guerra, y era la sociedad, y eran los hombres, sólo que todo ello visto hasta lo más desnudo del ser, hasta lo más exacto de su desnudez. De pronto se dieron cuenta de que el prodigio iba a repetirse. Sucedió que del lado americano --americano aunque todos ellos eran mexicanos de Texas, Nuevo México y California, unos veinte hombres en números redondos--, algún imprudente o loco se había movido, confiado tal vez en las sombras de la noche, agitando ruidosamente los juncos y produciendo un rumor asombrosamente claro, preciso, increíble ahí en el pantano, donde aquello significaba la muerte. Los cuerpos se contrajeron bajo el efecto de una extraña perturbación enervante y ansiosa al escuchar el ruido extraordinario. Sabían lo que iba a ocurrir en seguida --la descarga del fusil automático del japonés, el aullido un tanto animal, pero no obstante humano, de su camarada, y tal vez lo que en el pantano hasta ese momento había sido improbable, una pequeña escaramuza, para volver de nuevo al silencio y la inmovilidad aterradores, por quién sabe cuánto tiempo más--, lo sabían perfectamente, pero saberlo no tenía importancia, puesto que ahí el carácter de los hechos era otro: los hechos no eran sino testimonios, un modo de vivir, un modo de atestiguarse cada uno a sí mismo con la muerte. Joe Martínez pensó, después de conjeturar en las tinieblas la posible dirección del ruido, que bien podría tratarse del negro Smith, de Texas. «Con tal de que no sea Johnny», se dijo, pues Johnny también estaba en el pantano. Era su cuñado, un muchacho carpintero de Los Ángeles, que a la sazón debía tener dieciocho años. «Con tal de que no sea el pequeño Johnny». Recordó la alegre figura juvenil del muchacho cuando se gastaban juntos un montón de níqueles, durante la mañana entera de los domingos, para derribar aviones ficticios en los aparatos de juego de los establecimientos de Main Street. Hoy las cosas eran distintas, naturalmente. Después del ruido sobrevino una amenazante, una abrumadora quietud, hasta que alguien, de tal manera próximo a Joe que éste pudo sentir el calor de su aliento, dijo en voz muy queda algo parecido a una frase como «¡hasta que por fin!», en que se notaba un singular descanso. Del otro lado ya un japonés estaría tratando de orientar en las tinieblas su fusil-ametralladora, ya estaría moviéndose con la lentitud de un reloj de arena. Joe clavó la punta de los pies en el fondo cenagoso de las aguas, del mismo modo como lo hacía de pequeño para ver, por encima de los hombros de alguien, un desfile militar en las calles de su pueblo, llamado Apaches, en Texas. Aun para él era una sensación dulce, feliz, la de saber que de un momento a otro aquello iba a producirse. «Esperen, no tarda», volvió a escucharse la misma voz quedísima. Las palabras permanecieron flotando en el aire negro de la noche. «Ahorita, en este minuto». Joe tuvo una duda inquietante. ¿No sería él mismo quien estaba hablando en voz alta sin darse cuenta? Se mordió los labios con fuerza, trémulo de ansiedad. No, desde luego, pues la voz ajena volvió a la carga. «¿Oíste eso, Joe? Esto va a ser muy distinto, va a resultar mejor de lo que imaginábamos. ¿Oíste bien, Joe? ¿Quieres jugarte una apuesta?» Joe no respondió. Sí, había escuchado el segundo ruido, el que vino después del crepitar de los juncos, un golpe disparejo, separado como en dos tiempos por una frágil intermitencia y, simultáneamente al golpe, apenas quizá un poco antes, aquella especie de grito inarticulado, ronco, igual que el gemido de un perro. Recordaba que en esa dirección le pareció ver por la mañana, pero de una manera demasiado fugaz para sentirse seguro, la figura del negro Smith. La cuestión estaba clara: la forma indecisa del golpe y luego ese gemido como sin terminar, querían decir entonces --todos estaban seguros de que así era y experimentaban un íntimo regocijo indecible--, querían decir entonces que el japonés había fallado al primer intento; querían decir entonces que el japonés no quiso emplear su fusil automático; querían decir entonces que el ataque era con arma blanca. Con arma blanca, un hermoso cuchillo oriental o tal vez un legendario sable que habría pertenecido a alguno de los samuráis imperiales. La lucha sería cuerpo a cuerpo, algo infinitamente más pujante, más intenso; en efecto, algo mejor de lo que esperaban: «¿Ahora, Joe, quieres cruzar la apuesta? Tú elige al nuestro, yo me quedo con el japonés. ¿Medio dólar?» Joe no quiso responder. Hacía