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Saturday, December 31, 2016

Ana Valerga: Silvina Ocampo

Ana Valerga Ana, Ana, la llamaban y acudía corriendo como si la persiguieran. Los ojos de lebrel, la boca de anfibio, las manos de araña, el pelo de caballo, hacían de ella un animal más que una mujer. La conocí por casualidad en el policlínico cuando acompañé a una de mis amigas a visitar a un niño que estaba internado allí. Por su cuenta, Ana Valerga había instalado en el edificio, en un rincón del garaje en desuso, una clase para niños atrasados, que le valió cierta fama en el barrio. Los niños eran difíciles de educar, algunos rebeldes y tercos, pero Ana Valerga tenía un sistema para domarlos: los amenazaba con un vigilante que los llevaría presos. El vigilante, que era amigo de ella, después de darle un beso, se colocaba estratégicamente detrás de una puerta para asustar a los niños. Ana también los amenazaba, cuando no estaba el vigilante disponible, con los monumentos de la ciudad; les decía que no eran de bronce, ni de piedra, ni de mármol, como creía la gente, sino de carne y hueso. Los indios, los caballos, los toros, los hombres y las mujeres aparentemente no se movían, pero bastaba que pasara un niño para que lo robaran. Lo que nunca había sabido era para qué los querían. En noches de insomnio, Ana Valerga ideaba modos de lograr la obediencia de los niños. Para que ellos creyeran las historias que inventaba, no vaciló en molestarse de mil maneras. Una vez persuadió al vigilante para que la detuviera, ante los niños, porque un vaso de agua se derramó; otra vez llevó, con un grupo de niños, maíz a un caballo de bronce; otra vez pan a mujeres de mármol; otra vez agua a un prócer. Los niños reaccionaron de un modo favorable: obedecieron, fueron más dóciles ante las amenazas. Si no hubiera sido por el desdichado Mochito, que estuvo a punto de perder la vida entre las flechas de los indios de mármol, de la plaza Gualeguaychú, una tarde, Ana Valerga hubiera progresado en su labor educativa; pero las autoridades cerraron su clase y la llevaron presa por practicar una enseñanza ilegal y por torturar a los niños enfermos. Las madres protestaron: los niños habían progresado, sin vacilar reconocían el nombre de los monumentos, de los próceres. No parecían muertos, como antes.




Elia Casillas: POR ESTA HEBRA



Tiene en sus pensamientos mi sombra 

y transpira una flor carnosa en los labios,

halo púrpura de mi amapola galopante

tritura y espejea los cristales de la luna

en el pubis delicado de la tierra. 

Lo recuerdo encendido, 

esos ojos aletean en mi alcoba

y el vestido descubre su terreno,

se atranca con la melodía

y deambula en las venas el querer,

hay incienso en los tobillos

y el pueblo se perfuma

con el sudor de sus hembras.

Es de noche

se encumbran mis esferas

y en el austro el cuerpo se rocía, 

es de noche,

y Dios también está despierto.

Las manos capturaron el instante

que me tiene destejiendo crespúsculos  

en una nota de locura.

Abrazada al pulpo de la memoria

caigo en una peregrinación

y subo con el mismo hombre

con la lengua exacta me desvisto

en este mundo de papel


que las frases devoran.



