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Saturday, February 18, 2017

Próxima Presentación en Puerto Vallarta, Jalisco.






Elia Casillas

Esta cruz  no me pertenece, no me veo en esos clavos, no puedo esos tablones,  yo no estuve en el calvario. Jesús es mi sangre, pero no necesito una corona en mis pensamientos, nadie espinará la noche de mi cabeza. Camino en la línea del amor que me anima: distancia, avenida del sol...  Vuelve escultura de mi cabecera, no te alejes tanto, ángel de mis dolores.


Navojoa, Son. Feb./10/2017




Friday, February 17, 2017

¿Y mi vida...? Elia Casillas


Y mi vida           Ya no es mía                         La piel es gris         y peluda           No puedo desaparecer dilemas del  tablero           olvidar en otro sitio las razones que me llevaron                   y  tus manos despiertas                 Ayer         apenas caminaba con la luna                 iba en sus cuartos metálicos                                         cantando en otro cuerpo         y          En qué orgullo nos perdemos        Qué desgracia lleva nuestro tren de mil pueblos            Quién es víctima        o cruz        Quién pone el último clavo en este juicio            Finalizo  arrepentimiento que rasgó rodillas        cuando no hubo rezo                                   que te guiara                 No hay  féretro              para un espíritu de media vida                 que abre puerto                  donde la tormenta abandona su molino destrozado              Te atreves a preguntar por mi vida              El reloj cambió el rumbo del sol           y en diván de alicaídos eternizo            no hay  mano consolándome la mirada         el firmamento cerró        y ya no eres mi extremo más cercano                  Tal vez la cabeza                  a caso una avenida                         y su nota helada        La lluvia desde cualquier sitio cela ríos           pero en mí        en mí        la sombra se marchita            Hoy          otra catástrofe aparece          no hay salmo en la mesa              no existe flotador para mi ahogada           Porque jugabas a querer         y yo a dejarme        y en los muslos entendí la muerte          que prensa         sin que el pecho reclame            entre paso           y paso                 No hubo manera de entrar                                  y en mí  cayó el silencio           Aún queda tu respiración en la pintura                 en el lienzo que predijo apego                                          cuando todo era carcajada           y podía tocar una nube con sólo verla          porque estaba contigo             y el amor nos hacía cosquillas              Sigo en esta sed de irme en cada madrugada            sin revisar          atravieso pistas                de un mar que no llega a rasgarme el cabello        Y mi vida            Piel triste            y  gusanillos             Soy el festín negro        de un gato  









Navojoa Sonora. Sep./6/2006





Wednesday, February 15, 2017

Elia Casillas


Ilusión: me finjo rebelde, el otoño se estrella y voy en el hundimiento de la hoja. En orfandad cierro el puño, el rumor del poema se encamina con otros, se aleja con su talega de palabras, desaparece con su monólogo, como el viejo del costal, vuela con la tristeza de las cosas.

