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Tuesday, January 31, 2017

CONCIERTO CHOPIN Con Pajaro Loco y Andy Panda Version completa

Truman Capote: UN VISÓN PROPIO

Mrs. Munson terminó de retorcer una rosa de lino en su pelo de color caoba y retrocedió unos pasos desde el espejo para apreciar el efecto. Después se recorrió las caderas con las manos..., el único problema era que el vestido le quedaba un poco demasiado prieto. «Unos arreglos no volverán a salvarlo», pensó, furiosa. Tras una última mirada de desdén a su reflejo, se volvió y entró en el cuarto de estar. Por las ventanas abiertas entraban gritos muy fuertes, sobrenaturales. Vivía en el tercer piso y al otro lado de la calle estaba el patio de recreo de una escuela. A última hora de la tarde el ruido era casi insoportable. ¡Dios, si lo hubiera sabido antes de firmar el contrato de alquiler! Cerró las dos ventanas con un pequeño gruñido y, si fuera por ella, podían quedarse cerradas durante los dos años siguientes. Pero estaba tan emocionada que no podía disgustarse de verdad. Vini Rondo venía a verla, figúrate, Vini Rondo..., ¡y esa misma tarde! Al pensarlo sentía un aleteo en el estómago. Habían pasado casi cinco años y Vini había estado todo ese tiempo en Europa. Cada vez que Mrs. Munson se encontraba en un grupo que hablaba de la guerra, su anuncio era invariable: «Bueno, como saben, en este mismo minuto tengo en París a una amiga muy querida, Vini Rondo, ¡estaba allí mismo cuando entraron los alemanes! ¡Tengo auténticas pesadillas cuando pienso en lo que debe de estar pasando!» Lo decía como si fuera su propio destino el que se pesaba en la balanza. Si había alguien en el grupo que no conociese la historia, se apresuraba a explicar lo referente a su amiga. —Verá —empezaba—, Vini era la chica con más talento del mundo, interesada en el arte y todas esas cosas. Bueno, como tenía un montón de dinero se fue a Europa a pasar un año, como mínimo. Al final, cuando su padre murió hizo las maletas y se fue para siempre. Caray, tuvo una aventura y se casó con algún conde o barón o algún título. Quizás haya oído hablar de ella... Vini Rondo... Cholly Knickerbocker la mencionaba continuamente. Y seguía perorando, como si fuera una lección de historia. «Vini, de vuelta en América», pensó, con un regocijo incesante por la fantástica noticia. Amontonó sobre el sofá las almohadillas verdes y se sentó. Examinó la habitación con ojos penetrantes. Es curioso que no veamos realmente nuestro entorno hasta que esperamos una visita. Bueno, Mrs. Munson suspiró satisfecha, aquella chica nueva, cosa rara, había restituido pautas de antes de la guerra.  De pronto sonó el timbre. Sonó dos veces antes de que ella pudiera moverse, de tan emocionada que estaba. Por fin se serenó y fue a abrir. Al principio no la reconoció. La mujer que tenía delante no llevaba aquel peinado tan chic, recogido en un moño..., por el contrario, lo llevaba más bien lacio y parecía desgreñado. ¿Y un vestido estampado en enero? Mrs. Munson procuró que su tono no delatase decepción cuando dijo: —Vini, querida, te habría reconocido en cualquier parte. La mujer seguía plantada en el umbral. Debajo del brazo llevaba una caja grande de color rosa y sus ojos grises miraban con curiosidad a Mrs. Munson. —¿Sí, Bertha? —Su voz era un extraño susurro—. Qué amable, muy amable. Yo también te habría reconocido, aunque has engordado bastante, ¿no? Aceptó entonces la mano extendida de Mrs. Munson y entró. La anfitriona estaba azorada y no supo qué decir. Entraron del brazo en el cuarto de estar y se sentaron. —¿Te apetece un jerez? Vini sacudió su cabecita morena. —No, gracias. —¿Un scotch, quizás? —preguntó Mrs. Munson, desalentada. El reloj con forma de estatuilla encima de la falsa repisa de chimenea sonaba débilmente. Hasta entonces no había notado lo fuerte que podía sonar. —No —dijo Vini, con firmeza—, nada, gracias. Mrs. Munson, resignada, volvió a recostarse en el sofá. —Ahora, querida, cuéntamelo todo. ¿Cuándo has vuelto a los Estados? Le gustaba cómo sonaba aquello: «los Estados». Vini colocó la caja grande y rosa entre sus piernas y enlazó las manos. —Llevo aquí casi un año —hizo una pausa y luego se apresuró, al ver la expresión sobresaltada de su anfitriona—, pero no he estado en Nueva York. Desde luego, me habría puesto en contacto contigo antes, pero estaba en California. —Oh, California, ¡me encanta California! —exclamó Mrs. Munson, aunque en realidad Chicago era lo más al este que había estado. Vini sonrió y Mrs. Munson advirtió lo irregulares que tenía los dientes y decidió que no les vendría nada mal un buen cepillado.   —Así que cuando volví a Nueva York la semana pasada pensé en ti al instante. Me ha costado horrores encontrarte porque no me acordaba del nombre de tu marido... —Albert —dijo, sin que hiciera falta, Mrs. Munson. —... pero por fin me acordé y aquí estoy. Verás, Bertha, la verdad es que empecé a pensar en ti cuando decidí deshacerme de mi abrigo de visón. Mrs. Munson vio un rubor súbito en la cara de Vini. —¿Tu abrigo de visón? —Sí —dijo Vini, levantando la caja rosa—. Te acordarás de él. Siempre te gustó mucho. Siempre decías que era el abrigo más bonito que habías visto en tu vida. Empezó a desatar la raída cinta de seda alrededor de la caja. —Pues claro, sí, claro —dijo Mrs. Munson, dejando que el «claro» se fuera apagando poco a poco. —Me dije: «Vini Rondo, ¿para qué demonios necesitas este abrigo? ¿Por qué no se lo queda Bertha?» Ya ves, Bertha, me compré en París un abrigo maravilloso de marta cibelina y comprenderás que no necesito para nada dos abrigos de piel. Además, tengo mi chaqueta de zorro plateado. Mrs. Munson observó cómo Vini separaba el papel de seda dentro de la caja, vio el esmalte mellado de sus uñas, vio que no llevaba joyas en los dedos y comprendió de golpe muchas otras cosas. —Así que pensé en ti y si no lo quieres tú lo guardaré sólo porque no soporto la idea de que lo tenga otra persona. Giró en el aire el abrigo, a derecha e izquierda. Era precioso; la piel brillaba, suntuosa y muy tersa. Mrs. Munson extendió la mano y pasó los dedos por ella, erizando a contrapelo la pelusa diminuta. Dijo, sin pensar: —¿Cuánto? Retiró la mano rápidamente, como si hubiera tocado una llama, y escuchó la voz de Vini, suave y fatigada: —Me costó casi mil. ¿Mil es demasiado? Mrs. Munson oía el griterío ensordecedor del patio de la escuela y por una vez lo agradeció. Le ofrecía algo distinto en lo que concentrarse, algo que aliviaba la intensidad de sus sentimientos.   —Me temo que es demasiado. No puedo permitírmelo —dijo, distraída, mirando aún el abrigo, con miedo a levantar los ojos y ver la cara de la otra mujer. Vini arrojó el abrigo sobre el sofá. —Bueno, quiero que te lo quedes. No es tanto por el dinero, pero creo que debería recuperar algo de mi inversión... ¿Cuánto podrías pagar? Mrs. Munson cerró los ojos. ¡Oh, Dios, aquello era horrible! ¡Era un auténtico horror! —Cuatrocientos, quizás —respondió con voz débil. Vini volvió a levantar el abrigo y dijo, con un tono animado: —A ver cómo te sienta. Entraron en el dormitorio y Mrs. Munson se probó el abrigo delante del espejo de cuerpo entero del armario. Con unos pocos retoques y acortando las mangas, quizás recobrase su brillo original. Sí, la verdad es que no le sentaba mal. —Oh, creo que es precioso, Vini. Has sido un encanto al pensar en mí. Vini se apoyó en la pared y en su cara pálida había dureza a la intensa luz del sol de las ventanas del espacioso dormitorio. —Puedes extender el cheque a mi nombre —dijo, con desinterés. —Sí, por supuesto —dijo Mrs. Munson, volviendo a la tierra de repente. ¡Imagina a Bertha Munson con un visón propio! Volvieron al cuarto de estar y rellenó el cheque para Vini. Ésta lo dobló con cuidado y lo depositó en su bolsito de cuentas. Mrs. Munson se esforzó en darle conversación, pero cada nuevo intento se estrellaba contra una pared fría. Una de las veces dijo: —¿Dónde está tu marido, Vini? Tienes que traerle para que charle con Albert. —¡Ah, él! —había respondido Vini—. No le veo desde hace siglos. Que yo sepa, sigue en Lisboa. Y ahí quedó todo. Por fin, Vini se marchó, después de haber prometido que telefonearía al día siguiente. Cuando se hubo ido, Mrs. Munson pensó: «¡Vaya, pobre Vini, no es más que una refugiada!» Luego cogió su abrigo nuevo y entró en el dormitorio. No podía decirle a Albert cómo lo había conseguido; estaba descartado. ¡Puf, se pondría furioso al saber el precio! Decidió esconderlo en lo más recóndito de su ropero y un buen día lo sacaría y diría: «Albert, mira qué maravilla de visón me he comprado en una subasta. Por un precio irrisorio.»   Tanteando en la oscuridad del ropero, colgó el abrigo en una percha. Dio un pequeño tirón y escuchó horrorizada la rasgadura. A toda prisa encendió la luz y vio que la manga estaba desgarrada. Sujetó el roto y tiró con suavidad. Se desgarró un poco más y luego otro poco. Con una desolación rabiosa supo que el abrigo entero estaba podrido. «¡Oh, Dios mío!», dijo, agarrando la rosa de lino que llevaba en el pelo. «¡Oh, Dios mío, me han timado, timado como a una incauta y no puedo hacer absolutamente nada!» Porque de pronto Mrs. Munson comprendió que Vini no llamaría por teléfono al día siguiente ni nunca más. 