POR ESTA HEBRA  [Fragmento}

SEDIENTO EDICIONES






Thursday, December 29, 2016

Silvina Ocampo: Mi amada


Tenía los ojos verdes y alargados. Soy dibujante y por eso tal vez pienso detalladamente en el cuerpo de Verónica, aunque admire sus excelencias espirituales y la ame profundamente. No debía sin embargo amarla: fui traicionado, abandonado por ella, pero si pienso por un instante sólo en su cabellera, tengo que amarla y olvidar el reiterado mal que me hizo. La cabellera es tan inmemorial en el amor, tan cantada como la luna en el cielo para los poetas. Sirvió de don y de castigo. Berenice la ofreció a Venus, Santa María Magdalena secó los pies perfumados de Jesús con ella, ¿por ella no fueron arrastradas a la muerte Santa Catalina, Desdémona, la mujer de Barba Azul? ¿La reina Filomena no la extendió como una alfombra para que el rey se arrodillara frente a ella la noche de sus bodas? Y decía otros disparates por ese estilo. Fue lo primero que conocí de Verónica y algo que no llego nunca a conocer del todo. Si quisiera decir de qué color es, no podría: no por las tinturas (mezcla de manzanilla y de agua oxigenada) que después supe que usaba, sino por la calidad de los reflejos que se infiltran en ella como en los caireles de las antiguas arañas, que llevan los colores del arco iris. Desatada, caída sobre los hombros parece un manto cuyo ornamento principal es, en las puntas, el fleco, que podría servirle de flequillo; a veces es una enredadera torturada y sinuosa; a veces una cortina fresca que juega con el viento o que me ampara; a veces una carpa donde se esconde y donde no me deja entrar. Me sirvió de pañuelo, de almohada, de velo, de tapiz, de venda, de vestidura, de cubrecama, de adorno. Fue lo primero que conocí de su cuerpo. Ciertamente la toqué antes que a sus manos sobre la arena húmeda como si hubiera sido una planta junto a los tamariscos. Ella tenía sueño aquella mañana (lo supe después), y detrás de sus anteojos de sol, yo no podía saber que sus párpados estaban cerrados. Sabía en cambio que su cabellera enmarañada y fina se estremecía cuando el viento sopló sobre mi boca. Me buscaba sin que ella lo sintiera. La respiré, la mordí, la besé contra la arena. Desde aquel día fue mi cómplice, mi partidaria, aun cuando nos peleamos. Estábamos en una de esas playas cuya arena es como el fondo de algunos bajorrelieves griegos donde no cabe ninguna otra figura ni adversa ni amiga. No advertíamos la promiscuidad de nuestros cuerpos, bajo el sol que nos estremecía. Apoyé clandestinamente mi cabeza sobre su cabellera (que había extendido sobre una toalla), para soñar que era mía. La toalla era celeste, con grandes flores de relieve y con un fleco impecable que se mezclaba con las puntas del pelo: era una suerte de continuación del cielo. Pero alguien a su lado le hablaba y al mirar el dibujo de las sombras sobre la toalla entreví lo que significaba el sonido de su voz contestando amorosamente a otra persona que la conocía, que conocía su nombre, su edad y tal vez los secretos más íntimos de su vida. No me dolió. Me indicaba sin embargo la presencia de otro cuerpo que la amaba. Antes que existiera mi amor, ya existía esa entrega total de mi ser. Antes que existiera nuestro vínculo, existió mi confianza ciega, incondicional, resuelta. Se volvió y me miró fulminándome con la mirada. El movimiento de uno de mis pies impacientes llenó de arena su pelo. Tuve que alejarme, arrancarme, separarme. El mundo moderno con sus hacinadas playas permite la originalidad de estos encuentros. A veces quisiera haber vivido en otras épocas, pero en este