Navojoa, Sonora. Nov./22/2016




Junichiro Tanizaki: La llave

Enero 4
Este año me propongo escribir libremente sobre un tema del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la rígida educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos, que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los que esconder la llave del cajón donde guardo este cuaderno, es muy posible que una mujer como ella los haya registrado  todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave. Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Puede que en mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón y escondo la llave? Posiblemente sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en alguna otra parte. ¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy a insistir más, pues solo conseguiría resultar más sospechoso. Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene. No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta obligado a escribir sobre esos temas es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las excepcionales ocasiones en que intento contarle alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero matrimonio? Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la oportunidad de hablar con ella acerca de nuestros problemas sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como si no, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta. Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año cumpliré cincuenta y cinco (ella debe de tener ahora cuarenta y cuatro), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero aun así me fatigo con facilidad cuando hacemos el amor y una frecuencia semanal o cada diez días es suficiente para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama. Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo tomármelo. No me pasa desapercibido que soy un marido que no da la talla, y no obstante… Supongamos que ella tuviera una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero solo estoy planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud, ¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos apetitos? Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía. Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para pensar… Pese a ello, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno actúo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente, y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no hubiera sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde mi juventud, y sé que muy pocas mujeres tienen la adecuación física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, hubiera causado sensación; hubiera llegado a ser una gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían arracimado en torno a ella. (Quizás no debería mencionar esto, pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en su fuero interno, se sienta orgullosa?) Tan solo pensar en ese don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella, ¿qué sucedería? Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados, por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y por mi parte, hago cualquier cosa que a ella parezca gustarle –besarle las axilas o lo que sea– a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder. Por otro lado, Ikuko sabe que siento cierta inclinación fetichista por los pies y que adoro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, que nadie diría que son los de una mujer de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o «¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta más difícil que nunca tratar con ella. Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera noche» del nuevo año y, sin duda, ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.
4 de enero
Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, mientras él había salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Quizás haya sido tan solo un accidente, pero no puedo creer que se le haya caído por puro descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido. Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero eso es todo lo que sé, y no tengo interés en saber más. Jamás se me había pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave. En ese caso, ¿por qué la habrá dejado tan a la vista? ¿Acaso ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que me está diciendo: «Puedes leerlo en privado: aquí está la llave». ¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizás lo que dice es que: «A partir de ahora reconozco que lo estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces»? En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo. Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a que él salga de casa para ponerme a escribir, y ocultar el cuaderno en cierto sitio en el que mi marido jamás se le ocurrirá pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario, y eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad. Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo año… pero ¡cómo me avergüenza poner por escrito una cosa así! Mi difunto padre solía decirme: «La discreción ante todo». ¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he degradado!… Como de costumbre, mi marido experimentó la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según él,  soy demasiado «convencional», estoy «inhibida» en exceso; en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo, dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto que es del todo anormal; solo en ese aspecto no soy pasiva ni reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la excesiva frecuencia de mis solicitudes. Mi marido me considera prosaica y poco romántica. «No me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero», me dice. «Me consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de veras, deberías ser más apasionada, deberías acceder a cualquier cosa que te pida.» Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el menor esfuerzo por cooperar con él… que, por hambrienta que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa. Supongo no es irracional que mi marido piense eso de mí, pero mis padres me educaron en la creencia de que una esposa debe ser reservada y modosa, y, ciertamente, jamás agresiva  hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para que se manifieste. En el momento en que intento que aflore, empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no resplandeciente. He empezado a pensar que nuestro enlace fue un terrible error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda sólo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro matrimonio, durante la luna de miel –hace ya tanto tiempo–, cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo que me estremecí al verle el rostro cuando se quitó las gafas de miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. Le devolví la mirada sin poder evitarlo, parpadeando, y en cuanto vi aquella piel suave y brillante como el aluminio, me estremecí de nuevo. Aunque no lo había notado durante el día, vi que los pelos del bigote y la barba le despuntaban bajo la nariz y alrededor de los labios (tiende a ser velludo) y también eso me causó una vaga repugnancia. Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle cómo le sea posible. (Intento rechazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido relaciones íntimas con otro hombre, y me intriga saber si todos tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de todos los hombres?
7 de enero
Hoy Kimura nos ha hecho una visita para felicitarnos por el Año Nuevo. Yo había empezado a leer Santuario, de Faulkner, y regresé a mi estudio en cuanto hubimos intercambiado los saludos. Él habló con mi mujer y Toshiko durante un rato en la sala de estar, y entonces, alrededor de las tres, se las llevó al cine, a ver Sabrina. Regresó con ellas a las seis, se quedó a cenar y, tras la sobremesa, se marchó hacia las nueve. Durante la cena, todos, excepto Toshiko, tomamos un poco de coñac. Últimamente Ikuko parece beber algo más. Fui yo quien la inicié, pero a ella le gustó desde el principio. Si la estimulas a hacerlo, beberá una cantidad considerable. Es cierto que nota los efectos del alcohol, pero de una manera furtiva, secreta, sin que se trasluzca. Reprime su reacción tan bien que a menudo la gente no se da cuenta de lo mucho que ha bebido. Esta noche Kimura le ha servido dos copas y media de coñac. Ella se ha puesto un poco pálida, pero no parecía embriagada. En cambio, Kimura y yo hemos enrojecido. Él no aguanta muy bien el licor, la verdad es que no lo aguanta tan bien como Ikuko. Pero ¿no ha sido esta noche la primera vez que ha permitido que otro hombre la persuadiera a beber? Él le había ofrecido una copa a Toshiko, quien la rechazó y le dijo: «Dásela a mamá». Desde hace algún tiempo observo que Toshiko se muestra reservada con Kimura. ¿Es porque cree que él tiene demasiadas atenciones hacia su madre? Esa idea también se me había pasado por la cabeza, pero llegué a la conclusión de que estaba siendo celoso y la descarté. Tal vez estuviese en lo cierto, a  fin de cuentas. Aunque mi mujer suele mostrarse fría con los invitados, sobre todo con los hombres, con Kimura es bastante cordial. Ninguno de nosotros lo ha mencionado, pero se parece a cierto actor norteamericano, que resulta ser el actor favorito de Ikuko. (He observado que no deja de ver ninguna de sus películas.) Naturalmente, procuro que Kimura nos visite con frecuencia, porque le considero un posible candidato a la mano de Toshiko, y le he pedido a mi esposa que observe qué tal se llevan los dos. Sin embargo, Toshiko no parece en absoluto interesada por él, y hace cuanto puede para no quedarse a solas en su compañía. Cada vez que viene a verla, incluso cuando van al cine, siempre le pide a su madre que los acompañe. –Lo estropeas todo al ir con ellos –le digo a Ikuko–. Déjalos solos. Pero ella se muestra disconforme y dice que, como madre, tiene la responsabilidad de ir con ellos. Cuando le replico que esa manera de pensar es anticuada, que debería confiar en ellos, admite que tengo razón, pero dice que Toshiko quiere que los acompañe. Suponiendo que así sea, ¿no se deberá a que la muchacha sabe que a su madre le gusta Kimura? De alguna manera, no puedo evitar la sensación de que han llegado a un acuerdo tácito al respecto. Es posible que Ikuko no lo sepa y crea que tan solo hace de carabina, pero creo que Kimura le parece sumamente atractivo.
8 de enero