[Traducción de Jaime Zulaika]








Monday, January 30, 2017

Truman Capote : LAS PAREDES ESTÁN FRÍAS


... así que Grant les ha dicho que vinieran a una fiesta fantástica y, bueno, ha sido así de fácil. La verdad, creo que ha sido una genialidad recogerlos, sólo Dios sabe que podrían resucitarnos de la tumba. La chica que estaba hablando dio unos golpecitos a su cigarrillo para que la ceniza cayera a la alfombrilla persa y miró con aire contrito a su anfitriona. Ésta enderezó su traje negro y elegante y frunció los labios, nerviosa. Era muy joven, menuda y perfecta. Un lustroso pelo negro enmarcaba su cara pálida, y su barra de labios era una pizca demasiado oscura. Eran más de las dos y estaba cansada y quería que se largasen todos, pero no era pan comido deshacerse de treinta personas, sobre todo cuando la mayoría estaba empapuzada del scotch de su padre. El ascensorista había subido dos veces para quejarse del ruido y ella, entonces, le había dado un whisky, que era lo que él quería, a fin de cuentas. Y ahora los marineros..., oh, al diablo todo. —Está bien, Mildred, de verdad. ¿Qué son unos marinos de más o de menos? Dios, espero que no rompan nada. ¿Quieres volver a la cocina y ocuparte del hielo, por favor? Veré lo que puedo hacer con tus nuevos amigos. —La verdad, querida, no creo que sea necesario. Por lo que he visto, se aclimatan con gran facilidad. La anfitriona se encaminó hacia sus invitados repentinos. Apiñados en un rincón de la sala, no hacían más que mirar y no tenían aspecto de sentirse muy a gusto. El más guapo del sexteto giró su gorra, nervioso, y dijo: —No sabíamos que había una fiesta así, señorita. Quiero decir que sobramos, ¿no? —Pues claro que sois bien recibidos. ¿Qué demonios pintaríais aquí si yo no quisiera que os quedaseis? El marino estaba azorado. —Esa chica, la tal Mildred y su amiga, nos han ligado en alguno de los bares y no teníamos la menor idea de que veníamos a una casa así. —Qué ridiculez, qué ridiculez más absoluta —dijo la anfitriona—. Sois del Sur, ¿verdad? Él se encajó la gorra debajo del brazo y pareció más tranquilo. —Yo soy de Mississippi. Supongo que nunca ha estado allí, ¿verdad, señorita?  Ella apartó la mirada hacia la ventana y se pasó la lengua por los labios. Estaba cansada, cansadísima de aquello. —Oh, sí —mintió—. Un estado precioso. Él sonrió. —Debe de confundirlo con algún otro sitio, señorita. No hay gran cosa que ver en Mississippi, excepto quizás en la zona de Natchez. —Claro, Natchez. Fui a la escuela con una chica de Natchez. Elizabeth Kimberly, ¿la conoces? —No, no puedo decir que la conozca. De repente ella se percató de que se había quedado sola con el marinero; todos sus compañeros se habían acercado al piano donde Les estaba tocando algo de Porten. Mildred tenía razón en lo de aclimatarse. —Ven —dijo ella—. Te pondré una copa. Ellos saben apañárselas. Me llamo Louise, así que por favor no me llames señorita. —Mi hermana también se llama Louise. Yo soy Jake. —Vaya, ¿no es encantador? Me refiero a la coincidencia. Se alisó el pelo y sonrió con los labios pintados de un tono demasiado oscuro. Entraron en el tugurio y supo que el marinero estaba observando cómo se balanceaba su vestido alrededor de las caderas. Se agachó para pasar por la puerta que llevaba al otro lado del mostrador. —Bueno —dijo—, ¿qué va a ser? Me olvidaba, tenemos scotch y whisky de centeno y ron; ¿qué te parece una copa de ron y Coca-Cola? —Si tú lo dices —sonrió él, deslizando la mano a lo largo de la superficie del mostrador, que se reflejaba en el espejo—. ¿Sabes?, nunca había visto un sitio como éste. Parece salido de una película. Ella revolvió rápidamente con un bastoncillo el hielo dentro de un vaso. —Si quieres, te lo enseño entero por cuarenta centavos. Es bastante grande; para ser un apartamento, me refiero. Tenemos una casa de campo que es mucho, mucho más grande. No sonó bien. Era demasiado altanero. Se volvió y repuso en su hueco la botella de ron. Veía en el espejo que él la miraba, a ella o quizás a través de ella. —¿Qué edad tienes? —preguntó él.  Ella tuvo que pensarlo un minuto, pensarlo de verdad. Mentía tan continuamente sobre su edad que a veces ella misma olvidaba la verdadera. ¿En qué cambiaba las cosas que él supiera o no su edad? Así que se la dijo. —Dieciséis. —¿Y nunca te han besado...? Ella se rió, no del tópico sino de su propia respuesta. —O sea, violado. Ella estaba frente a él y vio en su cara sobresalto y después diversión y después algo distinto. —Oh, por lo que más quieras, no me mires así. No soy mala chica. Él se sonrojó y ella volvió a cruzar la puerta y le tomó de la mano. —Ven, te enseñaré todo esto. Le llevó por un largo pasillo flanqueado de espejos a intervalos y le mostró una habitación tras otra. Él admiró las alfombras mullidas, de color pastel, y la discreta mezcla de mobiliario modernista con muebles de época. —Ésta es mi habitación —dijo ella, manteniendo la puerta abierta para que él la viera—. No mires el desorden, no todo lo he hecho yo, casi todas las chicas se han arreglado aquí. Para él no había nada fuera de su sitio, la habitación estaba en perfecto orden. La cama, las mesas, la lámpara eran blancas, pero las paredes y la alfombra eran de un verde oscuro y frío. —Bueno, Jake..., ¿qué te parece, me va bien este cuarto? —No he visto nunca uno igual, mi hermana no me creería si se lo contara..., pero no me gustan las paredes, si me disculpas que te lo diga..., ese verde... parece tan frío... Ella pareció perpleja y, sin saber del todo por qué, extendió la mano y tocó la pared al lado de su tocador. —Tienes razón en lo de las paredes: están frías. Levantó la vista hacia él y por un momento su cara compuso una expresión tal que él no supo con certeza si iba a reírse o a llorar. —No quería decir eso. Mierda, ¡no sé muy bien qué quiero decir! —¿No lo sabes o sólo estamos empleando un eufemismo? Como no obtuvo respuesta, ella se sentó en el lado de su cama blanca. —Siéntate aquí y fuma un cigarrillo —dijo ella—. ¿Qué ha sido de tu bebida?   Él se sentó a su lado. —La he dejado en el mostrador. Aquí detrás se está muy tranquilo, después de todo ese jaleo de ahí delante. —¿Cuánto tiempo llevas en la marina? —Ocho meses. —¿Te gusta? —No importa mucho si me gusta o no... He visto muchos sitios que de otro modo no habría visto. —¿Por qué te alistaste, entonces? —Oh, iban a reclutarme y la marina era más de mi gusto. —¿Lo es? —Bueno, te diré, no me acostumbro a este tipo de vida, no me gusta que me mandoneen otros. ¿Y a ti? En lugar de responder, ella se metió un cigarrillo en la boca. Él le sostuvo la cerilla y ella dejó que su mano rozara la de él. La mano de él temblaba y la luz no era muy firme. Ella inhaló y dijo: —Quieres besarme, ¿verdad? Ella le miró atentamente y vio cómo se extendía lentamente el rubor por su cara. —¿Por qué no lo haces? —No eres de esa clase de chicas. Me daría miedo besar a una chica como tú. Además, sólo me estás tomando el pelo. Ella se rió y expulsó una nube de humo hacia el techo. —Ya basta, lo que dices suena a melodrama barato. De todos modos, ¿qué significa «esa clase de chicas»? Sólo una idea. Que me beses o no es intrascendente. Lo podría explicar, pero ¿para qué? Seguramente acabarás pensando que soy una ninfómana. —Ni siquiera sé lo que es eso. —Mierda, a eso me refiero. Eres un hombre, un hombre de verdad, y yo estoy harta de chicos afeminados y débiles como Les. Sólo quería saber qué se siente, eso es todo. Él se inclinó hacia ella. —Eres una niña rara —dijo, y ella se le echó en los brazos. Él la besó y deslizó la mano por su hombro y le apretó el pecho.   Ella se volvió y le asestó un empujón violento, y él cayó despatarrado sobre la alfombra verde y fría. Ella se levantó, se puso a su lado y los dos se miraron de frente. —Eres una basura —dijo ella. Y le abofeteó en la cara desconcertada. Abrió la puerta, se detuvo, se alisó el vestido y volvió a la fiesta. Él se quedó sentado en el suelo un momento y luego se levantó y encontró el camino hasta el vestíbulo y entonces se acordó de que se había dejado la gorra en la habitación blanca, pero le dio igual, porque lo único que quería era marcharse de allí. La anfitriona miró dentro de la sala e hizo una seña a Mildred de que saliera. —Por el amor de Dios, Mildred, saca a esa gente de aquí; esos marineros, ¿qué se piensan que es esto..., la función para la tropa? —¿Qué pasa, te estaba molestando ese chico? —No, no, no es más que un paleto gilipollas que nunca ha visto nada como esto y al que le ha hecho un efecto raro en la sesera. Es sólo un pelmazo insoportable y me duele la cabeza. ¿Quieres sacarlos de aquí, por favor..., a todos? Ella asintió y la anfitriona desanduvo el pasillo y entró en la habitación de su madre. Estaba tendida en la chaise longue de terciopelo y miraba al Picasso abstracto. Cogió una diminuta almohada de encaje y la apretó contra su cara lo más fuerte que pudo. Iba a dormir allí aquella noche, donde las paredes eran de un rosa pálido y estaban calientes. 