episodio fui un privilegiado. La cabellera de Isolda, la de Julieta, la de Melisandra, que bajaba por la ventana al encuentro de su amante, ninguna puede compararse con la de Verónica. Me abrazaba sobre los sitios donde se había acostado; buscaba el hueco donde se apoyaba mi cabeza para susurrar a mi oído aquí estoy, bésame. Durante mucho tiempo conocí sus estados de ánimo por su cabellera, cosa que la perturbaba. Menos informativo es un termómetro. Era lacia y un poco más oscura cuando estaba triste, también lacia (de un modo inconfundible) cuando había hecho el amor; era lacia también cuando no se preocupaba en parecer más bonita o más seductora. Era ondulada cuando estaba en la naturaleza, dentro de la naturaleza como dentro de un huevo que no quería romper para salir; era ondulada también cuando se enfurecía por motivos injustos; enrulaba entonces en uno de sus dedos un mechón y lo martirizaba hasta cansarse de él; era ondulada también cuando se despertaba después de haber dormido en posturas desesperadas sobre la almohada. Muchas mujeres usan peluca para fingir que tienen más pelo, pero ella no necesitaba ese agregado. Sobre su cabeza planea la cabellera como una aureola de santa, que no participa de sus vicios. Gracia divina que es de ella pero sin embargo no del todo suya: está unida a ella, pero separada por no sé qué mágica sombra del nacimiento. ¡Cómo habría yo guardado las cintas que amorosamente trenzaron (conviviendo con ella) su cabellera de niña!. ¡Cómo habría yo guardado las puntas cortadas de pelo, que cayeron en los pisos de las peluquerías o de su casa, cuando se lo recortaba la madre, la tía o la sirvienta, para jugar a las peinadoras, o para tratar de arreglarla mejor en un día de fiesta!. ¡No lo puedo saber! ¿Cómo podría comprender que yo amé (aparentemente) una parte de ella más que a ella misma? En el hotel La Madreperla, sentada en una mecedora, se secaba el pelo con una pantalla. Su vida se resumía en verano a secar y mojar, mojar y secar, el pelo que envolvía con numerosas horquillas; no me importaba su holgazanería. El verano es para eso. Su tarea de dactilógrafa la cumplía estrictamente cuando terminaban las vacaciones. "Nunca me divierto" me decía; "No me gustan las fiestas. No parezco una chica moderna." Agregaba suspirando: "Soy anticuada. No me pinto los ojos, no fumo ni bailo rock and roll. A veces me da vergüenza." Fui feliz con ella hasta el día en que le regalé el peine perfumado. Un peine de ámbar que usaba con insistencia voluptuosa. En vano la visitaba y la esperaba. Siempre en el momento de besarla blandía como un arma el peine perfumado y se peinaba nerviosamente, ignorando mi presencia. Nunca supimos cómo se le formaban aquellos interminables nuditos en el pelo, que había que desenredar. —Verónica, un día acabaré por ahorcarte con tu propio pelo —le dije—. Dame el peine. —El peine es mío. Podés hacer lo que quieras conmigo, pero no con el peine —me contestó, tendiéndome un largo mechón tentador—. —Sería fácil –exclamé—. —Ya lo creo —me dijo—. Tomé en mis manos su cabellera que dividí rápidamente en dos, le crucé las dos partes debajo de su mentón y las anudé alrededor de su cuello con fuerza. Su cara se puso roja, saltaron las venas de su frente, puso en blanco los ojos, sacó un poco la lengua. —Esta es tu obra —le dije—.  Pero no me oyó. Se había desvanecido. Su mano no soltó el peine perfumado. No logré estrangularla gracias a la suavidad de su pelo, cuyo nudo se deshacía para defenderla o para contrariarme, o para salvarme de un crimen. Ahora, Verónica rehúsa verme. A veces me llama por teléfono.