Anoche estaba un poco bebida, pero mi marido lo estaba mucho más. Me pidió una y otra vez que le besara los párpados, algo en lo que no había insistido últimamente, y yo había ingerido el coñac suficiente para hacerlo. Eso no hubiera tenido mayores consecuencias, de no haberle visto por descuido lo único que no soporto: su cara sin gafas. Al besarle cierro los ojos, pero anoche los abrí antes de terminar, y su piel como de aluminio apareció ante mí como un primer plano en cinemascope. Me estremecí y tuve la sensación de que yo misma palidecía. Por suerte, no tardó en ponerse de nuevo las gafas y, como de costumbre, empezó a examinar mis manos y pies. No dije nada y apagué la luz. Él extendió la mano, en busca del interruptor, pero yo empujé la lámpara y la alejé de él. – ¡Espera un momento! –me rogó–. Déjame que te mire otra vez. Por favor… Tanteó en la oscuridad, pero no pudo encontrar la lámpara y, finalmente, abandonó el intento… Su abrazo fue mucho más largo que de costumbre. Siento un profundo desagrado hacia mi marido, pero le amo casi con la misma intensidad. Por mucho que él me repugne, jamás me entregaré a otro hombre. De ninguna manera podría abandonar mis principios que me obligan a la fidelidad. Pese a lo mucho que me exaspera su manera morbosa y repulsiva de hacer el amor, es evidente que sigue enamorado de mí y siento que, de alguna manera, he de responder a su afecto. Ojalá hubiera conservado en mayor medida su vigor de antaño… ¿Por qué se ha reducido tanto su vitalidad? Según él, la culpa es mía, porque soy demasiado exigente. Dice que las mujeres pueden tolerarlo, pero no los hombres que trabajan con el intelecto, a quienes esa clase de excesos pronto hacen mella. Me azora al decirme esas cosas, pero sin duda sabe que no tengo la culpa de mis necesidades físicas. Si realmente me quisiera, debería aprender a satisfacerme. No obstante, confío en que recuerde que no puedo soportar esos innecesarios hábitos juguetones que, lejos de estimularme, dan al traste con mi buena disposición de ánimo. Mi naturaleza siempre me inclina hacia las costumbres tradicionales, y quiero realizar el acto ciegamente, en silencio, bajo gruesos edredones, en el dormitorio a oscuras. Es un terrible infortunio para un matrimonio que los gustos de cada uno estén tan enfrentados en este aspecto. ¿No habrá alguna manera de que lleguemos a un acuerdo?



Sola, sin tu sombra, Los Mochis, Sinaloa: Elia Casillas

Hostigamiento al poeta ERNESTO CARDENAL

Comparto la carta del PEN de Nicaragua exhortando a las autoridades a cesar el hostigamiento al poeta ERNESTO CARDENAL y a declarar sin lugar la demanda, por la suma de 800,000 dólares, por hacer uso de su libertad de expresión.
Solidaricémonos con el poeta, que acaba de cumplir 92 años, compartiendo esta carta:
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Managua a los 13 días del mes de Febrero del año 2017
El PEN Internacional, capítulo Nicaragua quiere expresar su más rotunda solidaridad con el poeta y escritor, ERNESTO CARDENAL.
El poeta Cardenal, ha sido y sigue siendo una gloria para Nicaragua, una persona admirada y respetada en el mundo entero por una obra extraordinaria que le ha valido innumerables premios y merecimientos.
Durante los años de la lucha contra el somocismo, ERNESTO CARDENAL dejó la vida apartada que llevaba en la comunidad que él creó en Solentiname para unirse al pueblo que se alzó contra la tiranía. Esto significó la destrucción de esa comunidad por la Guardia Somocista y la muerte de varios de sus colaboradores que se unieron a la guerrilla.
ERNESTO CARDENAL sirvió generosamente al pueblo nicaragüense como Ministro de Cultura y ha sido una persona recta e íntegra, dedicada a su arte y opuesto a la manipulación y tergiversación de una Revolución por la que él dio lo mejor de sí.
Creemos que sus posiciones valientes, directas y críticas a la situación de Nicaragua bajo el gobierno, desde 2007, de Daniel Ortega, son las que le han causado prejuicios y persecución. A través de un juicio por medio del cual una antigua colaboradora intentaba reclamar para sí bienes de la comunidad, el poeta Cardenal ha sido hostigado una y otra vez.
Esos procesos legales se consideraron finiquitados en 2010, con un fallo que exoneraba a ERNESTO CARDENAL y establecía el cese de toda persecución.
Sin embargo, sorpresivamente, el día 12 de Febrero de 2017, a través del Diario Oficial La Gaceta, se vuelve a reactivar el mismo caso, esta vez con una demanda contra el poeta CARDENAL por la exorbitante suma de 17 millones de córdobas, equivalentes aproximadamente a 800,000 dólares.
A sus 92 años, un hombre que vive humildemente sin haber acumulado riquezas, no tiene ni los medios, ni el tiempo para enfrentar semejante demanda. De allí que no quede más que suponer que la reactivación del mismo, si no obedece a un craso error legalista, debe achacarse a la persecución del gobierno del Presidente Ortega.
PEN Nicaragua exhorta a las autoridades nicaragüenses a cesar el hostigamiento al poeta ERNESTO CARDENAL, a declarar sin lugar esa demanda y a respetar el uso que él, como intelectual ha hecho de su libertad de expresión para opinar y disentir con el actual gobierno de Nicaragua.
En Managua a los 13 días del mes de Febrero del año 2017