[Traducción de Jaime Zulaika]




Sunday, January 29, 2017

Cierre del FAOT 2017: Elia Casillas


Anoche fue una verdadera locura, para nosotros empezó desde que tomamos el camino a Álamos, Sonora. Rosario dijo que iba a darme un boleto para ingresar a la última noche de gala; y quedamos en vernos a las seis de la tarde. Hicimos dos horas en la carretera, hubo momentos en que los automovilistas, de un camino, armaron dos. Vimos dos accidentes, tal vez chocaron más carros durante la noche, cinco autos averiados en un santiamén, nada más por la prisa, por la lentitud en donde nos encontrábamos, porque antes, hacíamos cuarenta y cinco minutos y este día, noche, tarde, tal vez si lográbamos pasar a salvo, dos horas sobre la carretera serían poco, a lo mejor,  otros, tardarían tres o cuatro horas o quizá, nunca iban a arribar.  Sólo pensaba que no encontraríamos un sitio seguro para estacionarnos y era posible que, ya no pasaríamos al pueblo. Por fortuna no fue así, pudimos acomodarnos en un buen sitio, cerca del Palacio donde se celebran las noches del Canto Bello. No traía saldo en mi celular, para poner al tanto a Rosario de mi situación y MEL no la tenía en sus contactos, mi bolso había quedado en la parte trasera del automóvil, entonces pensé en llamarle cuando llegáramos. Durante el trayecto, pedía, pedía, pedía: Padre, sé TÚ mi tiempo. Me bajé para ayudarle a mi chófer a acomodarse, en eso... ¡Chan...! La Rosario y el Rafael. Le comenté de las horas a vuelta de rueda, por eso mi llegada tarde. Metió la mano a su bolso y... ¡Dos boletos para la clausura del FAOT! Ya era imposible ir a la Plaza de Armas para ver a los Ángeles Azules, aquello era miles, miles de personas esperando al grupo.
Óscar de la Torre el tenor de la noche se arriesgó, lo digo porque no soy una conocedora. No se presentó con canciones conocidas, digamos, no vino con los lugares comunes que estamos acostumbrados a escuchar.  Sin embargo, me encantó, ¡Dios fue el invitado! Fue una noche muy mística, a Óscar lo acompañó Sergio Vázques, pianista y casi podíamos escuchar el murmullo de Dios. Ahí, entre nosotros, feliz el Hacedor del Universo, porque es la primera vez que lo invitan, que lo invocan
 con un programa completo, que lo llaman a un FAOT. Una señora me cuestionó acerca del concierto, sino hubiera sido mejor que lo presentaran en el Templo de la Purísima Concepción y le contesté que no. Oye, si Dios también quiere estar en el FAOT. Fíjate que no lo había pensado de esa forma, tienes razón, allá los Ángeles azules y ÉL aquí -contestó. El maestro David Hernández Bretón me dio una cátedra de lo ocurrido en el recinto. El padre de Óscar estaba entre el público, sólo él sabía todo lo que había en su corazón cuando vio a su hijo ahí, en uno de los foros más respetados de la ópera. Yo, que soy tan amante de mi Tata Dios, estuve feliz, contenta porque: Hay señales, hay señales, hay señales. Gracias Padre por la noche de anoche. Ah, ¿y los Ángeles Azules? Empezaron, pero tuvimos que venirnos, sólo escuchamos una canción, ya no había comida para cenar, yo sólo traía el desayuno y el público había crecido hasta el Palacio de Gobierno sólo para alcanzar aunque sea, aunque sea a oírlos. Tomamos el regreso, aparecía gente por todos los costados, yo pensaba: ¿dónde van a ponerse, si son miles y miles....? Cada grupo cargaba con uno o varios cajones de cerveza, digo, comento porque quienes la llevaban caminaban de lado. Casi dos kilómetros de automóviles aún sin ingresar al pueblo, y no sólo eso, los que seguían sumándose. Desde la carretera nos percatamos de que el estadio de fútbol era el estacionamiento de los autobuses y... ¡Estaba lleno! La fila de autos detenidos, daba la impresión de ser una gran serpiente iluminada, ocupando un enorme tramo de la carretera. Algo nunca pensado. Nos adentramos en la autopista, luego, a lo lejos vimos las luces de Navojoa, y... Otros dos kilómetros de carros detenidos, porque dieron la orden desde Álamos de que los pararan, porque ya no había lugar allá. Los chav@s con los estéreos abiertos y las hieleras encendidas, baile y baile; el invierno siguió su marcha, igual que la noche, igual que nosotros. Mario Welfo Álvarez Beltrán se sacó la estaca. Hubo eventos para todos los gustos, creo que sólo quedaron sentidos los que no alcanzaron un espacio en el FAOT.  ¡Gracias Tata Dios por amarme tanto!





































Director del ISC: Mario Welfo Álvarez Beltrán 

Wednesday, January 25, 2017

Virginia Woolf: LUNES O MARTES


Perezosa e indiferente, sacudiendo con facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos, o plumas blancas, siempre, siempre... Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; minibuses se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. «Compro metal»... ¿Y la verdad? Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles. Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad? Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad? Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.  



The Oaxaca... Vinicio Castilla: Elia Casillas



The Oaxaca ... Vinicio Castilla
Elia Casillas


"Carlos, did you see the glove?"
-No Vinicio.
"I can not find Carlos, help me find him."