Faot 2017 Concierto - Mon Laferte

Amancio Luna: Silvina Ocampo

Amancio Luna, el sacerdote Tenía un triángulo verde en el iris castaño de uno de los ojos, el pelo oscuro y lacio, las mejillas hundidas, los pómulos salientes, la boca violeta, como una cicatriz. Lo vi una vez en mi vida, cuando yo tenía ocho años, pero nunca pude olvidarlo. Durante un veraneo, tuve una otitis infecciosa; mi madre me llevó a verlo al monasterio. Hacía mucho tiempo que yo sufría de dolores de cabeza cuyas causas ningún médico supo descubrir y yo sabía que me llevaban al monasterio como a otro consultorio. Esperamos a Amancio Luna en un enorme patio lleno de sol; los canteros tenían piedritas bien cuidadas y una preciosa profusión de naranjos. Para endulzar mi sufrimiento mi madre me regaló aquel día un paquete de caramelos. Cuando apareció Amancio Luna, con su hábito oscuro y su rostro grave, me inquieté. Luna se caló las gafas. Ceremoniosamente nos hizo pasar a su celda; me quitó el paquete de caramelos y el abrigo. Después de mirarme la oreja, salió al patio a buscar algo y volvió. Volvió con una piedrita que me aplicó a la oreja. Me pareció al principio que la piedrita me quemaba; luego sentí un bienestar extraño. —¿No te duele? —Inquirió el sacerdote—. Sacudí la cabeza. Mi madre tímidamente le preguntó: — ¿Cura con piedritas?—. En efecto, era un cura con piedritas, pero advertí después que mi madre le preguntaba si curaba con piedritas las enfermedades. El sacerdote tardó en contestar porque buscaba en mi oreja algún lugar que seguramente era la clave, el álgido punto donde actuaría mejor el calor milagroso de la piedra. Hábilmente colocó la piedra sobre el pabellón de mi oreja, luego puso mi mano en el sitio donde estaba la suya para que yo misma sostuviera la piedra. Se acercó a un mueble, abrió un largo cajón lleno de piedritas y las señaló: —Estoy en este monasterio gracias a estos objetos aparentemente insignificantes —dijo con lentitud—. Cuando yo tenía la edad de esta niña — prosiguió— jugaba con las piedritas del jardín. El jardín estaba aquí emplazado y rodeaba mi casa natal. Yo no quería salir del jardín, porque ahí me entretenía más que en ninguna otra parte, y con razón. Una vez descubrí que en cada piedra Dios me mandaba un mensaje divino. Entre el pulgar y el índice el sacerdote tomó una piedra y, haciéndola brillar en el aire, la mostró. — ¿Qué ve usted acá? —Preguntó a mi madre—. Un monasterio ¿verdad? ¿Reconoce la fachada? Es éste. Estaba en esta piedra, antes de que yo lo hubiera hecho construir. Mi madre suspiró elocuentemente. — ¿Y su casa, la casa donde nació? —Preguntó mi madre—. —No pude conservarla. Resultaba costoso mantener los dos edificios. La hice demoler. —Qué pena —exclamó mi madre—, era tan linda. Yo la veía siempre cuando iba a la escuela. Me detenía a mirar los leones de piedra del portón y el aljibe con el brocal de mármol. 55 El sacerdote hizo un ademán como de espantar una mosca y prosiguió con sus preguntas: — ¿Y acá? —dijo, tomando otra piedra, como si fuera un bombón de chocolate. —Veo a la Virgen con el Niño —susurró mi madre, que se sonrojó vivamente—. —Muy bien, mi hijita. ¿Y acá —dijo el sacerdote tomando otra piedra entre los dedos—. —Una santa. — ¿Cuál? Fíjese bien. —Santa Clara. —No, mi hijita, Santa Clara no lleva una corona de rosas, lleva en su mano una linterna. Reflexione un poco. Nuestra Patrona. —Sí, sí —dijo mi madre—. Santa Rosa de Lima. — ¿Y acá? —dijo el sacerdote tomando otra piedra entre sus dedos. —Un niño. — ¿Qué niño? Vamos, mi hijita. —El Niño Jesús. —Naturalmente. ¿Cómo no había usted de reconocerlo? Mire —agregó, señalando con el índice los detalles de su cabellera—. No le faltan ni los rulitos. Mi madre exclamaba con júbilo: —Qué maravilla, pero qué maravilla. Ya no me dolía el oído y retiré la piedrita del lugar en donde la había colocado el sacerdote, pero me ordenó sostenerla de nuevo hasta que la piedra se enfriara y con un ademán severo me la aplicó otra vez sobre la oreja. Grité porque sentí el ángulo de la piedra. El padre prior acudió para ver qué sucedía. Entreabrió la puerta, chistó, colocó el índice sobre su boca y, al vernos, abrió los ojos desmesuradamente. En verdad la piedra parecía mágica o más bien diabólica pues tardó muchísimo en perder ese calor sedante que tenía y que, pasado mi dolor, me abrumaba. Mientras tanto mi madre contemplaba la colección de piedritas que el sacerdote le enseñaba. A la caída del sol salimos del monasterio. Cinco pares de ojos en la puerta nos espiaron. Felices, yo de no sentir más dolores en el oído y mi madre de haber logrado que alguien me sanara, entonamos una canción y volvimos a casa. Fue a principios del otoño cuando mi madre, por una tía, recibió la noticia de que a Amancio Luna le habían quitado los hábitos. Lo acusaban de practicar brujerías con personas enfermas, que iban al monasterio a visitarlo. Mi madre tuvo remordimientos, porque pensó que tal vez nos habíamos demorado demasiado en la celda el día de nuestra visita. Hablaba con sus amigas de la aparición del prior y de los ojos que nos espiaban a la salida. Era probable, argüía, que hubiéramos despertado sospechas, pues yo llevaba la cabeza vendada y con mis quejidos atraje la atención de algunas personas, cuando esperábamos, en el patio, la llegada del sacerdote. ¿Pero acaso no hacía tiempo que los métodos curativos de Amancio Luna se conocían y se respetaban? ¿En qué momento todo eso dejó de parecer natural y se convirtió en sacrílego? Nunca lo sabríamos, pero mi madre, que era muy escrupulosa, pensó que todo se había desencadenado aquella tarde.   Poco después leímos en los diarios que Amancio Luna había muerto. Según dijeron, en su mano encontraron un piedrita que llevaba, estampado, su rostro, con lágrimas. No faltó quien atacara a la Iglesia por no canonizarlo, pues parientes de Luna sostenían que la piedra, todos los años, en la fecha de su muerte, emitía verdaderas lágrimas.