JUNTA DIRECTIVA DE PEN
Gioconda Belli
Juan Carlos Vilchez
Ángela Saballos
Manuel Ortega
Madeline Mendieta
Carlos Salinas Maldonado
Pierre Pierson
Gabriela Selser
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Tuesday, February 14, 2017

Tatuador: Junichiro Tanizaki

Era aquella una época en la que los hombres rendían culto a la noble virtud de la frivolidad, en la que la vida no era la áspera lucha que es hoy. Eran tiempos de ocio, tiempos en que los ingeniosos profesionales podían ganarse la vida sobradamente si conservaban radiante el buen humor de los caballeros ricos o bien nacidos y si cuidaban de que la risa de las damas de la Corte y de las gheisas no se extinguiese nunca. En las novelas románticas, ilustradas, de la época, en el teatro Kabuki, donde los rudos héroes masculinos como Sadakuro y Jiraiya eran transformados en mujeres, en todas partes, la hermosura y la fuerza eran una sola cosa. Las gentes hacían cuanto podían por embellecerse y algunos llegaban a inyectarse pigmentos en su preciosa piel. En el cuerpo de los hombres bailaban alegres dibujos de líneas y colores. Los visitantes de los barrios de placer de Edo preferían alquilar portadores de palanquín que estuviesen tatuados espléndidamente. Entre los que se adornaban de este modo no sólo se contaban jugadores, bomberos y gente semejante sino miembros de la clase mercantil y hasta samuráis. De vez en cuando se celebraban exposiciones y los participantes se desnudaban para mostrar sus afiligranados cuerpos, se los palmoteaban orgullosamente, presumían de la novedad de sus dibujos y criticaban los méritos de los ajenos. Hubo un joven tatuador excepcionalmente hábil llamado Seikichi. En todas partes se le elogiaba como a un maestro de la talla de Caribun o Yatsuhei y docenas de hombre le habían ofrecido su piel como seda para sus pinceles. Gran parte de las obras que se admiraban en las exposiciones de tatuajes eran suyas. Había quienes podían destacarse más en el sombreado o en el uso de cinabrio, pero Seikichi era famoso por el vigor sin igual y el encanto sensual de su arte. Seikichi se había ganado anteriormente el pan como pintor ukiyoke de la escuela de Tokoyuni y Kunisada y a pesar de haber descendido a la condición de tatuador, su pasado era visible en su conciencia artística y su sensibilidad. Nadie cuya piel o cuyo aspecto físico no fuese de su agrado lograba comprar sus servicios. Los clientes que aceptaban tenían que dejar coste y diseño enteramente a su discreción y habían de sufrir durante un mes o incluso dos, el dolor atroz de sus agujas. En lo profundo de su corazón, el joven tatuador ocultaba un placer y un secreto deseo. Su placer residía en la agonía que sentían los hombres al irles introduciendo las agujas, torturando sus carnes hinchadas, rojas de sangre: y cuanto más alto se quejaban más agudo era el extraño deleite de Seikichi. El sombreado y el abermejado, que se dice que son particularmente dolorosos, eran las técnicas con las que más disfrutaba. Cuando un hombre había sido punzado quinientas o seiscientas veces, en el transcurso de un tratamiento diario normal, y había sido sumergido en un baño caliente para hacer brotar los colores, se desplomaba medio muerto a los pies de Seikichi. Pero Seikichi bajaba su mirada hacia él, fríamente. "Parece que duele", observaba con aire satisfecho. Siempre que un individuo flojo aullaba de dolor o apretaba los dientes o torcía la boca como si estuviese muriéndose, Seikichi le decía: "No sea usted niño. Conténgase usted: ¡no ha hecho más que empezar a sentir mis agujas!" Y continuaba tatuándole, tan imperturbable como siempre, mirando de vez en cuando, de reojo, el rostro bañado en lágrimas del cliente. Pero a veces, una persona de excepcional fortaleza encajaba las mandíbulas y aguantaba estoicamente sin permitirse ni un gesto. Entonces, Seikichi se sonreía y decía: "¡Ah, es usted hombre porfiado! Pero espérese. Pronto le empezará a temblar el cuerpo de dolor. Dudo que sea capaz de soportarlo…" Durante mucho tiempo, Seikichi acarició el deseo de crear una obra maestra en la piel de una mujer hermosa. Semejante mujer habría de reunir tantas perfecciones de carácter como físicas. Un rostro encantador y un hermoso cuerpo no le habrían satisfecho. Aunque inspeccionaba cuantas bellezas reinaban en los alegres barrios de Edo, no encontró ninguna que satisficiese sus exigentes pretensiones. Transcurrieron varios años sin encontrarla y el rostro y la figura de la mujer perfecta continuaban obsesionándole. Pero no quiso perder la esperanza. Una tarde de verano, durante el cuarto año de búsqueda, sucedió que Seikichi, al pasar por el restaurante Hirasei, en el distrito Fukagawa de Edo, no lejos de su casa, vio un pie desnudo de mujer, blanco como la leche, asomando por entre las cortinas de un palanquín que estaba partiendo. Para su experta mirada, un pie humano era tan expresivo como un rostro. Aquél era el colmo de la perfección. Dedos exquisitamente cincelados, uñas como las iridiscentes conchas del acantilado de Enoshima, bañada en las límpidas aguas de un manantial de montaña, se trataba, en fin, de un pie digno de ser nutrido por la sangre de los hombres, de un pie hecho para pisotear sus cuerpos. Seguramente, aquél era el pie de la