Ahhhh, terrible news for Vinicio. He lost the glove where he put the future, water that did not come from the sky, but the spirit that at one time escaped. When the adrenaline of a catch was there, making sparks and the pain of the hand was confused with the applause. At that time, began the callosities left by the ball, an ineludible mark that would form as a specialist in the trade. From there, he began to watch baseball with another approach. But he was still a child. Yes, an eight-year-old boy, who had lost his glove, a child misplaced in the tragedy of what he wants, of what money earns. Because the silver can not be left aside, since in its mitten the savings, not only of him, but also those of his brother Carlos. Therefore, this event had a double misfortune, since neither his brother of ten years, could have it once again. His eyes widened for the stadium, but this was not enough to see the glove. He crossed each place where he walked with exact step, while, the shoes formed a channel with its swings. Then she cried. At that moment he knew that for a player there is no balm when he loses his gauntlet. This, was part of him, the other extension of his hand, somehow, assistant, comrade, the only one who knew fears and courage. Yes, the bravery required by the third base, the corner that receives the ball, when it becomes a projectile. It was there, where Vinicio wanted to be, but now, he no longer had his glove. His Mexican Rawling, with whom he imagined in Major Leagues. Ohhhh brackish dusk, staring into the limelight of the hapless, praying that the next day, or that same night, someone would speak saying that they had found him. It was not so. His glove was no longer his glove and he had to accept it. However, each time they went to Zacatlán, they repeated the first time they enjoyed it and felt new skin on their fingers, attaching themselves to the hand. There, in a store in Puebla de los Angeles, at last, they saw the result of the effort, their jewel, when no sacrifice was useless ... They had a glove! There they left their eyes, and the juice of their hands, there were their dreams, every coin was part of that sheath, that achievement that now gratified them with a big tip, his glove, his mitten of illusions. A glove, which now did not belong to them. In a jiffy, impotence became sadness, little by little, sorrow took possession of him, finally came the resignation. Acceptance appeared with the passage of days, months, years, but never wiped that glove, the hurtful drink that would not let him rest. Sometimes, while he was sleeping, someone came with his mitten and when he woke up ... It was all part of a fiction that somehow, he invented in his delirium, the stone that came to crush his guilt over and over again. Again, given to the displeasure, he was scolded for his distraction, for the unforgivable, for not being a fortuneteller and ignoring the current owner of his glove, for not being aware of his gauntlet, for being trusted, for believing that thieves were only part Of stories and novels. He did not know how to see Carlos again, how to tell him that someday he would fill him with gifts, if he was smaller than him ... Already professional, Saraperos de Saltillo stepped forward to buy another gauntlet, this time, it was an original. Then he promised to reach the next target with him and he did. Braves of Atlanta his goal exceeded, the routes in minor leagues, were now a fragment of his hunger, his feet were already terrain of other shoes, he and his glove were on the rails of Major Leagues, marking a history of Mexicans. For years he was with him, but ... The malaventura riveted the nightmare again. He was with the Tampa Marlins, the place of the loss was the same, mysteriously the glove disappeared. The gratification of three thousand dollars did not convince the one who took it. The person who stole his mitten, wanted the magic that was in it, nonetheless, ignored that talent was the hands of Vinicio, yes, in those hands that took him to the great circuit. From time to time, the evil dream turns and echoes, remains in the chest of Viny waving the heart. Again, he wakes up in the shipwreck and sees himself in the boy's uniform asking:
 "Carlos, did you see the glove?"
-No Vinicio.
"I can not find Carlos, help me find him."





Arturo Chacon - Tiempo (FAOT 2015)

Virginia Woolf: LA CASA ENCANTADA

  
A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes. «Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.» Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresan- do con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped. Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo... ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo...», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el cuarto...», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado? Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. El lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.» El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes busca su alegría. «Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos sin número.» «El despertar por la 
mañana...» «Plata entre los árboles...» «Arriba...» «En el jardín...» «Cuando llegó el verano...» «En la nieve invernal...» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido de un corazón. Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.» Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta. «A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa. «Tantos años...», suspira él. «Me has vuelto a encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el' jardín leyendo; riendo, dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro...» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es esto vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón.»




Monday, January 23, 2017

María Katzarava en el FAOT 2017












POR ESTA HEBRA: Elia Casillas

Ah, coro de pájaros mortecinos

y tus frases espumándome vigilias,

desde mi credo reclamo

con la voz de las calandrias,

ceñir mi danza en tus sueños

y una esquirla de perversidad

para encender este cisco,

afuera llueve, aquí también. 

Rey de faltas,

pudiste con todos mis desiertos,

ruego por mí

y la burbuja tropical

destruye el perfume de las rosas,

en manos de la libertad me detengo

y enfiestada digo que -aún estoy-

aunque solo sea un cáliz avivado

en el gotero de tu vino.

Esta es mi roca,

el meteorito que busca la razón

y no me quejo,

cumplo con la sal de mis herencias,

mal que dejó una ola tenaz

que nunca se ablanda.

En el talismán del vestido

caen los cristales de mi alegría,

tengo su rostro en la lista de pendientes

y barnizo con pigmento de luna roja

el instante donde me exhibo.

El gris está ganándome,

el blanco pelea con este sábado duro

y la tinta es una fiera desconsolada,

escribo en la gama del otoño,

los pájaros corean mi hambre

y una estrella se desploma

excitando el santo trigo. 

Eres prisión, abandono

y no ubico mi frase consentida,

estoy en tus colmillos cara a cara,

con mi Parca inhalo mi realidad más lóbrega

y en la niebla del cirio

bailo con la flor negra del haikú.




[Fragmento]