Wednesday, December 28, 2016

PROGRAMA SUBSEDES: FAOT 2017





























































Edgar Allan Poe: Hop Frog


Jamás he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey. Parecía vivir tan sólo para las bromas. La manera más segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara avis in terris.
Por lo que se refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los «espíritus» del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo fastidiaban. Hubiera preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las verbales.
En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias «potencias» continentales conservaban aún sus «locos» profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.
Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su ministerio… y la suya propia.
Su «loco», o bufón profesional, no era tan solo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona.
Creo que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.
Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana.
No puedo afirmar con precisión de qué país había venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.
No hay que sorprenderse, pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables. Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.
En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras. Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que nada podía hacerse sin su asistencia.
Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de indecisión… salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura, les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.
Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) «a estar alegre».
-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes… (Hop-Frog suspiró)… y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajes… personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.
Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de «sus amigos ausentes» hizo acudir las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.
-¡Ja, ja, ja! -rió éste con todas sus fuerzas-. ¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan los ojos!
¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos ellos parecían divertirse muchísimo con la «broma» del rey.
-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro, que era un hombre muy gordo.
-Sí -aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos. Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos… ¡Ja, ja, ja!
Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.
También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.
-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?
-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien el vino había confundido por completo.
-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló el monstruo-, o por todos los diablos que…!
El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.
Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo… de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.
La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.
Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.
-¿Qué… qué es ese ruido que estás haciendo? -preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.
Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:
-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.
-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.
-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.
Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.
-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión extraordinaria… una de las extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y…
-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho: yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa diversión?
-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se la representa bien, resulta extraordinaria.
-Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose y alzando las cejas.
-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el espanto que produce entre las mujeres.
-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.
-Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-. Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad… y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.
-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!
-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.
-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.
La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.
Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.
El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula, sobre el techo.
El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.
Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.
El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y, siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían sido confiadas a él.
Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél, descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.
Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara a cara.
A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.
-¡Dejádmelos a mi! -gritó entonces Hop-Frog, cuya voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!
Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y gritaba una vez más:
-¡Pronto podré deciros quiénes son!
Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente, la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies, arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar de quiénes se trataba.
Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión, que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no cabía dudar de dónde procedía el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.
-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-. ¡Ya veo quiénes son!
Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.
Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos, la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:
-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-Frog, el bufón… y esta es mi última bufonada.
A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció a través de la claraboya.
Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió a ver.