única mujer que durante tanto tiempo se le había ocultado. Ansioso por vislumbrar su cara, Seikichi empezó a seguir al palanquín. Pero, tras perseguirlo por callejuelas y avenidas, lo perdió por completo de vista. El deseo de Seikichi, durante tanto tiempo contenido, se convirtió en amor apasionado. Una mañana, ya muy entrada la primavera siguiente, se encontraba en el balcón, adornado por los bambúes floridos, de su casa de Fukagawa contemplando una maceta de lirios omoto, cuando oyó a alguien junto a la puerta de su jardín. Por la esquina del seto interior apareció una muchacha. Le llevaba un recado de una amiga suya, geisha del cercano barrio de Tatsumi. - Mi ama me ha dicho que le entregue esta capa y dice que si tendría la amabilidad de decorar el forro - dijo la muchacha. Desató un paquete de ropa color azafrán y saco una capa de seda, de mujer (envuelta en un pliego de papel grueso en el que estaba impreso un retrato del actor Tojako), y una carta. La carta repetía su amistosa petición y continuaba diciendo que su portadora empezaría pronto la carrera de geisha bajo su protección. Esperaba que, sin echar en olvido los viejos vínculos, extendiese su protección a esta muchacha. - Creo que es la primera vez que le veo - dijo Seikichi escrutándola con insistencia. Parecía no tener más de quince o dieciséis años, pero su rostro mostraba una belleza extrañamente madura, un aspecto de experiencia, como si ya hubiese pasado varios años en el alegre barrio y hubiese fascinado a incontables hombres. Su belleza reflejaba los sueños de generaciones de hombres y mujeres seductores que habían vivido y muerto en la vasta capital donde estaban concentrados los pecados y las riquezas de todo el país. Seikichi le ofreció asiento en el balcón y estudió sus delicados pies, desnudos salvo unas elegantes sandalias de paja. - Tu saliste del palanquín del Hirasei una noche de julio pasado, ¿no es cierto? - le preguntó. - Supongo que sí - contestó ella, sonriendo ante la extraña pregunta -. Mi padre vivía todavía y me llevaba con frecuencia allí. - Te he estado esperando durante cinco años. Es la primera vez que te veo la cara, pero recuerdo tu pie… Acércate un momento, tengo que enseñarte una cosa. Ella se había puesto en pie para irse, pero la cogió de la mano y la condujo arriba, al estudio que daba a la orilla del río. Entonces sacó dos kakemonos y desenrolló uno ante ella. Era una pintura de una princesa china, la favorita del cruel Emperador Chu de la dinastía Shang. Estaba apoyada en una balaustrada, en postura lánguida, la larga falda de su vestido de brocado floreado caía hasta la mitad de un tramo de escalones, su esbelto cuerpo soportaba con dificultad el peso de una corona de oro tachonado de coral y lapislázuli. Llevaba en la mano derecha una ancha copa de vino que inclinaba hacia los labios mientras contemplaba a un hombre que era conducido a la tortura en el jardín de abajo. Tenía las manos y los pies encadenados a un pilar hueco de cobre en cuyo interior iban a echar un fuego. La princesa y su víctima, la cabeza inclinada ante ella, los ojos cerrados, dispuestos a aceptar su destino, estaban representados con terrorífica verosimilitud. Mientras la muchacha contemplaba la extraña pintura, sus labios temblaron y los ojos empezaron a chispearle. Poco a poco su faz fue adquiriendo una curiosa semejanza con la de la princesa. En la pintura, descubrió su yo secreto. - Tus propios sentimientos están revelados aquí - le dijo Seikichi, complacido, mientras la miraba al rostro. - ¿Por qué me muestras una cosa tan horrible? - preguntó la muchacha, mirándole. Se había puesto pálida. - La mujer eres tú. Su sangre corre por tus venas. Después, extendió el otro kakemono. Era éste una pintura titulada "Las Víctimas". En medio de ella, una joven estaba en pie apoyada al tronco de un cerezo: Gozaba contemplando un montón de cadáveres de hombres que yacían a sus pies. Unos pajarillos trinaban sobre ella, cantando triunfalmente. Sus ojos irradiaban orgullo y gozo. ¿Era un campo de batalla o un jardín de primavera? En este cuadro, la muchacha sintió haber encontrado algo escondido durante mucho tiempo en las tinieblas de su propio corazón. - Esta pintura muestra tu futuro - dijo Seikichi, apuntando a la mujer que había bajo el cerezo, la propia imagen de la muchacha -. Todos estos hombres arruinarán sus vidas por ti. - Por favor, ¡te suplico que te lleves esto! - Se volvió de espaldas como para escapar a su tantálico hechizo y temblando, se postró ante él. Finalmente, continuó diciendo: - Sí, admito que no te equivocas conmigo: yo soy como esa mujer… Así que, llévate eso, por favor. - No hables como una cobarde - le dijo Seikichi, con sonrisa maliciosa -. Míralo más cerca. No durarán mucho tus escrúpulos. Pero la muchacha se negaba a levantar la cabeza. Todavía postrada, con el rostro entre las mangas, repetía una y otra vez que estaba asustada y quería marcharse. - No, tienes que quedarte, quiero convertirte en una verdadera belleza - le dijo, acercándose a ella. Llevaba bajo el kimono un frasquito de anestésico que había conseguido algún tiempo antes de un médico holandés. El sol de la mañana brillaba sobre el río, enjoyando, el estudio de ocho alfombras con su ardiente luz. Los rayos