Libro: POR ESTA HEBRA

Elia Casillas

María Katzarava: FAOT 2017: Una gran voz humana



Para su tercera noche de gala, el FAOT 2017 ofreció al público alamense una de las mejores propuestas operísticas de que tengo memoria en mis años de venir al festival. La destacada soprano mexicana María Katzarava, de gran carrerainternacional, se encargó de cantar y actuar la ópera de cámara La voz humana, de Francis Poulenc (sobre un texto de Jean Cocteau) y lo hizo de manera admirable.
Ahí donde la ópera tradicional está llena de diálogos de amor de todo tipo, La voz humana es un extenso monólogo de desamor, protagonizado por una mujer que está en trance de ser abandonado por su amante, que ha encontrado a otra. Además de que se trata de un texto complejo, escrito por Poulenc con muchos matices emocionales, cualquier intérprete de esta fascinante pieza tiene que lidiar con una situación (problema) singular: el amante traidor nunca aparece en escena, nunca se escucha su voz. Así, la protagonista canta y actúa todo el monólogo a través de un teléfono, reaccionando a una presencia virtual, inexistente. En este sentido, María Katzarava demostró que tiene tablas de sobra para lograr esta compleja ficción de diálogo, ya que en todo momento su interpretación de “Ella” (así se denomina, sencillamente, el personaje) fue creíble y sólida. Mientras habla con el amante, Ella no solo sufre las consecuencias de la pérdida amorosa, sino que su angustia es exacerbada por una mala conexión telefónica, que se corta repetidas veces. Cada vez que tiene que colgar, cada vez que descuelga de nuevo y no hay nadie en la línea, cada vez que se reconecta con el amante que se le escapa, la mujer pasa por un auténtico laberinto de estados de ánimo, y todos ellos fueron expresados con intensidad y vitalidad por María Katzarava. La puesta en escena, a cargo de Paolo Giani Cei, contempla una verdadera telaraña de cable telefónico, que funciona muy bien como metáfora del predicamento de la protagonista; ese cable es, al mismo tiempo, el hilo que la conecta con el amante que está perdiendo, y la red que la tiene prisionera de sus pasiones. En este contexto, la soprano mexicana supo manejar con prestancia el espacio físico así acotado, añadiendo una interesante dimensión extra de buen teatro.
Y claro, en el centro de todo ello, una interpretación vocal de primer orden, no solamente en lo que se refiere a una poderosa, clara y precisa enunciación de texto y música sino, también, en una amplia, variada y bien coloreada variedad de estados de ánimo expresados coherentemente por ambas intérpretes, María Katzarava la cantante, y María Katzarava la actriz. De importancia central en el éxito de esta representación de La voz humana, el hecho de que el francés es un idioma especialmente cercano a Katzarava, lo que añadió una importante cuota de verosimilitud a su actuación. Al interior de una puesta en escena completa y redonda, complementada por un diseño escenográfico sencillo, moderno y eficaz, lo más atractivo desde el punto de vista teatral fue atestiguar la transformación paulatina de los afectos de la protagonista, que va desde la tenue esperanza de recuperar al amante, a la decepción total de saberlo perdido. Fue en este trayecto que María Katzarava tuvo su logro actoral principal; además, esas transformaciones fueron señaladas con sutiles y eficaces variaciones en su emisión vocal, potente y retadora en los momentos en que Ella confronta al amante, finamente controlada cuando adopta el papel de víctima. Sin duda, el admirable resultado de esta puesta en escena de La voz humana tuvo como uno de sus elementos principales la colaboración experta del pianista Abdiel Vázquez, siempre al servicio de la protagonista, siempre preciso, siempre atento a las cambiantes necesidades escénicas.
Sin duda, el FAOT hizo una apuesta admirablemente riesgosa al poner La voz humana; el resultado artístico fue de gran nivel, pero el público no fue ni lo numeroso ni lo entusiasta que la ocasión merecía. ¿Será que aquí en Álamos se han malacostumbrado a la pedacería de ópera, que aplauden a rabiar, y no tienen la paciencia para escuchar una gran ópera como esta, así sea breve y compacta? ¿O será que se asustaron con el anuncio de una ópera en francés, que no es Carmen, que no es de Verdi ni de Puccini, y que es moderna? Sea como fuere, esta Voz humana mereció una mejor recepción que la fría acogida que se le dio anoche en el Palacio Municipal. Ojalá que las sucesivas puestas de la obra que ha planeado María Katzarava sean mejor apreciadas en otros ámbitos; los sobresalientes resultados artísticos que logró bien lo valen.



Tomado de: http://h.canalsonora.com/faot-2017-una-gran-voz-humana/



Largo y sinuoso camino: Víctor Roura



Nos hemos enfrentado, el fin de año, con los números rojos. A pesar del esfuerzo y el oficio, a pesar del arduo y eficaz trabajo del cuerpo periodístico que ha estado de nuestro lado, escribiendo más por convicción que por remuneración, a pesar del interés de numerosos lectores, la edición impresa de La Digna Metáfora se ve en la necesidad de hacer un alto en el camino. Porque, en efecto, el buen periodista puede resistir y convivir en medio de la solidaridad, pero también acumula deudas. En estos casi dos años de aparecer en la escena de la comunicación las instituciones, las universidades, las editoriales, la iniciativa privada han reconocido el profesionalismo y la belleza de nuestro proyecto periodístico, pero acaban diciendo que no tienen dinero (o jamás abriendo las puertas, como la Fundación Telmex; o negando categóricamente cualquier acercamiento, como la Fundación Harp Helú; o despreciando audiciones, como la refresquera Pascual Boing, cuyos ejecutivos nos dijeron que preferían anunciarse en Televisa; o ignorando sus propias actividades, como el funcionariato del Auditorio Nacional que dijo que se publicitaban en revistas de espectáculos, no culturales; o posponiendo permanentemente su palabra, como las editoriales,como el Fondo de Cultura Económica, qiue nos decían que ahora sí en el siguiente número y colocaban de inmediato anuncios de cortesía; o rechazando los diálogos, como la UNAM y la UAM; o prometiendo buenos augurios incumpliéndolos siempre, como la SEP o los organizadores de distintos festivales, etcétera). Y sí lo tienen (el dinero), mas lo distribuyen mediante convenios establecidos y pactos convenientes, con los cuales La Digna Metáfora no participa. Nos hemos acercado con fundaciones y centros culturales con la esperanza de un mínimo aporte, pero todo ha sido en vano. Resulta que las grandes empresas sólo se enriquecen a sí mismas, nulificando todo lo que no esté dentro de sus intereses, al grado de que prefieren donar millones de pesos a asuntos disfrazados de generosidad, como el Teletón, perteneciente finalmente a uno de los emporios multimillonarios del país, que no requiere, si actuara con cabalidad, de altruismos externos. Esta situación nos orilla a continuar (quizás, lo estamos cavilando, midiendo todas las posibilidades) con un portal en la web, aunque el soporte digital carezca, por el momento, de la artesanía dadivosa de obsequiar, por ejemplo, una obra de arte autorizada por los artistas e impresa en buen papel para el deleite propio del lector. De ahí nuestra todavía reticencia a trasladarnos sólo a las redes sociales. Sin embargo, a veces no hay otras salidas. Detendremos, entonces, momentáneamente este maravilloso proyecto porque, de convertirse exclusivamente en un portal, La Digna Metáfora no quisiera convertirse en un soporte parecido a un montón en la Internet, que ya los sistemas periodísticos, curiosamente ―por esta suerte de entrenamiento unilateralizado electrónico, donde ahora toda la sociedad política y empresarial quiere comunicarse o dar línea o escudarse por Twitter y Facebook― se van pareciendo más los unos con los otros. Agradecemos a quienes nos buscaron desde nuestra salida, en febrero de 2015, y les dejamos un abrazo cálido, porque nuestro corazón, en estos momentos, se halla en estado de urgencia, casi detenido, debilitado por el grande esfuerzo realizado en estos casi dos años de ejercicio periodístico, observando una realidad inevitable e inesquivable: la miseria de una inequitativa ―en una práctica que define el simulacro de la democracia que rige en el país― distribución publicitaria que, como en la vida real, sólo le pertenece a quienes más la negocian y tramitan aceptando dulcemente la seducción de ser cooptados, creando atmósferas extrañas, dañinas, dubitativas, incongruentes, mezquinas, parcializadas, esnobistas y adocenadas en los medios. Decimos hasta pronto, tal vez hasta siempre, mientras encontramos la ruta más apropiada para continuar con decoro periodístico en este largo y simuoso camino.