esfuerzos por identificar esta voz que al mismo tiempo que lo trataba tan familiarmente le parecía de tal modo desconocida. El negro Smith --bien, en caso de que se tratara realmente del negro Smith-- había lanzado eso que a Joe le pareció igual que el gemido de un perro, con la misma entonación de cualquier negro a quien sorprenden, digamos, en el momento de robar una caja de cerveza en alguna tienda del Downtown. O aunque no sea una caja de cerveza, sino lo que se quiera: de todos modos un gemido de negro acosado, desamparado, de negro perseguido y lleno de asombro. Se habría quedado dormido --esto es inevitable aquí, después de tanto tiempo sin dormir, pero hay que saber hacerlo como quien dice con un solo ojo--, y dormido fue cuando cometió la grandísima tontería de moverse, el muy bruto, y hacer ruido entre los juncos, para no despertar sino hasta que ya tenía encima al japonés. Entonces fue cuando se oyó esa cosa únicamente gutural, muy negra, muy de los negros que cantan con voz de bajo profundo, por lo que casi sin duda debía tratarse del negro Smith. Aquel gemido con seguridad estaba relacionado con su sueño; es decir, la irrupción del japonés debió ser parte del sueño, una culminación lógica del sueño, ya que en la realidad, como suele ocurrir cuando alguien sueña con un incendio y lo que pasa es que se durmió con el cigarro encendido y la almohada ha comenzado a quemarse y a lanzar humo. Lo que habría soñado el negro Smith. Por ejemplo: viajaba en el autobús al que subiría para estar al abrigo del frío, esos autobuses de la Greyhound, con su clima artificial, calentito en invierno, y fresco en verano, ahí, instalado en la parte posterior donde deben sentarse los negros, muy calentito, pues aquí entre las aguas el frío era tremendo y un sueño así bien pudiera ser posible por fuerza del deseo. Pero tampoco en el autobús se sentía calor, sino l mismo hielo dentro de los huesos, hasta que un gigantesco gendarme golpeaba al pobre negro Smith con una macana, diciéndole que a ver si él lo haría entrar en calor a golpes, y era aquí cuando el negro Smith despertaba en el pantano ante la sombra del pequeño japonés que se le había echado encima. O quién sabe, ya que se pueden soñar muchas cosas, mil cosas distintas, aun en esos brevísimos segundos en que no es posible más y uno cierra los párpados, vencido, pero siempre para soñar escenas que de un modo o de otro tienen que ver con el pantano, con el fango, con los juncos, con los mosquitos, con los japoneses, con el hambre y el frío, como esos sueños de Joe siempre de frío, donde la marmita llena de ponche, a pesar de que deja escapar nubes de vapor mientras hierve sobre el fuego, en cuanto Joe la vierte en la taza sólo deja salir un líquido helado. Al mismo tiempo Joe repasaba mentalmente, como paladeándolos, los ruidos que hasta ese momento se habían producido en el pantano: primero el crujir de los bejucos al peso de un cuerpo dormido que va cayendo con suavidad sobre ellos; después la extraña vocalización cavernosa dl hombre a quien se despierta de súbito, y en seguida, aquel golpe partido en dos, aquel golpe que yerra, igual que el acorde, con una disonancia sólo perceptible para el virtuoso. Sonreía. Hermoso, todo aquello. Ésos no era ridículos cantos de pájaros, rumores de la selva, ni todo lo que habitualmente escuchaban en el manglar. Ésos eran hombres, ésos eran ruidos de hombres que se mataban igual que bestias, pero donde Joe encontraba su propia identidad sombría, la conciencia de cuya culpa personal se dibujaba cada vez más precisa en su mente como una adquisición cruel y necesaria, gracias a esta experiencia del pantano, gracias a esta experiencia embriagadora. Se escuchó, inmediatamente después, algo más, ahora en el agua, un zambullirse de tal modo sutil, que parecía no serlo, tensamente silencioso. Todos se daban cuenta de que era el negro Smith, de que no era nadie más que el negro Smith, quien se escondía bajo el pantano para esquivar el ataque y sorprender al enemigo. Luego un silencio angustioso, en espera de escuchar en seguida el tableteo de la ametralladora. Pero no, el japonés seguía sin disparar hacia el punto donde se oyó el ruido. Algo extraño, pero todos comprendían: significaba que los japoneses --y por tal razón tampoco sus enemigos-usarían ya en lo sucesivo sus armas de fuego; que de aquí en adelante la lucha iba a cifrarse, de un modo exclusivo, en esta cacería de lobos, al tacto, hasta el extremo