reflejados por el agua dibujaban temblorosas olas doradas sobre las mamparas corredizas de papel y sobre el rostro de la muchacha, que estaba profundamente dormida. Seikichi había cerrado las puertas y sacado sus instrumentos de tatuaje, pero durante un rato se limitó a sentarse, arrobado, saboreando hasta la saciedad su misteriosa belleza. Pensaba que jamás se cansaría de contemplar su sereno rostro semejante a una máscara. Precisamente como los antiguos egipcios habían embellecido sus magníficos campos con pirámides y esfinges, iba él a embellecer la impoluta piel de la muchacha. En este momento, levantó el pincel que apretaba entre el pulgar y los dos dedos siguientes de la mano izquierda, aplicó su extremo en la espalda de la muchacha y, con la aguja que llevaba en la mano derecha, empezó a grabar un dibujo. Sintió que su propio espíritu se disolvía en la tinta negra de polvo de carbón con que le manchaba la piel. Cada gota de cinabrio Ryukyu con que iba mezclando el alcohol y atravesándola era una gota de su propia sangre. Veía en sus pigmentos los matices de sus propias pasiones. Pronto llegó la tarde y luego, el tranquilo día primaveral avanzó hacia su fin. Pero Seikichi no se detuvo en su trabajo, ni se interrumpió el sueño de la muchacha. Cuando un criado llegó de casa de la geisha preguntando por ella, Seikichi lo despachó diciéndole que hacía tiempo que se había ido. Y horas más tarde, cuando la luna colgaba sobre la mansión del otro lado del río, bañando las casas de la orilla en una luz de ensueño, el tatuaje no estaba ni a medio hacer. Seikichi trabajaba a la luz de una vela. Ni siquiera introducir una gota de colorante era un trabajo fácil. A cada pinchazo de la aguja, Seikichi daba un profundo suspiro y sentía como si se hubiese atravesado su propio corazón. Poco a poco, las marcas del tatuaje empezaron a adquirir la forma de una gigantesca araña hembra y cuando el cielo nocturno empalidecía con la luz del alba, esta horripilante y malévola criatura había estirado sus ocho patas para abrazar por completo la espalda de la muchacha. A plena luz del alba primaveral, las barcas habían empezado a bogar por el río, de arriba abajo, con los remos restallando en la quieta mañana, los tejados brillaban al sol y la neblina comenzaba a adelgazar sobre las blancas velas que se hinchaban con la brisa mañanera. Por fin, Seikichi, dejó el pincel y contempló la araña tatuada. Esta obra de arte había sido el supremo esfuerzo de su vida. Ahora, cuando la hubo acabado, su corazón estaba atravesado de emoción. Las dos figuras permanecieron quietas durante algún tiempo. Luego, las paredes de la habitación devolvieron el eco tembloroso de la voz baja y bronca de Seikichi: - Para hacerte verdaderamente hermosa he vertido mi espíritu en este tatuaje. No existe hoy una mujer en el Japón que se pueda compara contigo. Tus viejos temores han desaparecido. Todos los hombres serán tus víctimas. Como respuesta a estas palabras, un débil gemido escapó de los labios de la muchacha. Lentamente, empezó a recobrar los sentidos. A cada estremecida inspiración, las patas de la araña se agitaban como si estuviera viva. - Tienes que sufrir. La araña te tiene entre sus garras. Como respuesta, abrió ella los ojos levemente, con una mirada vacía... La mirada se le fue avivando progresivamente, como la luna va encendiéndose por la tarde, hasta lucir esplendorosamente en su faz. - Déjame ver el tatuaje - dijo, hablando como en sueños, pero con un dejo de autoridad en la voz -. Al darme tu espíritu, has tenido que hacerme muy bella. - Antes tienes que bañarte para que aparezcan los colores - susurró Seikichi compasivamente -. Me temo que va a dolerte, pero sé valiente otro poco. - Puedo soportar cualquier cosa por la belleza. A pesar del dolor que le recorría el cuerpo, sonrió. - ¡Cómo pica el agua!… Déjame sola ¡espera en la otra habitación! No me gusta que un hombre me vea sufrir así. Al salir de la tina, demasiado débil para poder secarse, la muchacha echó a un lado la compasiva mano que Seikichi le ofrecía y se dejo caer al suelo en una agonía, quejándose como presa de una pesadilla. El despeinado cabello le colgaba sobre el rostro en salvaje maraña. Las blancas plantas de sus pies se reflejaban en el espejo que había detrás de ella. Seikichi estaba asombrado del cambio que había sobrevenido a la tímida y sumisa muchacha del día anterior, pero hizo lo que le había dicho y se fue a esperar en el estudio. Alrededor de una hora después volvió, cuidadosamente vestida, con el empapado y alisado cabello cayéndole por los hombros. Apoyándose en la barandilla del balcón, miró al cielo levemente brumoso. Le brillaban los ojos, no había en ellos ni una huella de dolor. - Me gustaría ofrecerte también estas pinturas - dijo Seikichi, colocando ante ella los kakemonos -. Cógelas y vete. - ¡Todos mis antiguos temores se han desvanecido y tú eres mi primera víctima! - Le lanzó una mirada tan brillante como una espada. Una canción de triunfo sonaba en sus oídos. - Déjame ver de nuevo tu tatuaje - suplicó Seikichi. Silenciosamente, la muchacha asintió y dejó resbalar el kimono de sus hombros. Precisamente entonces su espalda, esplendorosamente tatuada, recibió un rayo de sol y la araña se coronó en llamas.