Clotilde Ifrán: Silvina Ocampo


 Lloró todo el día por el traje de diablo que no le habían hecho. Faltaban tres días para Carnaval, la fecha de su cumpleaños. Su madre no tenía tiempo para ocuparse de esas cosas. —Buscate una modista. Ya tenés nueve años. Sos bastante grande para ocuparte de tus cosas. El canto de las chicharras, las flores de las catalpas con elocuencia señalaban el verano y el maravilloso misterio de las proximidades de Carnaval. Clemencia buscó la libreta vieja donde estaban anotados los números de teléfono. En la letra M encontró el número de una modista que había muerto hacía ocho años. Decía así: Clotilde Ifrán (la finada). Pensó: ¿Por qué no la voy a llamar? Sin vacilar marcó el número. La atendieron en el acto. Interrogó: —¿Está Clotilde Ifrán? La voz de Clotilde Ifrán respondió: —Soy yo. Con todos los pormenores de sus desventuras Clemencia explicó lo que le sucedía. Clotilde Ifrán con bondad la escuchó. Prometió buscar el género. Tenía las medidas de Clemencia. Recordó que no hacía un año le había hecho un vestido de fiesta. Iría a probarle el vestido al día siguiente, a la hora de la siesta. Clemencia no dijo nada: era la pequeña venganza que utilizaba en contra de su madre por no haberse ocupado del traje de diablo. Durante las horas que esperó a Clotilde Ifrán, Clemencia no comió ni durmió. Cuando llegó Clotilde Ifrán se sentía envejecida. No había nadie en la casa. Se hubiera dicho que los relojes se habían detenido. Clotilde Ifrán desenvolvió el traje, sacó las tijeras y los alfileres de su cartera, se enjugó la frente y, arrodillada frente al espejo, le probó el traje de diablo, que olía a aceite de ricino. Le quedaba muy bien, salvo los cuernos del gorro y las costuras del pantalón que en cinco minutos se podían corregir con unas puntadas. —¿Cuántas diabluras harás? —musitó la modista con una sonrisa distraída. Clemencia sintió una gran simpatía por Clotilde Ifrán y se echó en sus brazos. —Te llevaría conmigo a mi casa. Tengo bombones y una careta preciosa — exclamó con ternura—, pero tengo miedo que tu mamá no te dé permiso. —Tengo aquí la plata para pagarle la hechura —dijo Clemencia abriendo un monedero de material plástico—. —Es mi regalo de cumpleaños —respondió Clotilde Ifrán, al despedirse—. Una luz oscura resplandeció en sus ojos enormes. —Quiero irme con vos ahora mismo —protestó Clemencia—. No me dejes. —Vamos —dijo Clotilde— Envolvieron el traje de diablo en un papel de diario para llevarlo y dejaron la valija con el cepillo de dientes y el camisón. Las dos salieron tomadas de la mano.