Traducción de Julio Cortázar






Faot 2017 Noche de Gala María Katzavara, soprano

Tuesday, December 27, 2016

Elia Casillas: POR ESTA HEBRA


 Frotó el corazón, ¿reconoce esta mujer?

ya no soy yo,

la nostalgia se desliza en el caracol de las horas,

es tan ambiguo el espacio del éxito

y tengo los pies olvidados, 

también los ojos, 

aunque la marea nos trague con su molusco

asesino

y el cosmos desangre la luna,

su camisa es una puerta espinosa 

que no cruzaré. 

Acecho mi fugitiva,

también la órbita del vestido,

persigo rosas y sólo encuentro ramas,

¡está secándome!

el viento negro me resta.

Remuevo la pena y me desmantelo

tengo el amor en el escapulario  

y está tanteándome,

mis recelos son un desajuste

y zapateo este paréntesis vidrioso,

en mí detona el calor

más triste

donde me consumo,

su nombre revolotea

saqueándome el pensamiento.

¿Dónde está Dios?

¿Por qué no detiene este escenario que se

derrumba?

No encuentro viga

y atizo esta sangre craquelada que ya no piensa,

guardo la ceniza de mis triunfos en un grano de

polvo,

    enigma del por qué me desarmo

y ceno sola.

El amor se deshabita en el lienzo del crepúsculo

y se tapa con el atardecer,

con su voluntad,

sólo la voz en la mano se rompe

y mis órganos son hojas solitarias

donde nadie  escribe.

Alguien chupa los apuntes de la sangre,

     alguien se lleva mi vida entre sus piernas,

el mouse me alcanza,

el poema está cerca de ser alguien

y alguien espera una dedicatoria

y en los picos de la Muerte se mueve el tiempo

que no ha de volver,

alguien espera y espera siempre. 

Plantó en los caminos su amor

y en mis entrañas una hoguera

por los siglos de los siglos. 

Juego en la humedad de un trébol 

mientras el fulgor acelera este culto tenaz,

y la rutina sin cabeza me absorbe,

    donde está el polvo de mi vida,

las arañas escuchan sus historias.






Libro: POR ESTA HEBRA [Fragmento]
Sediento Ediciones





CARTA DE DESPEDIDA DE HENRY MILLER A ANAïS NIN



¿Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en las sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo inacabable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.
Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.
Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio. Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós, tuyo siempre


Henry.










Faot 2017 - Gala de ópera Elina Garanca, mezzosoprano

Le poète maudit: JulioTorri


Muy poco grata era su compañía y evitada hábilmente por todos. Había perpetrado un latrocinio hacía mucho, y lo que es peor no conservaba nada del mal habido dinero. De las dos razas humanas, pertenecía a la que pide prestado. Era un fatuo sin igual que no hallaba en Darío sino un admirable virtuoso de las palabras, y en Lugones un imitador genial sin originalidad verdadera. Su vida era completamente irregular. Notoria su mala educación; y nadie extrañará que deliberadamente le hayamos olvidado cuando redactamos la lista de socios de la Agrupación Ariel. Su ilustración era muy desigual, y desde luego nada académica. De latín no sabía ni los rudimentos, ni leía a los humoristas ingleses del tiempo de la reina Ana, ni poseía la principesca edición de los cuentos de Lafontaine, que engalanaron Eisen y Chauffard, ni había oído hablar del Pseudo Calístenes, del Pseudo Turpino, ni del Pseudo Pamphilus.
Pero a pesar de todo, y por raro capricho de la Fortuna... hacía mejores versos que nosotros. No cabe duda que los dones poéticos se reparten de modo arbitrario y a veces tocan en suerte a los peores sujetos (de que se pueden aducir tantos ejemplos ilustres).
—Se suele admirar hasta la idolatría a un poeta— nos decíamos en nuestras amables cenas de la Agrupación Ariel—, y no apetecerlo para compañero en el paraíso.
Tras propinarnos intolerables acertijos rimados nos consolábamos considerando que si la poesía tiene curiosas virtudes como la de mover los árboles y detener la corriente de los ríos, no dignifica por sí sola a los que la cultivan ni los dota de autoridad en letras.