 




Monday, February 13, 2017

Elia Casillas

Destroza una de tus venas,  y píntate el rostro. Todavía es de noche, nadie lo notará.  Tu idioma está inmóvil; mueve los dedos,  educa el teclado,   el sentido,  el anzuelo: ¡arrójalo!  Los ángeles te reclaman, pero no quieres escucharlos –no es mi día- coreas.  Le hablas a la providencia   y observas la lluvia.  La sombra de tu madre acomoda el rompecabezas a un lado de la almohada (ella ya no existe). Sientes el viento y los pedazos vuelan, en la historia del ojo dormido.  


Navojoa, Sonora. Dic./18/2015 



No llores. Pide a tu ángel que se inspire por ti, pero él no sabe lagrimear.   ¿Qué harás…?   En su mano, tu corazón mueve la blusa, él conoce su compás, es un respiro  y la  noche se enfoca en tus versos.  No  regreses, no voltees, podrías salarte estatua de agua.  



Navojoa, Son. Sábado/ 19/dic.2015







Sunday, February 12, 2017

NAVACHISTE 2015 LOS MUERTOS DE MI CASA 2015 04 02

Elia Casillas


Moses will not break your ocean, nor your cake, go, and do not wear umbrellas, just as the moon gives off lightning and flash ideas (it would be great, you say). Spectral is the avenue and you keep dreams in the basket of pins. Hey, the value of your leg.  Dance, God loves dancing, do not pray, for him your prayers, are shit.



Navojoa, Son. / Dic./19/2015



¿Have you ever dreamed of your patio full of angels? It is vigil, someone awaits and it is not your sky. What a shame, you can not cry, look for your lake and fill it with crystals. Oh, paper woman, you've lost yourself and this one: it was not your planet.