de lo imposible el descubrimiento de sus posiciones. De súbito el silencio era otra clase de silencio, un silencio maravilloso, lleno de vida, de hazañas invisibles que se advertían en las tinieblas con una diafanidad y certeza matemáticas, que lo llenaban todo. Se podía hasta pensar que eso no era la guerra, sino algún juego fraternal, porque aquellos dos grupos de seres, quietos y enemigos, hundidos en el pantano de alguna isla perdida en la inmensidad del Pacífico, ya no tenían ningún otro interés que el de no perderse un solo detalle de esta lucha viva que se libraba en las tinieblas, este concreto existir con el que los resucitaba el sigiloso, el apasionante combate entre el negro Smith y el japonés, la muerte, el modo peculiar de la muerte de cualquiera de los dos, y después, la muerte de cada uno de los que les seguirían. Aquellos hombres habían reducido la guerra a sus elementos más simples, reales y descarnados, al de la guerra sin propósitos, al de la guerra pura, sin discursos patrióticos ni invocaciones a Dios; y la guerra, por su parte, los había llevado al otro lado de los límites del hombre, donde ya no eran seres reales, donde habían dejado de ser hombres y no podían encontrar ninguna otra manifestación de vida sino en la muerte; donde lo único humano y viviente que les quedaba en la existencia era el aullido de los que morían, y donde la única acción viva que les estaba permitida era la acción de matar. «Lo bueno que no fue Johnny», se dijo otra vez Joe. La inexperiencia, la nerviosidad de Johnny, lo hacían temer a cada momento por el muchacho, y además estaban las súplicas que le hizo Paulina, con lágrimas en los ojos, acerca de que se hiciera cargo de él como si fuera su padre, ya que iban a estar juntos en la misma unidad del ejército. Prestó mayor atención, con todos los sentidos alerta y un palpitar agudo, galopante, en las sienes, en el pecho, en la palma de las manos. En estos momentos el japonés buscaba en las aguas del pantano, sondeándolas con una suavidad imperceptible y una tibia dulzura, mediante algún objeto ancho --podría ser la culata de su fusil automático--, a guisa de remo, con quien boga en silencio, amorosamente, sobre la tersa superficie de un canal. Era una búsqueda fascinante, exquisita y fina, llena de encanto, exenta en absoluto de animadversión u odio. Lo encontraría. Iba a encontrar al negro, tarde o temprano, y en seguida lo destrozaría a cuchilladas, con una ternura violenta y silenciosa, en medio de la sólida y quieta oscuridad del manglar. Pero si el negro salía bien librado de este mal negocio, Joe se lo preguntaría, no faltaba más, cuando ambos estuvieran otra vez en su hermosa Texas, con la vista fija en la inmensidad verde de los campos: «Dime, viejo Smith, maldito negro Smith, ¿qué soñabas allá --¿te acuerdas?--, cuando te pilló dormido aquel chapo del demonio? Siempre me imaginé que soñabas estar dentro de un autobús, muy a gusto, y de pronto ¡zas!, el japonés que te cae encima.» Reirían a carcajada abierta, ahí mismito, frente a las dulces y suaves praderas tejanas. Porque, ¿qué se puede soñar cuando, después de no pegar los ojos en el pantano durante tres días, nos dormimos unos segundos y nos despierta el japonés con un golpe para darnos muerte? Aunque también el negro Smith podría haber soñado la realidad misma, eso era muy posible. Haber soñado que estaba ahí, dormido, y que de pronto caía sobre él un japonés al advertir su presencia en las tinieblas a causa de un movimiento falso provocado por una de esas convulsiones nerviosas del sueño. ¿Por qué no podría haber soñado el negro Smith lo que en realidad pasó? Otra vez muy próxima a él, Joe volvió a escuchar esa voz desconocida, pero que le hablaba con tanta familiaridad. «Te aseguro, Joe, que ahora sí no escuchaste nada. La cosa ya terminó, sin un grito; de seguro el japonés apergolló al nuestro sin dejarlo sacar la cabeza del agua. Hubieras perdido la apuesta.» Joe sintió algo muy extraño en las piernas. Ahora, por fin, reconocía aquella voz que era la propia, inconfundible voz del negro Smith, que quién sabe por qué no habría podido reconocerla antes. Pensó en Johnny. ¿Qué habría estado soñando Johnny? Bien, de todos modos, le agradecía las hermosas, inolvidables sensaciones que le hizo experimentar con su pequeña muerte.
José Revueltas, Obras completas (9), Dormir en tierra, Ediciones Era, México, D.F., 1978, décima reimpresión: 1997. Edición original: 1941 [José Revueltas].