Wednesday, January 18, 2017

Ligustros en flor: Juan José Saer

   a Alejandra y Frederic Compain 

Observé largamente mis pies esta noche, y me parecieron más misteriosos que el universo entero. Con ellos, hace algunos años, anduve caminando durante dos horas y cincuenta y cuatro minutos por el suelo polvoriento de la luna. Fue mi segunda misión por esos lados, aunque la primera consistió solamente en un vuelo de circunvalación; unas pocas revoluciones en la órbita lunar, y hasta más ver: de vuelta a casa. En la segunda expedición, donde Brown y yo alunizamos realmente (Andy Wood nos esperaba girando en órbita en el módulo principal de la nave), el paseo duró un poco más, pero un desperfecto en las cámaras de televisión, semejante al que se produjo cuando la expedición Apolo 12, rebajó el alcance del acontecimiento, y nos ocurrió a nosotros lo mismo que al alunizaje de esa expedición, que por no existir en imagen, se desvaneció también en la realidad y cayó en el más completo olvido. De la expedición Challenger 3, que tuve el honor de dirigir, la indiferencia del público y un olvido casi inmediato fueron el único resultado desalentador, lo que en mi fuero íntimo consideré altamente satisfactorio, porque ya desde antes de haber dado mi paseo por la luna, había decidido que al volver me retiraría para siempre de mi oficio de astronauta. Y hoy por hoy nada me impide considerar como mío el curioso pensamiento de un discutido filósofo austríaco: "¿Puedo siquiera considerar seriamente la mera hipótesis de haber estado alguna vez en la luna?". El tedio, que desde luego considero más temible que los supuestos peligros desconocidos que acechan al explorador del espacio, fue la causa principal de mi retiro anticipado al que, después de nuestro fiasco, habría que agregar mi negativa a persistir en el ridículo, ya que no podría dársele otro nombre al hecho de que nuestra expedición, concebida con fines de propaganda, a causa de unas cámaras defectuosas, pasó prácticamente desapercibida para el público mundial. Cuando mis superiores me informaron de que nuestra misión principal, a la que debíamos subordinar imperativamente todas las otras, consistía en clavar en la superficie de la luna y en directo para varios miles de millones de espectadores la bandera de nuestro país, supe de inmediato que acababa de confirmarse la sospecha que venía persiguiéndome desde tiempo atrás: todos los miembros del programa espacial, desde el director general hasta la señora de la limpieza, estaban locos. Brown debía pensar lo mismo, pero aunque nos estimábamos y confiábamos uno en el otro, me hubiese resultado difícil desmantelar su prudencia que, aparte de la rebelión, es en nuestro país la única arma de que disponen para sobrevivir los miembros de su raza. Probablemente también él, aunque no lo dijese, estaba cansado de ser, de los proyectiles que se lanzan en esas insensatas experiencias de balística que llaman programa espacial, la munición que va adentro. Mientras lo observaba puntear con su palita el suelo ajeno de la luna, como la tierra en que sus antepasados vienen haciéndolo desde hace siglos, no podía dejar de preguntarme en qué momento iba a tirar la pala lo más lejos posible dando fin con ese acto significativo a su carrera de astronauta. Como lo demuestro en mi estudio inédito Interés comercial y militar de la conquista del espacio 95 por ciento; interés científico 4,95 por ciento; interés filosófico 0,05 por ciento, de esos tres aspectos es evidente que es el científico el que puede reivindicar para sí mismo con justicia el colmo del ridículo. El filosófico es inexistente, y el financiero y político-militar, por rastrero que sea, parece corresponder mejor al verdadero nivel moral de la humanidad: y no tengo escrúpulos en escribir lo que antecede, aunque sé que los que creen conocerme a fondo, piensan de mí que, desde que volví de la luna, como si habiendo contemplado a los hombres desde tan arriba hubiese descubierto su tamaño verdadero, he caí- do en la misantropía. Para nada: lo que pasa es que allá arriba —adverbio que por otra parte únicamente para nuestra situación singular tiene algún sentido— las sospechas se vuelven, de una vez por todas, evidencia. Cualquiera sabe que el universo es un fenómeno casual que, aunque desde nuestro punto de vista parezca estable, en lo absoluto no es más que un torbellino incandescente y efímero, de modo que allá arriba no es en ese sentido que la evidencia se presenta. Caminando por la semipenumbra polvorienta y estéril, si algo aprendí no fue sobre la luna sino sobre mí mismo. Supe que si el conocimiento tiene un límite, es porque los hombres, adonde quiera que vayamos, llevamos con nosotros ese límite. Es más: nosotros somos ese límite. Y si vamos a Marte o a la luna, las dos o tres cosas más que sabremos sobre Marte o la luna, no cambiarán en nada, pero en nada, la extensión de nuestra ignorancia. No cabe duda de que sabemos un poco más de nosotros mismos cuando, dejando nuestro pueblo natal, vamos a una gran ciudad, y después a otro continente, donde los hombres son un poco diferentes de nosotros, por sus rasgos exteriores, su religión, sus costumbres, pero ese poco más que sabemos no modifica para nada la cantidad de nuestro saber, en relación con lo que ignoramos, y esto no es una reflexión moral sino un simple cómputo. De modo que el provecho científico de nuestras expediciones es más bien escaso. Que quede claro: como todas las otras, la conquista del espacio es principalmente obra de comerciantes y guerreros, y sus aspectos científicos son puramente logísticos y pragmáticos. Si hubiese hombres en la luna, como los había en África y en América, los reduciríamos a la esclavitud o acabaríamos con ellos. Si los hombres fuesen mejores, tal vez hubiese valido la pena ir a la luna. Mis valencias turísticas son limitadas. Ver la tierra desde la luna y pasearme por ese suelo polvoriento, oyendo el chasquido de mis zapatos gruesos contra las esférulas y los pedruzcos de piroxena, olivina y feldespato, chirriar la materia vitrificada y muerta bajo las suelas, no me produjo mayor entusiasmo que mis visitas (un poco obligadas por los hábitos de la época, como mi carrera de astronauta lo fue en cierto sentido por un padre militar) a las cataratas del Iguazú o al desierto de Gobi. No digo que no me haya producido ninguno sino que el que experimenté fue de lo más módico. Tal vez la única maravilla auténtica de mi paseo haya sido que las huellas de mis zapatos quedarán impresas en ese polvo pardo durante millones de años, pero también eso tiene su lado negro, porque en las noches de insomnio, o en las mañanas indecisas y turbias en las que mi situación parece sin salida, la forma estriada y ancha de esas huellas, obcecada y autónoma, insiste en venir a estamparse, nítida y excluyente, durante horas e incluso durante días, en la zona clara de mi mente. El fragmento de mundo que hollábamos, Brown y yo, igual que la tierra paciente que nuestra especie había desfigurado con sus pasos, dejaba intacto el infinito. (Sé que los llamados hombres de ciencia consideran que el universo es finito, pero si eso es cierto, lo es en una escala diferente a aquella en que se sitúan los que han formulado la hipótesis.) Saber algo sobre la luna: tal era nuestra ilusión, ya que confundíamos experiencia y conocimiento. Encerrados en las cápsulas de nuestros trajes espaciales, deambulábamos en la penumbra grisácea, indiferentes a la esfera azul que flotaba, fantasmal, a lo lejos, en el firmamento negro, mientras esperábamos que el módulo principal de la nave, con Andy Wood adentro, después de dar el número previsto de revoluciones en la órbita lunar, pasara a recogernos para llevarnos de vuelta a la tierra. Presentía a Brown encapsulado en su piel negra, igual que yo en la mía, y tuve la impresión, mientras dábamos nuestros pasos torpes y lentos, punteando aquí y allá con nuestras palitas especiales, unos cilindros metálicos que clavábamos en el suelo y retirábamos llenos de materia lunar, que estábamos aislados uno del otro por una serie de envoltorios y de cápsulas que nos volvían mutuamente desconocidos y remotos. ¿Para qué ir tan lejos a develar misterios si lo más cercano —yo mismo por ejemplo— es igualmente enigmático? La yema de los dedos y la luna son igualmente misteriosos, pero los cinco sentidos son más inexplicables que la totalidad de la materia ígnea, pétrea o gaseosa, de modo que excavar la luna, sondear el sol o visitar Saturno, como han dado en llamar caprichosamente a esos objetos sin nombre apropiado y sin razón de ser, no resolverá nada. Tales son mis pensamientos tenues cuando me paseo por las calles, tan polvorientas como las de la luna, pero en las que mis huellas se desvanecen, fugitivas, casi en el mismo momento en que las imprimo, de mi pueblo natal. La vejez y lo que sigue me ha dado cita para uno de estos días en alguna de sus esquinas desiertas. Es inconcebible que la luna exista, casi tanto como que exista yo. Que haya un universo es por cierto misterioso, pero que yo esté caminando esta noche de primavera en la penumbra apacible de los árboles lo es todavía más. Así como ver la esfera azul desde la luna permitía poseer un punto de vista suplementario pero no volvía las cosas más claras, haber estado en la luna no me reveló nada nuevo sobre ella y, a decir verdad, me gusta más verla desde aquí, redonda, brillante y amarilla. Allá arriba, la proximidad no mejoraba mi conocimiento, sino que la volvía todavía más extraña y lejana. Desde acá sigue siendo un enigma, pero un enigma familiar como el de mis pies, de los que no podría asegurar si existen o no, o como el enigma de que haya plantas por ejemplo, de que haya una planta a la que le dicen ligustro y que, cuando florece, despida ese olor, y que cuando se la huele, es el universo entero lo que se huele, la flor presente del ligustro, las flores ya marchitas desde tiempos inmemoriales, y las infinitas por venir, pero también las constelaciones más lejanas, activas o extintas desde millones de años atrás, todo, el instante y la eternidad. Y sobre todo que, gracias a ese olor, por alguna insondable asociación, mi vida entera se haga presente también, múltiple y colorida, en lo que me han enseñado a llamar mi memoria, ahora en que al pasar junto a un cerco, en la oscuridad tibia, fugaz, lo siento.