Navojoa, Sonora. Dic./18/2015





Saturday, February 11, 2017

Jorge Luis Borges: Historia del guerrero y de la cautiva

En la página 278 del libro La poesia (Bari, 1942), Croce, abreviando un texto latino del historiador Pablo el Diácono, narra la suerte y cita el epitafio de Droctulft; éstos me conmovieron singularmente, luego entendí por qué. Fue Droctulft un guerrero lombardo que en el asedio de Ravena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad que antes había atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su gratitud ("contempsit caros, dum nos amat ille, parentes") y el peculiar contraste que se advertía entre la figura atroz de aquel bárbaro y su simplicidad y bondad: Terribilis visu facies mente benignus, Longaque robusto pectores barba fuit! (1). Tal es la historia del destino de Droctulft, bárbaro que murió defendiendo a Roma, o tal es el fragmento de su historia que pudo rescatar Pablo el Diácono. Ni siquiera sé en qué tiempo ocurrió: si al promediar el siglo VI, cuando los longobardos desolaron las llanuras de Italia; si en el VIII, antes de la rendición de Ravena. Imaginemos (éste no es un trabajo histórico) lo primero. Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al individuo Droctulft, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvido y de la memoria. A través de una oscura geografía de selvas y de ciénagas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía que iba al Sur y tal vez no sabía que guerreaba contra el nombre romano. Quizá profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre, pero más congruente es imaginarlo devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo ídolo tapado iba de cabaña en cabaña en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido: Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes, Hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam. No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones los longobardos que culparon al tránsfuga procedieron como él; se hicieron italianos, lombardos y acaso alguno de su sangre —Aldíger— pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri... Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droctulft; la mía es la más económica; si no es verdadera como hecho, lo será como símbolo. Cuando leí en el libro de Croce la historia del guerrero, ésta me conmovió de manera insólita y tuve la impresión de recuperar, bajo forma diversa, algo que había sido mío. Fugazmente pensé en los jinetes mogoles que querían hacer de la China un infinito campo de pastoreo y luego envejecieron en las ciudades que habían anhelado destruir; no era ésa la memoria que yo buscaba. La encontré al fin; era un relato que le oí alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto. En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Junín; más allá, a cuatro o cinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines; más allá, lo que se denominaba entonces la Pampa y también Tierra Adentro. Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la única y le señalaron, meses después, una muchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vestía dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesa quería hablar con ella. La mujer asintió; entró en la comandancia sin temor, pero no sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. Venía del desierto, de Tierra Adentro, y todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles. Quizá las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas, estaban lejos de su isla querida y en un increíble país. Mi abuela enunció alguna pregunta; la otra le respondió con dificultad, buscando las palabras y repitiéndolas, como asombrada de un antiguo sabor. Haría quince años que no hablaba el idioma natal y no le era fácil recuperarlo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padres emigraron a Buenos Aires, que los había perdido en un malón, que la habían llevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya había dado dos hijos y que era muy valiente. Eso lo fue diciendo en un inglés rústico, entreverado de araucano o de pampa, y detrás del relato se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia. A esa barbarie se había rebajado una inglesa. Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la exhortó a no volver. Juró ampararla, juró rescatar a sus hijos. La otra le contestó que era feliz y volvió, esa noche, al desierto. Francisco Borges moriría poco después en la revolución del 74; quizá mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino... Todos los años, la india rubia solía llegar a las pulperías de Junín, o del Fuerte Lavalle, en procura de baratijas y "vicios"; no apareció, desde la conversación con mi abuela. Sin embargo, se vieron otra vez. Mi abuela había salido a cazar; en un rancho, cerca de los bañados, un hombre degollaba una oveja. Como en un sueño, pasó la india a caballo. Se tiró al suelo y bebió la sangre caliente. No sé si lo hizo porque ya no podía obrar de otro modo, o como un desafío y un signo. Mil trescientos años y el mar median entre el destino de la cautiva y el destino de Droctulft. Los dos, ahora, son igualmente irrecuperables. La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagónicos. Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales. A Ulrike von Kühlmann (1) También Gibbon (Decline and Fall, XLV) transcribe estos versos.





Navachiste 2016 Por esta hebra (25-Mar-16).

"Ni una más" Elia Casillas Parte 2

Friday, February 10, 2017

Angels of the desert: Elia Casillas

 Your angel will not know what you write, you changed the signs, just a novel and do not understand the script, the voice has changed you: just listen and recognize the cry that goes and leaves a gray wake in your ears. The protagonist and his nobody, demigod wretched out of nowhere. Again you do not understand, your characters have escaped and you no longer have blood in the inkwell. You shuffled the words and they no longer support you and you are looking, and you are not ... At last you reached your destination: woman at night.

Navojoa, Sonora. Dic./18/2015

 

The angel is not, study your ways, the feet slip, you can still do it, run, soon you will fall instantly and the clouds move in your favor: red wind, no two white dresses. There they wait for you, walks, disappears. Keep your cross, it does not work here.





Navojoa, Sonora. Dic./18/2015





Elia Casillas: Ángeles desiertos

Tu ángel no sabrá lo que escribes, cambiaste los signos, sólo tienes una novela y no entiendes el guión, la voz te ha cambiado: escuchas y apenas reconoces el grito que se va  y deja una estela gris en tus oídos. La  protagonista y su nadie, semidiós desventurado de  la nada.   De nuevo no comprendes, se han escapado tus personajes y ya no tienes sangre en el tintero.  Has barajado las  palabras y ya no te sostienen y buscas y, no estás… Al fin alcanzaste tu destino: mujer de noche.

Navojoa, Sonora. Dic./18/2015

   

El ángel no está, estudia tus caminos, los pies resbalan, aún puedes hacerlo, corre, pronto caerás en el instante y las nubes se mueven a tu favor: viento rojo, no hay dos vestidos blancos. Allá te esperan, anda,  desaparece. Guarda tu cruz, aquí no sirve.





Navojoa, Sonora. Dic./18/2015