Wednesday, October 21, 2015

La (pesca) da: Elia Casillas


Padres de Normalistas desaparecidos en Navojoa, Sonora.

Fotografías de Diario del Valle, de Navojoa, Sonora.  
 
 
 
 


























David Slodky en las glosas, los poemas y las narraciones



DEL AMOR Y EL DOLOR…



Viernes 6 de noviembre, 21 hs., Casa de la Cultura de Salta....
Entrada libre y gratuita.

David Slodky en las glosas, los poemas y las narraciones
Julio Menéndez en el piano
Mara Szachniuk en el canto
Producción: Secretaría de Cultura de la Provincia
1. Presentación: Rainer María Rilke: “También es bueno amar”
(Johannes Brahms: Intermezzo 2 op. 117)
2. ¿Qué es el amor?
2.1. Lope de Vega: Rima 126. (Isaac Albéniz: El Albaicín).
2.2. Jacques Prevert: Este amor (Maurice Ravel: A la
manera de Alexander Borodin)
2.3. En mis canciones (Mara Szachniuk)
3. Consideraciones sobre el amor
3.1. Spinoza, Ortega y Gasset, Stendhal, Fromm, Badiou. El amor
amenazado
3.2. Pedro Salinas: Gloria a las diferencias
3.3. Vuela Lento (Mara Szachniuk)
3.4. Pedro Salinas: Perdóname
4. El miedo a amar
4.1. Tom Jobin: Inutil paisagem
4.2. Jacobo Regen: El miedo
4.3. David Slodky: Suya
4.4. Julio Díaz Villalba: Acero
5. El amor como salvación
5.1. David y Lisa
5.2. David Slodky: Entonces…
5.3. Ausencia (Cesária Evora)
6. El amor como sereno anhelo
6.1. Julia Prilutzky Farny: “Un día te querré…”
6.2. The man I love (George e Ira Gershwin)
7. El amor recién hallado
7.1. Robert Schumann: 3 lieder de “Amor y vida de mujer”
7.2. Gustavo Adolfo Bécquer: Rima XVII
7.3. Pablo Neruda: La reina
7.4. Pablo Neruda: Tu risa
8. El amor y el dolor
8.1. Romance epistolar de Juan Ramón Jiménez y Georgina
Hübner (Joaquín Rodrigo: Concierto de Aranjuez / saya
popular anónima)
8.2. Juan Ramón Jiménez: Carta a Georgina Hübner, en el
cielo de Lima (Carlos Guastavino: Sonatina para piano,
1er. mov., Allegretto)
8.3. Tonada de Luna llena (Simón Díaz)
9. El amor y sus perturbaciones
9.1. Julia Prilutzky Farny: Este miedo de ti, de mí…
(Frédéric Chopin: Preludio Nº 4)
9.2. Insensatez (Tom Jobim)
9.3. Julia Prilutzky Farny: Largo (Claude Debussy: Pasos
sobre la nieve)
9.4. Alfonsina Storni: Tú me quieres blanca
9.5. La llorona (Son istmeño mexicano)
9.6. David Slodky: La duda (Dmitri Shostakovich: Preludio
Nº 2)
10. El dolor del amor que ya no es
10.1. ¿Qué he sacado con quererte? (Violeta Parra)
10.2. David Slodky: La valija
10.3. Jacobo Regen: Obediencia
10.4. Julia Prilutzky Farni: Final
11. El dolor de la muerte del ser amado
11.1. Jacobo Regen: Margalit
11.2. Julio César Luzzatto: Soneto V
11.3. Ne me quitte pas (Jaques Brell)
12. El alborozo de volver a amar
12.1. Julio Enrique Bernárdez: Soneto (Margueritte Monnot
y Edith Piaf: Himno al amor)